sábado, 16 de enero de 2016

¿QUE HACE USTED POR LA ORDEN, QUERIDO HERMANO?

egregor
¿QUE HACE USTED POR LA ORDEN, QUERIDO HERMANO?

La Francmasonería Universal, y específicamente la chilena, no estado nunca constituida por esos seres de tipo conformista y acomodaticio que, remedando a los falsos Budas, se pasan la vida contemplándose el ombligo, como si éste fuera el centro del universo, pero como nuestra Institución es un conjunto humano, no faltan algunos ejemplares de esos, que, en el fondo, no son sino personas abúlicas y amantes de la holganza y del “dolce far niente”, que ellos piensan celestial nirvana, confiando en que todo lo hagan los demás, especialmente los dirigentes, sin perjuicio de criticarlos cuando no responden a sus propios deseos.

La Masonería Chilena, desde que la Orden existe en nuestra Patria, y ya entran siglos en la cuenta, se caracterizó siempre por su perenne afán de libertad, independencia, progreso y mejora, lo que le ha valido el reconocido respeto de propios y extraños.

No son, por consiguiente, ni un peligro ni un obstáculo los desperdigados casos señalados, pero, como siempre, constituyen rémora y preocupaci6n y, lo que es más dañino, un ejemplo nocivo para quienes llegan a nuestros Templos, ansiosos de cosas nuevas y mejores. Por eso es bueno llamar a todos la atención sobre el particular: a los firmes y eficientes, para no incurrir en el error, y a los flojos y remisos, en plan de serena pero resuelta admonición y aún advertencia.

Por esta razón nuestra Asamblea de Víspera de Pentecostés constituyó una gloriosa jornada, señaladamente cuando en la última parte del Mensaje del Serenísimo Gran Maestro hizo éste un llamado enérgico encendido y aún noblemente apasionado, llamando a la reflexión a algunos, que tuvo también la vibración valiente y estimuladora de un clarín de guerra, de un grito de combate.

Siempre la Suprema Jerarquía de la Masonería Simbólica Chilena ha expuesto al pueblo Francmas6nico las realidades, las ilusiones, la obra culminada y el trabajo por hacer, porque ello implica su hondo sentido de la responsabilidad, satisface legitimas curiosidades y garantiza la buena marcha y el futuro de la Instituci6n. Pero a esta rendici6n de cuentas, conducta y propósitos, acompaña constantemente la palabra estimuladora, el consejo aleccionador y la sugerencia conveniente, sin que, falte tampoco, porque es una obligación magistral y paternal, la censura mesurada o el apóstrofe severo.

A este respecto el Venerable Hermano Arist6teles Berlendis, que es perseverante ejemplo y dirección, habló de la ligereza con que algunos Hermanos, poco comedidos o frívolos, preguntan en ocasiones cuál es la acción de la Masonería cuando ante la opinión pública se ofrece algún problema, cosa, por desgracia, frecuente y alarmante, sin faltar quien señale, con mayor o menor énfasis y razón, la inacción aparente de la Augusta Orden.

Esto, sobre ser injusto e inadecuado, revela una lamentable igno­rancia histórica y una dolorosa miopía que no deja ver la realidad de los acontecimientos.

¿Puede un Masón, y aún un profano que tenga una somera for­mación cultural, desconocer tanto nuestra historia que ignore la gesta militar, política y social de este pueblo gloriosamente influido por el espí­ritu de la Masonería?

¿Es que no dicen nada nuestra Independencia y Libertad, nuestra Constitución estatal, nuestros esfuerzos por elevar el nivel cultural, social y moral?

¿Lo debemos todo esto a una Iglesia que excomulgaba a los patriotas y se extasiaba ante la infame figura de Fernando VII?

¿Se han olvidado los nombres de nuestras más preclaras figuras, de los adelantos logrados, la clara esencia democrática conseguida, la tradici6n ejemplar de nuestros militares, marinos, políticos, pedagogos, hombres de ciencia y pioneros de todo avance industrial, moral y material de la Nación chilena?

No creemos que haya que hacer una larga nómina de los hombres que reunidos y aleccionados en nuestros Templos, han formado, en menos de dos centurias, una nacionalidad ante la cual se rinde, dentro y fuera de sus fronteras, un homenaje de admiración y respeto.

Asimismo, prueban poca esencia masónica, o acaso la olvidaron inexplicablemente, quienes no se dan cuenta, aunque se les repite sin descanso, que la misión de la Masonería no es resolver conflicto alguno, porque ello presupondría dogmas, partidismos y discriminaciones, todo ello inadmisible en la Institución, cuya misión suprema, invariable y eterna, es preparar y capacitar a sus adeptos y que sean ellos quienes afronten, estudien y solucionen los problemas, de acuerdo con las circunstancias y sus personales criterios.

Por esto, que tanto tiene de fundamental como de sencilla com­prensión, el Gran Maestro trocó la interrogante absurda de: ¿Qué hace la Masonería?, por estas preguntas específicas y de elocuente realismo:

“¿Qué ha hecho usted, Querido Hermano?” “¿Cumple con sus deberes de Masón?” “¿Realiza usted, obra efectiva?” “¿Está al corriente en sus sagradas obligaciones económicas con su Logia?” “¿Coadyuva a la em­presa de finalizar esta casa, que es nuestro Templo y nuestro Hogar, y debe de ser nuestro orgullo?”.

En los apóstrofes del Gran Maestro vibraban al unísono la emoción, el dolor, el sentido de la más pura fraternidad y el paternal anhelo de corregir al extraviado y al remiso.

Cuando puso término a su Mensaje, la Asamblea en pleno, como un solo hombre, se puso en pie y le tributó una ovación que era al propio tiempo reconocimiento de la falta cometida, promesa de enmienda y satis­facción orgulloso por su jerarca. Acaso, acaso ?¡y ojalá sea así!?, los más emocionados fueran los que por ligereza incurrieron en la omisión de sus deberes.

Con lo ocurrido se pudo observar también, con claridad meridiana, que el Gran Maestro no había expresado sólo un sentimiento, una íntima preocupación y una personal tristeza, sino que interpretaba magnífica­mente el pensamiento y el anhelo de todos. No era el clamor del jerarca sino la misma voz, conmovida hasta la médula, del pueblo masónico, a quien las palabras del Gran Maestro herían en lo más profundo del corazón y le hacían reaccionar masónicamente. La victoria no era sola­mente del caudillo sino de toda la Orden, puesta en pie y al orden.

No olvidemos, jamás, las interrogantes bravamente formuladas por nuestro Gran Maestro, y preguntémonos con frecuencia, todos, sin excepc­ión: ¿Cumplo fielmente con mis obligaciones de Masón? Y feliz quien pueda contestarse afirmativamente.

Honor y Progreso Nro. 5