martes, 29 de junio de 2010

EL SECRETO MASÓNICO




EL SECRETO MASÓNICO
Gentileza de B. ORTIZ

Entre la masonería antigua y la masonería moderna existe un punto común fundamental: el símbolo. Las dos instituciones siguieron vías distintas, opuestas a veces, basaron sus reclutamientos en criterios muy variados, pero preservaron la sustancia simbólica de la Orden y su contenido iniciático, aunque algunas obediencias renegaron, más o menos, de él. En su obra Los auténticos Hijos de la Luz, el masón Pierre Mariel
nos explica en estos términos el carácter eterno de la francmasonerí a: «El símbolo es la esencia misma, la razón de ser de la masonería. Lo visible es el reflejo de lo invisible.

Ahora bien, nosotros, los masones, nos expresamos por símbolos no para distinguirnos de los demás seres humanos sino, simplemente, por una necesidad inherente a cualquier conocimiento verdadero... El objetivo de los símbolos no debe ocultarse. Su objetivo es seleccionar a quienes, integrándolos, se muestran dignos de la Verdad».

El gran secreto de la masonería, que no puede ser traicionado por nadie, es el del significado profundo de sus símbolos. El caballero Ramsay lo afirmaba aun en el siglo XVIII «Tenemos secretos, son signos figurativos y palabras sagradas, que componen un lenguaje mudo a veces, muy elocuente otras, para comunicarlo a la mayor distancia y para reconocer a nuestros colegas, sean de la lengua que sean». La francmasonerí a moderna ha sabido conservar, pues, la riqueza esencial de las sociedades iniciáticas de la Edad Media, a saber, el mundo simbólico que permite, efectivamente, a algunos hermanos llegar mas allá de la expresión racional, de la raza, de la cultura y del conjunto de los condicionamientos humanos.

Por ello, Oswald Wirth insistía tanto en la diferencia capital entre la francmasonerí a definida como una organización material y administrativa y el espíritu masónico, al que resumía así: «Aprender a construir corresponde, en la iniciación, al gran arte de la Vida». La vida construye sin cesar, es una obra en perpetuo devenir que los masones intentan llevar hasta el más alto grado de perfección. La masonería primitiva ofrecía a sus miembros, sobre todo, una concepción sagrada del trabajo y una experimentació n permanente de la espiritualidad por medio de la inteligencia y de la mano.

Estamos en el meollo del secreto masónico; por un lado, hay un organismo humano con sus debilidades y sus errores. Por el otro, una Orden verdadera basada en la iniciación y en el simbolismo, una Orden que sólo revela sus riquezas a quienes cruzan la puerta de los grandes misterios y pasan de una iniciación ceremonial a una iniciación real. Así, Hermann Hesse escribía sobre el juramento: «Aunque me conceda la más entera libertad en lo que se refiere al relato de mis propias aventuras, me prohíbe cualquier revelación referente al propio secreto de la Orden». Según los testimonios de masones que «vivieron» el símbolo, este secreto en espíritu solo se hace accesible a los adeptos que practican con asiduidad la vía iniciática.

Los libros que anuncian grandes revelaciones sobre los secretos masónicos sólo pueden ser imposturas, puesto que el Conocimiento último de las verdades de la Orden se alcanzan en el interior de una logia y no podría verse comprometido sin haber sido vivido.
Este «secreto», considerado de este modo por vanos escritores masónicos, es innegablemente uno de los valores inmortales que tiene la francmasonerí a. No reside en algunas «tras-logias» creadas por imaginaciones delirantes, sino en el espíritu del masón que integra en su vida v en su pensamiento el mensaje del simbolismo milenario que encuentra en su taller.




EL MANDIL MASÓNICO
Gentileza de B. ORTIZ

Los aprendices masones llevan un delantal blanco, los maestros un delantal donde predominan el rojo o el azul, según el rito al que pertenezcan. Para algunos historiadores masones del siglo XIX, esta vestidura sólo sería la prolongación de la librea que llevaban los obreros de las corporaciones londinenses del siglo XVII. De hecho, el símbolo se remonta mucho más en el tiempo. Los más célebres delantales son los de los faraones, cuyo particular corte alberga numerosos secretos geométricos utilizados en la construcción de los templos, ti delantal masónico, muy simplificado, ha perdido gran parte de ese esoterismo.

La tradición cristiana nos enseña que Tomás, el arquitecto, regresó de la India en una nube; dirigiendo grandes obras en ese país, había adelantado su regreso a Occidente en cuanto se anuncio la muerte de la Virgen. Por el camino, vio de pronto el cuerpo de Nuestra Señora acompañado por un cortejo de ángeles. Maravillado, suplica a la Virgen que le bendiga; ésta le entrega un cinturón que deberá conservar celosamente. Tomás es también un santo patrón de la masonería y el cinturón tiene el mismo sentido simbólico que el delantal.

El propio Cristo llevaba un cinto de oro que poseía ya el rey Rampsmito; en el texto titulado El pastor de Hermas, la alusión a un rito de constructores es muy clara. El hombre que sigue al pastor se sienta junto a él y oye estas palabras: «Ponte un delantal y ayúdame».

Según el masón Oswald Wirth, el papel del delantal «es protegernos durante nuestro trabajo, pues no debemos resultar heridos por las esquirlas que se desprenden de nuestra piedra en bruto. Esas esquirlas son nuestras propias dificultades; corremos el riesgo, por otra parte, de un regreso ofensivo o un retroceso, cuando estamos haciendo esfuerzos para librarnos de ellas».

Signo de protección que, en su forma primitiva, era sobre todo un símbolo geométrico, el delantal es, pues, la pieza esencial del vestido masónico. Sin embargo, varias logias lo suprimieron en el siglo XIX, olvidando que había estado siempre presente durante la tradición iniciática occidental con el aspecto de un cordón, un cinto o un delantal de proporciones diversas