martes, 23 de julio de 2013

¿QUIÉN ES MASÓN?

Dice Qohelet: «¿Qué es todo el penar y el afanarse del hombre bajo el sol? Nada, todo es una nada vacía y un hambre de viento».

Según Don Juan, el anciano brujo yoqui yucateco, «Todos los caminos son iguales: no van a ninguna parte; pero algunos tienen corazón y otros no. Cuando pienses emprender un camino, pregúntate: ¿Ese camino, tiene corazón?; si tu respuesta es sí, síguelo porque en él obtendrás fuerza. Pero si la respuesta es no, nunca lo emprendas porque te debilitará».

La vida, más allá de ilusiones cobijadas en alegorías o sueños inmortales, es un tránsito fugaz cuyo único sentido parece darlo el cómo, y no el hacia donde, ni el porqué. El fin de la vida se construye, se justifica y se resuelve en el camino. El fin son los medios, y sólo los medios dan sentido, carácter y calidad a la existencia.

La Masonería no pretende la rectitud y el perfeccionamiento ético y moral del individuo por motivos religiosos trascendentes, pues la Orden de los Constructores nunca fue una iglesia, aunque su tarea principal fuera precisamente la construcción de los templos dedicados al culto religioso.

Los Masones, herederos del Arte Real o Gran Alquimia Simbólica, adquieren conocimiento mediante herramientas razonables, y no mediante la fe o la devoción. Sus raíces se nutren en el arcano clásico, el tiempo donde el arte y la ciencia no estaban escindidos.

Las virtudes necesarias para formar parte de la Fraternidad de los Libres Constructores se describen en sus Antiguos Usos y Costumbres, y son los valores necesarios a un oficio donde lo colectivo no es la simple suma de individualidades sino su compleja articulación. En la época medieval operativa, la insolidaridad irresponsable de un obrero podía poner en peligro al conjunto de la logia, pues de la culminación exitosa de la tarea constructiva vivían obreros y familias. Un derrumbe era devastador. La noticia corría como la pólvora y no había más contratos.

En la época operativa, la iniciación ritual concluía con un doble juramento: el del obrero para con las leyes y reglamentos del gremio y de la logia; y el de todos los obreros de la logia para con su nuevo miembro, al que se comprometían solidariamente a ayudar y defender.

Pero esa iniciación ritual daba al recipiendario carácter de masón en cuanto miembro administrativo de la logia, no en cuanto obrero constructivo, pues era precisamente a partir de la iniciación cuando empezaba su aprendizaje del oficio. El masón recién juramentado era ya miembro de pleno derecho de la logia, pero como obrero era sólo un masón virtual, un proyecto de masón.

La cuestión es importante, pues define quién es masón en función del cuándo y del cómo se adquiere la condición.

Se afirma a menudo que el masón iniciado ya es masón para toda la vida, pero el asunto no parece tan claro. ¿Es masón el recién juramentado que desconoce el oficio? ¿Es masón el que conoce el oficio sin estar juramentado? Si el masón «de jure» es sólo un masón potencial inhábil para el oficio, la condición de masón integral, la única verdaderamente útil al fin constructivo, sólo se adquiere mediante la conjunción entre juramento y oficio. El francmasón se construye a sí mismo mediante el aprendizaje y la práctica del oficio después de la iniciación y no por ninguna especie de ciencia infusa durante la iniciación.

Pero si es la conjunción de la intención subjetiva -el juramento- con lo objetivo -el oficio- lo que da la condición de masón, entonces la falta de cualquiera de los dos elementos menoscaba esa condición. Quien no tiene el oficio no es del oficio aunque tenga «diploma» de tal.

Por eso la vida del francmasón es ardua y difícil; porque debe demostrar su condición, día a día, con el talante y los hechos. La Tradición Masónica lo confirma con claridad meridiana: a la pregunta ritual: «¿Sois masón?», la respuesta ritual: «Como tal me reconocen mis hermanos» no deja la menor duda: no es la calidad subjetiva, sino la demostración objetiva, la que define al masón. No soy masón porque creo serlo sino porque los demás me ven como tal.

Por eso es incierto -y muy dañino a la Orden de los Francmasones- atribuir un cierto sentido sacramental a la condición de «iniciado». El saber se aprende, no se adquiere por gracia ni inspiración. La Masonería no tiene sacerdotes, tiene maestros.

La Orden Masónica nunca fue-ni será, si permanece fiel a sus principios y postulados-una fraternidad romántica para cobijo de almas bondadosas. La Masonería nació para ejecutar en dura piedra la obra del Templo, y hoy prosigue su tarea por los aú.n más difíciles senderos del saber y la construcción del alma humana y su porvenir.

En el proceso alquímico, la luz nace de las tinieblas y la vida se nutre de muerte.

Dice Qohelet, «Lo que es, ya ha sido, y lo que ha sido, volverá. Nada es nuevo bajo el sol».

ALFREDO MELGAR