jueves, 26 de junio de 2014

El Cáliz de la Amargura

Todo progreso intelectual, aumenta nuestra responsabilidad moral. Nada puede
exigirse al ser inconsciente; pero el pensador contrae deberes tanto más extensos, cuanto
más avanza en el conocimiento del bien y del mal. El que bebe en la copa del saber, obtiene
un líquido fresco y dulce que, vuelto súbitamente amargo, toma de nuevo, y finalmente, su
dulzor primitivo. Así ocurre en la vida del Iniciado. La indiferencia propia de los seres
vulgares le está vedada. El hombre culto no debe ya vivir sólo para sí mismo, se debe a sus
semejantes, y lejos de no poder pensar sino en sus personales intereses, debe llevar en
adelante, todo el peso de las miserias de los demás. Es una carga fatigosa para el hombre de
corazón, que se consagra a sus deberes y cuyas intenciones son desconocidas. Su desinterés
es una anomalía a los ojos de los egoístas, por consiguiente su conducta es sospechosa, sus
actos son tergiversados, es calumniado, perseguido, abandonado, traicionado y despreciado
de todos.
Apurada la amargura, el justo está a punto de desesperarse y de sucumbir, agobiado
por la ingratitud de los hombres. Pero esta suprema prueba no debe sorprender al Iniciado.
Lejos de dejarse abatir y de rechazar el cáliz fatídico, debe tomarlo, decido a vaciarlo hasta
la última gota. Entonces el licor acre y ardiente se troca en un brevaje reconfortante. El
Iniciado bebe las aguas del Leteo (uno de los ríos de los infiernos, cuyas aguas borraban el
recuerdo del pasado). Olvida las injurias, ya no siente penas y persistiendo en su
abnegación, vuelve a encontrar en medio de las tormentas de la vida, toda su serenidad de
espíritu. Gozando en adelante de la paz de los sabios, es admitido en las delicias de los
bosques elíseos. Su grandeza moral lo eleva a una altura tal, que la rabia de los malvados
no podrá alcanzarlo. Los acontecimientos más crueles no le perturbarán, está por sobre
todo: es verdaderamente libre y digno del título de Iniciado.
Fraternalmente Vicente Alcoseri