martes, 15 de julio de 2014

La Herencia Rosa Cruz en la Francmasonería


1.- ¿Una Reforma dentro de la Reforma?

Una fuerte corriente de influencia en la francmasonería y tal vez la más importante –pues la atraviesa como un rayo luminoso en casi todos sus ritos- es la proveniente de la Hermandad de la Rosa Cruz, cuya irrupción pública se remonta a la Alemania de principios del siglo XVII.

Tal ha sido la influencia de los rosacruces en la francmasonería que, justo es decirlo, no existe rito masónico que no haya incluido en el centro mismo de su doctrina a la herencia rosacruz. Pero nuestro propósito va más allá de señalar al factor rosacruz dentro del vasto campo del ocultismo moderno, sino enmarcarlo –como propone Frances Yates- como puente entre el Renacimiento y la revolución científica, pues la aurora rosacruz ha de reivindicarse, tarde o temprano- como la bisagra, el eje de transición entre el mundo mágico de los grandes filósofos renacentistas y el nacimiento incipiente de la investigación científica tal como se concibe en la actualidad.

Los rosacruces irrumpieron en Europa en pleno siglo XVII, en una época signada por transformaciones profundas, en momentos en que la cristiandad se resquebrajaba en pedazos y Roma perdía el control sobre los vastos territorios septentrionales ganados por los reformistas protestantes. El cisma había separado a Europa, dividiendo el norte del sur. Su comienzo se fija en 1517, un siglo antes de la irrupción de los rosacruces, cuando Martín Lutero, teólogo alemán nacido en 1483, proclama sus famosas 95 propuestas, anunciando la Reforma, en un panfleto clavado en la puerta de la iglesia de Wittemberg.

Lutero estaba escandalizado por las costumbres imperantes en Roma, ciudad en la que había estado en 1510. Retomaba, esta vez con mayor virulencia –y un clima político más favorable- las ideas de Jean Hus, el díscolo rector de la Universidad de Praga que, a principios del siglo XV, denunciara los abusos de la jerarquía romana, los crímenes de simonía y la venta de Indulgencias por parte del clero. Pese al apoyo del Emperador, Hus había tenido que comparecer ante el Concilio de Constanza, que lo declaró hereje y lo condenó a la hoguera.

Pero la situación política había cambiado. A diferencia de Hus, Lutero obtuvo, rápidamente, el apoyo de los príncipes alemanes que veían en esta Reforma llevada contra Roma, un medio para poner límites a la influencia de los Habsburgo, la dinastía católica que reinaba sobre el Imperio Austro-Hungaro, heredero del Sacro Imperio de Carlomagno. A Lutero –afirma Yves-Fred Boisset- no le gustaban los herejes, sin embargo, fue bajo su protección que surgió en Alemania, al principio del siglo XVII -propagándose principalmente en Inglaterra y Holanda- de la clandestinidad, ciertas corrientes de las que el rosacrucianismo constituiría el punto culminante y la síntesis.[1]

Es por ello que el movimiento rosacruz no puede concebirse sin la influencia humanística del Renacimiento, sin la tragedia espiritual de la Reforma y sin el anhelo de un conjunto de almas nobles que creían en la posibilidad de unificar nuevamente a la raíz espiritual de Europa. Sin embargo, mientras la Reforma protestante es religiosa y política, la Reforma Rosacruz es filosófica, teosófica y mística.

Fue como un nuevo amanecer capaz de evocar a todos los grandes magos del Renacimiento, resucitándolos en el corazón de un portentoso secreto. Nadie, jamás, vio el rostro de los primeros rosacruces, pero fueron ellos quienes reunieron a los espectros de Cornelio Agrippa, Marcillo Ficino, Pico Della Mirándola, Dante y muchos otros nombres del denominado Quatrochento, elevándolos a la categoría de arcontes de la sociedad secreta más romántica de nuestra historia: La Hermandad de la Rosacruz. A ellos debemos la fusión de tres corrientes que marcaron un hito en la historia del pensamiento: El Hermetismo, la Alquimia y la Cábala, de allí su influencia posterior en todas las órdenes iniciáticas que surcaron el firmamento europeo en los siglos posteriores, pero muy especialmente en la francmasonería. La influencia ejercida por estas corrientes sobre el pensamiento de intelectuales y científicos, dio su impronta a la era de las Utopías, como la que describe Francis Bacon en La Nueva Atlántida, que inspiraría los sueños de la nación americana. Bacon es considerado una de los Grandes Maestres de la Orden Rosacruz.

2.- Sociedades Secretas y Revolución Científica

Filósofos y científicos, astrónomos y alquimistas, líderes religiosos de la Reforma, aristócratas y monarcas se interesaron en la hermandad y buscaron afanosamente ingresar en ella, o se inquietaron ante un orden desconocido detrás del cual intuían un poder por encima del poder. Cabe preguntarse: ¿Cuál fue ese rol político? ¿Qué razones permiten afirmar que la Hermandad de la Rosa Cruz actuó en el preciso momento en que la Reforma intentaba arrebatarle el control del Sacro Imperio a la potencia habsbúrguica de la Casa de Austria?

Existen razones de peso y un nutrido archivo documental que permiten afirmar que la Hermandad Rosa Cruz no sólo fue una corriente de pensamiento o una Reforma paralela sustentada en la búsqueda de nuevos horizontes científicos y de fuerte contenido místico. Su expansión en Alemania bajo el control del movimiento luterano y su fuerte posición en contra de Roma y el papado ubican la acción de los rosacruces del siglo XVII en un escenario político tan fascinante como su aspecto esotérico.

¿Existió en verdad una Hermandad Rosa Cruz organizada? ¿O se trató del esfuerzo individual de un conjunto de hombres geniales que habían alcanzado un grado de sabiduría que excedía la media de su tiempo?

A diferencia de sus herederos modernos, los rosacruces del siglo XVII parecen haber carecido de organización; sin embargo una serie de indicios contradice esta teoría y afirma que no sólo estaban unidos por lazos fraternales sino que conformaban un verdadero Colegio, tal como lo anuncian los manifiestos. Yendo aun más lejos, sorprende el hecho de que numerosos investigadores afirmen que la Hermandad, como tal, ya existía en el siglo XV y que se mantuvo oculta hasta llegado el momento de actuar a principios del siglo XVII.

Sea cual fuera el grado de organización, la imagen que ha perdurado respecto del rosacruz de la época de los manifiestos, es la de un sabio citadino, solitario, dedicado a la ciencia, tal como se la entendía en aquel momento –recordemos que en el siglo XVII la palabra química era sólo un sinónimo de alquimia- inmerso en experimentos en torno a las fuerzas elementales de la naturaleza, la transmutación de los metales y la búsqueda de la Piedra Filosofal. Si hubiese que definir un término que simplificara el sentido de su trabajo, diría que el rosacruz de aquella época primigenia es el prototipo del hombre que realiza la Gran Obra y que ese es su principal secreto.

Pero esta afirmación se torna relativa, o al menos parcial, cuando vemos en la lista de los primeros rosacruces a hombres políticos, inmersos en intrigas palaciegas, estrategias militares y utopías diversas. Sabemos que individuos de indudable peso público como Francis Bacon, Robert Fludd y hasta el propio Isaac Newton tuvieron su papel en esta historia y que su protagonismo, lejos de constituir una leyenda, se encuentra ampliamente documentado por los cronistas de la época.


3.- El Colegio Invisible y Los Primeros Manifiestos. La Llama de la Fraternidad y otros libros misteriosos

Si repasamos los nombres que son identificados como los precursores del rosacrucianismo nos encontramos con Paracelso (1493-1541), Jacob Boheme (1575-1624), Baruj Spinoza (1632-¿?), Juan Amneos Commenius (1592- ¿), Giordano Bruno (1548-1600) Robert Fludd (1574-1637), John Dee (1527-1608) etc. Sus trabajos marcan la época de una profunda transformación del conocimiento. Entre los más renombrados rosacruces aparecen las figuras de Isaac Newton, de Francis Bacon y de Elías Ashmole, que no sólo influirán notablemente en el rumbo de la ciencia moderna sino que inspirarán, como el caso de Bacon y su Nueva Atlántida la utopía de una República perfecta que se verá plasmada en el sueño de los Padres Fundadores de los Estados Unidos de América. Comprenderá el lector porqué razón, el factor rosacruz, resulta ampliamente expuesto en El Símbolo Perdido.

Todo esto nos permite afirmar que los rosacruces del siglo XVII –sin abandonar su devoción por los grandes exponentes del pensamiento mágico renacentista- traccionan, impulsan y conducen a la sociedad hacia un futuro que ellos mismos están creando a través de la ciencia experimental y la política. Vale la pena detenerse en este concepto: Al generar un nuevo método de acceso al conocimiento y al inspirar un nuevo modelo de organización política, estos hombres, mezcla de místicos y científicos, crean, literalmente, el futuro. Remarcamos esta afirmación porque no debe pasar desapercibida al lector.

En El otro Imperio Cristiano[2], hemos hablado extensamente de los manifiestos rosacruces. En el año 1614 Alemania se vio sacudidas por la publicación de un libro. En la ciudad de Cassel, editada por Wessel, vio la luz la primera edición de la Fama Fraternitatis (La llama de la Fraternidad) y con ella irrumpió en el mundo un nuevo mito: La Hermandad de la Rosa Cruz. Esta nueva cofradía, supuestamente integrada por adeptos capaces de curar, de dominar a las fuerzas de la naturaleza y de poseer los antiguos secretos de las escuelas de Oriente, se presentaba ante el mundo luego de haber permanecido en secreto durante siglos. El manifiesto sugería que había llegado la hora de que la hermandad se diera a conocer e hiciese público su objetivo. Europa, sacudida por las guerras de religión y fascinada por el redescubrimiento de las antiguas filosofías, la recibió con expectativa y no poca ingenuidad.

La primera parte del manifiesto está dedicada a un análisis de la situación del mundo y al planteo de una reforma general en el orden religioso, político y social. Se sostiene que las iglesias ya no son el marco excluyente de la salvación sino que ésta es consecuencia del esfuerzo individual, de la purificación del corazón y de un impulso de naturaleza mística. Establece puntos de encuentro entre la antigua tradición judía, ...la que heredó Adán después de la caída y que practicaron Moisés y Salomón... y las doctrinas esotéricas del mundo clásico: ...Lo que establecieron Platón, Aristóteles o Pitágoras; lo que confirmaron Henoch, Abraham, Moisés y Salomón; allí donde la Biblia coincide con el Libro de las Maravillas... Los rosacruces ofrecían al mundo moderno un reservorio único de la Sabiduría Antigua… Luego trata acerca de la organización de la Fraternidad y describe la historia de su fundador, quien es presentado en un principio sólo con las iniciales C. R.
La leyenda pretende que este misterioso personaje nació en 1378 en Alemania. Su familia era de origen noble pero muy pobre, por cuanto a la edad de cuatro años fue entregado a una abadía en la que recibió una buena educación y aprendió las lenguas antiguas. A los dieciséis años partió a Palestina, acompañado de una suerte de tutor, pero éste muere en Chipre, momento en que Christian Rosenkreutz –tal el nombre de nuestro peregrino- decide continuar su viaje en soledad. Enfermo, llega a Arabia, en donde recibe un conocimiento arcaico de sabios árabes. Estos hombres, que aparentemente lo estaban esperando, le comunican los secretos de la naturaleza y de las ciencias y le permitieron traducir al latín el misterioso libro M.

Luego emprende un viaje por el golfo arábigo y recala en Egipto; recorre el mediterráneo hasta llegar a la ciudad de Fez, en Marruecos, donde ciertos “habitantes elementales” le encomiendan la misión de transmitir la sabiduría recibida durante su largo viaje y fundar una sociedad secreta. Pasa a España y luego se retira del mundo durante cinco años. Finalmente, se hace de tres fieles discípulos de los que sólo sabemos sus iniciales Estos le juran fidelidad y redactan una serie de conocimientos según el dictado de su maestro.

Un año después de aparecida la Fama Fraternitatis, fue publicada una segunda obra llamada Confessio. Apareció simultáneamente en Cassel y Frankfort. A poco de comenzar el texto, el autor asume la defensa de la hermandad y lanza un ataque frontal contra la Iglesia Católica y el Papa. Reivindica el cumplimiento de lo establecido en la Fama Fraternitatis como medio de salvación. Anuncia la aparición de nuevas estrellas en las constelaciones de Orión y el Cisne, signos vigorosos de acontecimientos nuevos e importantes... y describe la existencia de una escritura secreta de carácter extraordinario pero incomparable con la lengua de nuestro primer padre Adan, ni tampoco con la de Henoch, ya que todas ellas están sepultadas bajo la confusión babilónica...

Se introducen aquí dos elementos que serán asimilados rápidamente por la tradición iniciática occidental: la existencia de un conocimiento antediluviano vinculado a Henoch y la misteriosa existencia de una palabra perdida. Ambos temas, de trascendental importancia en todas las sociedades esotéricas modernas.

El tercero y último de los manifiestos rosacruces alemanes, Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz apareció en Estrasburgo en 1616 y es de naturaleza diferente a la de los dos anteriores. Describe un episodio sucedido en la vida del personaje cuando ya era un anciano. A lo largo de siete jornadas es sometido a una serie de duras pruebas, tanto de naturaleza física como espiritual, que sirven de marco para desplegar un complejo sistema de símbolos vinculados a la alquimia.

Sobre el autor de estos tres documentos se han suscitado toda clase de conjeturas; sin embargo la más firme parece ser la que los atribuye al alquimista y filósofo alemán Valentín Andreae, líder de la ortodoxia luterana, nacido en la ciudad de Harremberg en 1586 y muerto en 1654. Su padre era un pastor luterano y su tío Jacob un célebre teólogo a quien se llegó a llamar el segundo Lutero. El clima anticatólico de los documentos en cuestión se explica, en parte, por esta filiación.

De su vida se sabe que estudió en Tubingia y que fue uno de los más sabios hombres de su tiempo, adquiriendo un profundo conocimiento de las ciencias y de las lenguas clásicas. Su apego al estudio era tal que, en más de una ocasión, su salud corrió serio peligro a causa del esfuerzo que realizaba. Viajó por gran parte de Europa y tomó contacto con muchas de las sociedades secretas que por entonces florecían en las grandes ciudades. Él mismo llegó a sugerir que era el autor de tales documentos, sin embargo, lamentablemente, muchos creyeron a pies juntilla la historia de Christian Rosenkreutz y entonces, lo que había sido imaginado como una alegoría, se convirtió en un torrente de órdenes y fraternidades rosacruces cuya saga no termina aún a cuatro siglos de su aparición. Francis Yates va más lejos y afirma que Valentin Andreae hizo grandes esfuerzos para dejar bien sentado que Cristian Rosenkreutz y su fraternidad eran ficticios. Pero como ya hemos dicho, nada más efectivo que la negativa de un secreto para que éste se vea reafirmado de inmediato.[3]

4.- Los Rosacruces en Inglaterra

En Inglaterra la aparición de los tres manifiestos rosacruces produjo un gran revuelo a causa del clima que se vivía como consecuencia de las guerras que libraban católicos y protestantes. En medio de la polémica, Fludd salió en defensa de la fraternidad y, de paso, solicitó ser admitido en ella. Si a John Dee se le atribuye haber introducido la cábala cristiana en Inglaterra, fue sin dudas Fludd el hombre que contribuyó a expandir las doctrinas rosacruces.

Ambas escuelas (cábala y rosacrucianismo) se complementarían en Inglaterra y, juntas, producirían profundas influencias en la francmasonería y otras órdenes creadas con posterioridad. Afirma Francis Yates que la filosofía de la cábala cristiana es sumamente afín a la filosofía rosacruz, tal como la formulan los manifiestos rosacruces y Robert Fludd. Para Yates, es posible comprender mejor el fenómeno rosacruz si se lo relaciona con la cábala cristiana introducida en Inglaterra en tiempos de Isabel I.[4]

En 1617, Robert Fludd publicó en Inglaterra un tratado en el que defendía la seriedad de la sociedad de los rosacruces y muchos creen que fue él quien introdujo las ideas rosacruces en la francmasonería inglesa.[5]

Se cree que Fludd tuvo un vínculo estrecho con Iñigo Jones –Gran Maestre de los masones de Londres- y que participó del círculo más íntimo de la dinastía Estuardo en sus comienzos. Desde allí impulsó el rosacrucianismo francmasónico cuya expresión más cabal sería recogida por la tradición escocesa estuardista y daría nacimiento al grado de Caballero Rosacruz.

De lo expuesto hasta aquí resalta que, desde la aparición de la Fama Fraternitatis hasta la pegatina de carteles de París, tiempo en el que transcurrieron apenas ocho años, los autores de estos manifiestos provocaron la agitación de los círculos intelectuales de Europa.

5.- La Represión y el Silencio antes de la Tormenta Rosacruz

Los primeros manifiestos rosacruces continuaron imprimiéndose frenéticamente hasta fines de la segunda década. Fue entonces cuando, bruscamente, se dejó de producir literatura rosacruz, que fue suprimida como consecuencia del derrocamiento del Elector Palatino de Bohemia y de la conquista de este reino y del Palatinado por parte de los ejércitos católicos. Luego de la tragedia de Praga, la situación política y el peso restaurado de la Iglesia Católica llevaron a los rosacruces a un prudente silencio. Pero no tardarían en abrir un nuevo frente y lo harían de manera espectacular.

En agosto de 1623, la ciudad de París amaneció empapelada con un manifiesto que provenía, supuestamente, del corazón de la Hermandad de la Rosa Cruz. Se desató la tormenta.

La proclama causó inquietud en la población, inquietud que pronto se convertiría en pánico cuando algunas publicaciones no dudaron en relacionar a los rosacruces con la hechicería, la nigromancia y los pactos con el demonio. El temor surgió en el momento menos esperado, cuando el reino comenzaba a pacificarse a consecuencia de la brutal represión católica.

Yates menciona entre las causas del pánico a una obra anónima, editada inmediatamente con el impactante título de Horribles pactos hechos por el Diablo con los Invisibles. En ella se exponía otra versión de los famosos anuncios y se afirmaba que el Colegio Invisible estaba constituido por treinta y seis sabios, distribuidos en el mundo en grupos de seis. Afirmaba que habían celebrado una asamblea en Lyon –en vísperas del Gran Shabat- en la que habían decidido enviar a seis de ellos a París. Para espanto del público, el líbelo rebelaba que en plena asamblea se había presentado el Príncipe de las Tinieblas, en persona, ofreciéndoles todo tipo de poderes a cambio de que abjurasen de la fe cristiana.

Afirma Yates que la edición de este libro tuvo por objeto convertir a los rosacruces en infames hechiceros, sembrando el terror entre los parisinos y provocando la persecución.[6]

Un segundo manifiesto aparecería poco después en la ciudad. El clero, inquieto, se encontraba incapaz de dar con los autores. Tanto la jerarquía de la Iglesia Católica como del Estado estaban al tanto de la cuestión rosacruz en Alemania. Sin embargo, la metodología empleada en Francia –los carteles en las calles- había resultado mucho más audaz que la circulación restringida de los manuscritos. De este modo se había provocado la inquietud pública que fue definida como un huracán de rumores por el cronista Gabriel Nandé.

Los testimonios de Nandé y del jesuita Francoise Garasse, constituyen documentos importantísimos para comprender lo que ocurría en torno a la irrupción del Colegio Invisible, pues ambos publicaron obras sobre el tema, testimoniaron la situación y contribuyeron a formar opinión sobre la misteriosa hermandad. A esta altura del relato, el lector entenderá que los rosacruces han sido algo más que un hecho curiosos de la historia.

Respecto de los carteles, Yves-Fred Boisset[7] y Francis Yates[8] coinciden en que la primera reacción del la Iglesia fue atribuirlo a una farsa estudiantil, mientras que las autoridades civiles pensaban en una provocación de los jesuitas. A causa de esta confusión, fueron a buscar al joven erudito Gabriel Nandé, historiador y bibliógrafo que llegaría a ser bibliotecario del cardenal Richelieu y de Mazarin. Inmediatamente confirmó que venía estudiando a la misteriosa sociedad alemana de la Rosa Cruz.

Publicó inmediatamente un libro titulado Instrucciones a Francia sobre la verdad de los hermanos de la Rosa Cruz, en el que denunciaba que los carteles tenían como objetivo la desestabilización del reino, que habiéndose propagado recientemente en Alemania, la hermandad llegaba ahora a Francia y que la nómina de los autores que reunían sus enseñanzas incluía a Fludd, Dee, Trithemius, Giorgi, de la Candele, Postus de Tirad, Bruno, Llul, Parcelso etc. Es el increíble relato de Nandé el que corrobora el impulso vital de los rosacruces y de su influencia.

Nandé expone la enorme influencia que han tenido la Fama y la Confessio y demuestra conocer algunas de las obras del médico y alquimista Michael Maier (1568-1622). Según Nandé la Fama había causado gran impresión en Francia, despertando esperanzas de que estuviese a punto de ocurrir un nuevo avance de la ciencia. Habla del descubrimiento de Nuevos Mundos, de la invención del cañón, de la brújula, del reloj y de los cambios que hubo en la religión, en la medicina y en la astrología. Los rosacruces –tal como los ve Nandé- traen una nueva Edad de conocimientos.

Habla de Ticho Brae, de Galileo y sus nuevos anteojos (el telescopio) y de la inminente instauración o renovación de las ciencias que prometen las Escrituras. Esto último –coincidimos con Yates- se acerca mucho a los ideales de Francis Bacon y su Nueva Atlántida. Muchas de estas tradiciones quedaron incorporadas en los rituales de la francmasonería.


6.- Los rosacruces y su influencia en la francmasonería

En trabajos anteriores nos hemos referido extensamente a la influencia rosacruz en el mundo masónico. Citaremos aquí los aspectos esenciales. La primera referencia indirecta de la relación entre rosacruces y masones aparece en un poema editado en Edimburgo en 1638, que en una de sus estrofas dice:

Porque somos hermanos de la Rosa Cruz
Tenemos la palabra del masón y una segunda vista,
Podemos predecir correctamente las cosas que vendrán...

Aunque confuso, el texto parece referirse a los poderes mágicos de los rosacruces, entre los que aparece la palabra del masón. Ya hemos visto que en la masonería primitiva se menciona la pérdida del idioma original, circunstancia que aparece reiteradamente en el simbolismo masónico moderno y que se encuentra también en la cábala hebrea. Pero es en el grado 18° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en donde esta cuestión aparece con más claridad.

En la apertura de los trabajos, los vigilantes anuncian a los caballeros: Venimos a buscar la palabra perdida y con vuestra ayuda esperamos encontrarla... Gran parte de la ceremonia de ascenso a este grado gira en torno de esa búsqueda y su punto culminante es su hallazgo. Los trabajos se cierran a la hora en que ...la palabra sagrada fue hallada, cuando la piedra cúbica se transformó en rosa mística...

También en el Rito de Kilwinning –uno de los más antiguos- aparece la piedra cúbica sobre la que se coloca una rosa marchita. De igual modo que en el rito anterior, los caballeros lamentan la destrucción del Templo y marchan a un lugar desolado y oscuro en busca de la palabra perdida. Un antiguo ritual de 1887 dice que cuando la palabra perdida ha sido encontrada, ...el hombre recobra los derechos de su antiguo origen y la naturaleza se yergue...[9]

Es posible que esta tradición ya estuviese presente en la masonería inglesa a la llegada de los manifiestos rosacruces y que las tradiciones referentes a la pérdida de la palabra sagrada fueran introducidas con anterioridad por los cabalistas cristianos, de modo que las primeras sociedades rosacruces creadas en Inglaterra encontraron la “palabra del masón” en coincidencia con su propia tradición.

El primer documento impreso que prueba el vínculo entre masones y rosacruces es un opúsculo masónico del año 1676 que dice: ...Se avisa que la Asociación Moderna del Listón Verde, junto con la Antigua Hermandad de la Rosa Cruz, de los Adeptos Herméticos y de los Masones Aceptados, tienen la intención de cenar todos juntos el próximo 31 de noviembre...[10]

Treinta años antes, un hombre estrechamente vinculado al movimiento rosacruz, Elías Ashmole (1617-1692) era iniciado en la región del Lancashire: El propio Ashmole describe en su diario personal que fue admitido a una logia masónica en Warrington el 16 de octubre de 1646, en el que agrega una lista de personas iniciadas en la misma época.

Este testimonio es de enorme valor por cuanto es considerado el más antiguo documento privado que describe las circunstancias de la iniciación de un individuo en la francmasonería. Y no se trata de cualquier individuo. Ashmole fue un anticuario que coleccionó antiguos manuscritos y dedicó su vida al estudio de la cábala, la alquimia y la astrología. Fue uno de los 114 miembros fundadores de la Real Sociedad y en su colección de documentos puede hallarse una traducción al inglés –hecha de su puño y letra- de los tres manifiestos rosacruces alemanes. No sólo eso: Ashmole guardó una copia de una carta dirigida a los muy iluminados Hermanos de la Rosa Cruz solicitando ser admitido en la sociedad. Yates cree que esta carta fue un “acto privado” una suerte de plegaria que en realidad no estaba dirigida a nadie en particular.[11] Otros creen, por el contrario, que Ashmole formó parte del nutrido grupo de rosacruces que integraron la Real Sociedad entre los que también se encontraba Isaac Newton y Jean Theophile Désaguliers, cuyo papel en la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717 lo ha convertido en uno de los padres de la masonería moderna.

Este conjunto de tradiciones, que hemos tratado de describir de manera ordenada, convergen finalmente en la leyendas masónicas. Podría decirse que toda la doctrina masónica está contenida en las leyendas que dan vida a cada grado y que estas son trasmitidas en el seno de las logias y los capítulos, en la Casa del Templo; en el templo que ha tomado como modelo al más famoso de nuestra tradición: El Templo de Jerusalén.

[1] Boisset, Yves-Fred; La Reforma Paralela, Historia del Movimiento Rosacruz del siglo XVII, (GEIMME; Boletín 7, Madrid, 2006) pag. 220
[2] Callaey, ob.cit. Cap. VII, La Tradición Iniciática y la Francmasonería.
[3] Yates, Frances; “El Iluminismo Rosacruz” (México, Fondo de Cultura Económica 2001) p. 255
[4] Yates, Frances; “La filosofía oculta en la época isabelina” p. 263
[5] Godwin, Joscelyn; “Robert Fludd, Claves para una teología del Universo” (Madrid, Editorial Swan 1987) p. 24
[6] Yates, ib. Pag. 133
[7] Boisset, Yves-Fred
[8] Ob. cit. ibidem.





Publicado por Eduardo R. Callaey e