viernes, 22 de abril de 2016

El Humanismo Masónico, el Humanismo como doctrina implícita de la Masonería

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El Humanismo Masónico, el Humanismo como doctrina implícita de la Masonería

Santiago Torres

Por “humanismo” se han entendido cosas diferentes en los últimos siete siglos. Tal vez no radicalmente diferentes, pero sí distintas. Desde el movimiento cultural surgido en el Renacimiento (el originario, si se quiere, que es al que habré de referirme específicamente), pasando por el “humanismo secular”, el “humanismo religioso”, incluida la propia Doctrina Social de la Iglesia Católica, el llamado “movimiento humanista”, los “humanitaristas”, hasta el “humanismo marxista”.

Todos ellos colocan al ser humano como el centro de sus preocupaciones y propuestas. Precisamente, aquel humanismo renacentista supuso una radical transformación del paradigma epistemológico vigente hasta ese momento en la medida que se contrapuso a la escolástica tradicional: frente al principio de autoridad y la subordinación de la razón a la fe, el humanismo apuesta al análisis y el estudio despojado de los dogmatismos religiosos, aplicando una lógica rigurosa (predominio de la razón sobre el dogma) y promoviendo el más amplio pluralismo intelectual.

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Por “humanismo” se han entendido cosas diferentes en los últimos siete siglos, todos ellos colocan al ser humano como el centro de sus preocupaciones y propuestas.

En una perspectiva más general, puede afirmarse que el movimiento humanista comienza a instalar el antropocentrismo en remplazo del teocentrismo; es la fe en el ser humano y la admiración de su originalidad y sus características inmanentes (básicamente, la razón y el discernimiento moral) aquello que conduce a la fe en Dios.

Es desde la valoración del ser humano que se descubre a Dios. De ese modo, se invierte el orden medieval, en el cual la especulación teológica procuraba explicar los frutos de la Creación divina, subordinando la búsqueda del conocimiento a esa fe revelada.

Por cierto, esta mutación no ocurrió por arte de magia, simplemente porque hubo un Francesco Petrarca, un Giovanni Pico Della Mirandola, un Erasmo o un Averroes, porque ellos no fueron destellos de genialidad desconectados de sus circunstancias, ajenos a la dimensión tiempo-espacio.

A riesgo de que se me impute incurrir en un materialismo ramplón, creo que es ostensible que la transformación de la base material jugó un rol fundamental en la transición hacia un nuevo paradigma.

Como ha ocurrido en nuestra época, en aquélla se produjo también un cambio revolucionario en las TICs: la invención de la imprenta de tipos móviles habrá arruinado a Gutenberg pero incrementó exponencialmente el acceso al conocimiento directo de los más diversos autores salteándose la exégesis clerical.

A mi juicio, no siendo el único factor, es el más importante para explicar esta transición.

Y las ciudades italianas, que es donde da comienzo el humanismo, son precisamente aquellas en las que se produce una rápida expansión del capitalismo de la mano del comercio marítimo con el mundo conocido, una incipiente industria manufacturera y el gran desarrollo de la banca.

Esa expansión se profundizará luego con la colonización de América. Era el tiempo de consolidación de la burguesía. Así las cosas, se hacía necesario un nuevo paradigma, uno que se sustentara en la razón, la ciencia, la libertad de pensamiento y el individualismo, bien lejos del pensamiento mágico, los dogmas y la concepción teocéntrica.

El nombre con que se conoció al nuevo movimiento cultural (cultural en el sentido más amplio del término) que comienza a emerger por esos años, el “Renacimiento”, precisamente hace mención al renacer de la cultura grecorromana clásica.

Aunque originalmente referido a las artes plásticas (el arquitecto Giorgio Vasari, justamente, se refirió a ese renacer del arte grecorromano como “rinascitá”), el concepto se fue extendiendo a otros campos de la cultura, resaltando aquella estética centrada en el hombre y sus necesidades y aspiraciones que impulsa el humanismo.

El humanismo renacentista, entonces, al colocar en el centro al hombre y sólo como corolario de ello, el descubrimiento de Dios, permite la aparición de nuevas perspectivas epistemológicas y filosóficas. Éstas pasan por el desarrollo del concepto de que el hombre puede conocer y dominar aquellos pliegues de la creación divina que resultan más enigmáticos y misteriosos.

Esa noción —originalmente expresada por Giovanni Pico Della Mirandola— evoluciona hacia la revolucionaria idea de Bernardino Telesio: la naturaleza tiene sus propios principios y leyes y funciona a partir de los mismos y no de la acción de Dios, quien no opera sobre aspectos particulares del universo sino sobre la totalidad de éste.

Se advertirá la naturaleza revolucionaria de esta concepción que desplaza el conocimiento de la realidad desde la esfera teológica a la científica. Por consiguiente, Dios —el Dios bíblico— ya no será la medida de todas las cosas sino el hombre. Y éste, como ser dotado de razón y discernimiento, es libre, haciéndose —por ende— responsable de sí mismo y su destino. Lo explica bellamente y con claridad meridiana Pico della Mirandola:

Cuando Dios terminó la creación del mundo, empieza a contemplar la posibilidad de crear al hombre, cuya función será meditar, admirar y amar la grandeza de la creación de Dios. Pero Dios no encontraba un modelo para hacerlo. Por lo tanto se dirige al primer ejemplar de su criatura, y le dice: “No te he dado una forma, ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo, tendrás la forma y función que desees. La naturaleza de las demás criaturas la he dado de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. Tú definirás tus propias limitaciones de acuerdo con tu libre albedrío. Te colocaré en el centro del universo, de manera que te sea más fácil dominar tus alrededores. No te he hecho mortal, ni inmortal; ni de la Tierra, ni del Cielo. De tal manera, que podrás transformarte a ti mismo en lo que desees. Podrás descender a la forma más baja de existencia como si fueras una bestia o podrás, en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma, entre los más altos espíritus, aquellos que son divinos.
Tengo para mí que esta es una hermosa síntesis del pensamiento humanista. Pero además, ¿no es esa, acaso, la piedra angular del edificio filosófico masónico?

¿Qué otra cosa es la Masonería que la fe en la capacidad humana de auto- transformación, la convicción profunda en que podemos dirigir nuestro esfuerzo —con éxito— a ser mejores seres humanos? La Masonería responde a esa mirada del humanismo, la que coloca en el centro al hombre y su libertad para autodefinirse.

Y esa mirada porta el germen de la inclusión, porque reconoce en cada ser humano un idéntico sustrato.

Es la mirada que ha informado a la Masonería uruguaya desde su creación y que, al influjo de la concepción inclusiva y liberal del Rito Escocés, Antiguo y Aceptado, nos ha permitido contar con el activo intangible de la diversidad filosófica.

¿Qué puede haber más enriquecedor que ese pluralismo? Y es en este punto donde siento la necesidad de formular una digresión controvertida y pido desde ya disculpas por ello.

Es mi convicción que si bien el humanismo es la doctrina implícita de la Masonería, no lo es con la misma intensidad en todas las Potencias y en todos los Ritos. Y para dar cuenta de las razones de mi aserto debo traer a colación el símbolo del Gran Arquitecto del Universo

La capacidad de libre examen del masón no es sólo un derecho inherente a su condición humana.
La capacidad de libre examen del masón no es sólo un derecho inherente a su condición humana.

El Gran Arquitecto del Universo es un símbolo clave del edificio iniciático. Aún más: es un axioma de existencia de la Masonería (axioma, que no dogma) porque sustenta el principio de la Igualdad. Pero es un símbolo iniciático y como tal constituye una experiencia personal e intransferible, independientemente de lo que diga al respecto el Derecho positivo masónico.

Sin embargo, en la Masonería ha habido siempre dos maneras de entender a este símbolo: una que identifica al Gran Arquitecto del Universo con el Dios de la Biblia, el de las religiones abrahámicas, o sea, un dios personal, autoconsciente, dotado de voluntad y que, eventualmente, interviene en la vida cotidiana de sus creaturas y en el curso de los acontecimientos (al revés de lo que decía Telesio).

Otra, en cambio, considera el Gran Arquitecto del Universo no como un dios personal sino como un principio creador, superior e ideal, que representa la naturaleza común que nos hace iguales a los seres humanos, y es la que estableció el Convento de Lausana del Rito Escocés, Antiguo y Aceptado en 1875 y que nuestra Masonería adoptó a través de su aceptación por el Supremo Consejo, estando vigente desde entonces.

Ambas formas de entender al Gran Arquitecto del Universo, son legítimas y pueden convivir en perfecta armonía. De hecho lo hacen en la Masonería uruguaya. Es la que permitió que, por ejemplo, un hombre como Pedro Figari, un humanista a carta cabal y tal vez el intelectual más lúcido que haya tenido nuestro país, fuera H∴ Masón aun cuando él tuviera la convicción de que el Gran Arquitecto del Universo era la naturaleza, conformada por energía y materia.

El problema surge cuando la visión religiosa, teísta, (legítima, reitero) pretende imponerse como la única válida. Cuando aquello que debería ser parte de la esfera personal e íntima es erigido en política institucional. Y es un problema porque se traslada al mundo del simbolismo iniciático una concepción proveniente de la religión.

Esa visión, por ser dogmática, socava la visión humanista. ¿En qué sentido lo hace? Por un lado, en que la Masonería deja de ser aquel “centro de unión” del que hablaba James Anderson en sus Constituciones y adopta una lógica de exclusión.

De haber adoptado la Masonería uruguaya, por ejemplo, el concepto y política de la Gran Logia Unida de Inglaterra, en el sentido de que es preceptiva la creencia en el dios bíblico, en que la Biblia es la Ley Sagrada por ser la Palabra de ese dios y en la literal inmortalidad del alma, muchos quedaríamos afuera de la Orden, lo cual en mi caso no sería problema alguno pero sí la exclusión de un Pedro Figari.

Por otro lado, en que se trata de una visión sustentada precisamente en un dogma. Si es un dogma, queda excluido de la crítica (el libre examen) y por tanto pasa a estar por encima del ser humano. Es, de algún modo, un retorno a la mirada teocéntrica, donde el paradigma epistemológico suponía que la búsqueda del conocimiento quedaba subordinada a las necesidades de la fe. Porque al exigir como requisito sine qua non esas tres creencias, se las deja a salvo de la inquisición del libre examen.

Y al hacerlo, se subordina el libre examen a la necesidad de proteger el dogma.

Pienso que la capacidad de libre examen del masón no es sólo un derecho inherente a su condición humana. Para un masón, además, constituye un deber. ¿Cómo podría emprenderse la formidable empresa del auto- perfeccionamiento —central al espíritu humanista— si el masón no revisara, en primerísimo lugar, sus propias creencias? Y rutinariamente, no como un ejercicio “por única vez”.

¿Cómo enriquecer su perspectiva si no aprende, primero, y cuestiona, después, la plétora de interpretaciones sobre todos y cada uno de los símbolos, incluido el Gran Arquitecto del Universo? También como un ciclo sin fin, no como un análisis puntual que congele perspectivas.

En suma, el humanismo, entendiendo por tal a aquella visión que coloca al ser humano como el artífice de su destino a partir de la razón y el discernimiento moral, es claramente la doctrina que inspiró el surgimiento de la Masonería especulativa por cuanto es necesaria para que ésta constituya el centro de unión y, por consiguiente, constituya una manifestación institucionalizada de la diversidad humana.

http://www.gadu.org/antologia/el-humanismo-masonico/