lunes, 5 de diciembre de 2016

El empeño iniciático de la espiritualidad laica

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El empeño iniciático de la espiritualidad laica

Por Víctor Guerra

La masonería cumple ya 300 años, desde que en 1717 nuestros padres y antecesores pusieron en pie un espacio de consenso, desacralizado, donde pudieran caber todos los hombres y sus creencias: anabaptistas, unitaristas, trinitarios, calvinistas, luteranos, católicos y hasta «estúpidos ateos» y hasta libertinos, siendo para ellos importante ese espacio latitudinario, porque como decía Charles Porset, «la masonería de ese momento no podía ser nada más que un sincretismo» si es que se quería que el imperio de la razón tuviese futuro. Sin embargo hubo quien quiso retornar a los viejos cánones del mundo religioso medieval, al oscurantismo que había presidido tantas almas, retomando los viejos modos noaquitas, y queriendo hacer de esta naciente masonería de 1717 nacida de la utopía y la razón una nueva realidad tiñendo sus utópicas estelas de una vaga religiosidad que se ha ido impregnando en todo el corpus masónico, sobre todo a través del quehacer de las diferentes escuelas y corrientes de pensamiento que ha atravesado a la masonería… Mucho han luchado los masones por sacudirse este empeño de encima, Desmond, Amiable y otros, por ejemplo, dentro del GOdF, los cuales consiguieron en 1877, y unos años antes en Bélgica, que el imperante GADU, oxímoron expresivo de la «presencia divina», fuese derogado del ámbito logial, pues no es vano empezaba a significarse como un destructor del ideal masónico, al convertirse en un referente concreto y como no, de una referencia a la creencia que se salía de lo íntimo y particular. Pero será el viejo Groussier, como Gran Maestro del GOdF, empujado yo creo que por las corrientes imperantes más racionalistas que parecían venir a desarmar toda la cultura occidental y la propia masonería, quien bajo la influencia de O. Wirth, de M. Lepage, quien apoye el desarrollo de la «búsqueda simbólica», cimentando de esta manera una especie de «espiritualidad laica» en el seno de los trabajos masónicos. Pasando por ejemplo la «aceptación» masónica tan neutra como habían querido los padres fundadores de 1717, a que la «iniciación» fuese la columna capitel de toda una concepción, en la cual impera el axioma de que la «masonería como una institución esencialmente iniciática».

Echando por la borda que la masonería constituyese, como así lo expresan los primigenios textos ritualizados, «una escuela de la vida por el hecho de reunir a los hombres para conversar y banquetear, bajo formulas muy sencillas, un tanto ritualizadas, y un ramillete de símbolos hurtados a los viejos masones operativos». Tal vez el espíritu estaba claro como así se desprendía del quehacer primigenio en Inglaterra, no podía ser de otra manera dada la diversidad y pluralidad de los masones y sus creencias, pero el Continente era otra historia, su encuentro con el catolicismo imperante, y como no, con las Luces y la Reforma, creó una dicotomía distinta de tal manera que se dieron dos grandes corrientes, tal y como nos expone Jean-Charles Nehr. La de los hombres preocupados por la humanidad, buscando desde sus ámbitos la lucha por una sociedad esclarecida o y la mejora del hombre y la sociedad desde perspectivas filantrópicas, que devendrán tras años de trabajos en una posición y posición social y política de las logias, y por tantos eran hombres ajenos a las búsquedas iniciáticas. Lo cual se expresa muy bien en Francia con la ley de 1905, y la preocupación por un nuevo concepto la «república universal». Y aquellos otros, que verán a la masonería como el transporte que asegure, gracias a los símbolos y al conocimiento, una permanente búsqueda iniciática, objeto único de su preocupación, respetando las diversas concepciones, pero realizando un esfuerzo notable de coherencia muy cuidadoso y elaborado por comprender el fenómeno divino y su sabiduría y su orden dentro del Cosmos, los cuales hacen devenir a la propia masonería en la expresión ultima de la búsqueda esotérica-iniciática, en cuya escuela de pensamiento tienen cabida muchas corrientes de pensamiento, desde las corrientes hermético-cabalísticas a las escuelas pitagóricas o el rosacrucianismo, etc . Todo sirve para la progresión iniciática. Está claro, que esto que expongo son clichés un tanto extremistas, son referencias antagónicas, y que entre ellas hay toda una gama de masones de muy diversos matices y tendencias, que conforman la melange masónica universal actual.

Está claro, que estas posiciones conllevaron renuncias importantes, como renegar del Rito de Fundación, el Rito Moderno, en tanto que éste fiel a los principios primordiales de 1717, rehúye de toda posición religiosa y esotérica, de forma expresa, por tanto no era un buen instrumento para acarrear la búsqueda iniciática, de hecho quienes han querido hacerlo, y para no romper el molde de los «Modernos» lo único que pudieron hacer fue introducir unas plegarias y unos cuantos GADU en el texto. Sin embargo, sí que apareció un vehículo especial, maleable y permeable a todo tiempo y realidad, capaz de asumirlo todo como una especie de agujero negro, y bajo todo tipo de acomodo ese instrumento no fue otro que el Rito Escocés Antiguo y Aceptado (REAA) que se convirtió en la estrella ritual más acomodaticia a las necesidades de cada conveniencia y sobre todo como «vitriol» para reunir los disperso, al menos en cuanto aquellos que ansiaban la «búsqueda iniciática» la cual en parte vendrá auspiciada por la proliferación de los llamados Altos Grados. No cabe duda, tal y como explica Nehr, en su magnífico libro (Simbolismo y francmasonería) que hubo un factor anterior y muy determinante que abrió la gran espita a la búsqueda iniciática , se trata de la leyenda hirámica que se enmarcó en un relato coherente para una búsqueda más allá de la razón. Frente a las lagunas del propio relato hirámico, aparecen nuevos grados que instalados en el «secreto» introspeccionarán en esas lagunas en un intento de acceder a los desconocidos poliformismos que se pueden resumir en que «la respuesta masónica: es el posible acceso a una serie de ceremonias iniciáticas que provocan la revelación en ese este «desconocido» por «iluminación», y que como remacha Paul Naudon: «el objeto de la iniciación es conducir al individuo al Conocimiento por una iluminación interior, proyección y aprehensión del centro de mí mismo y de la luz trascendente».

Y en esas estamos, y aunque algunas organizaciones como el Gran Oriente de Francia, no dejó pasar el momento de clarificar la postura más racional, rebajando el espíritu esotérico e iniciático a mínimos, pero no deja de ser cierto que tal cuestión se ha apoderado de la recepción masónica que la convertido en el «tótem» de una extraña mítica iniciática» lo cual no ha dejado de experimentar un ascenso imparable en la masonería.