jueves, 3 de junio de 2010

EL ARA Y SU SALUDO RITUAL



EL ARA Y SU SALUDO RITUAL


Material aparecido en el volumen de arquitectura Símbolo, Rito, Iniciación, La Cosmogonía Masónica (Ed. Obelisco, Barcelona 1992), firmado por Siete Maestros Masones, todos ellos vinculados con SYMBOLOS

A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo

EL ARA Y SU SALUDO RITUAL

Como todos los hermanos sabemos, el Ara es el altar de nuestro taller que es también nuestro templo y por lo tanto una imagen del cosmos. En el centro de ese espacio, entre la puerta y el Oriente y las columnas del Norte y del Sur se encuentra nuestro altar iluminado por las luces de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza. Esta piedra o ara, por marcar el centro, señala también el eje del taller, es decir, la posibilidad de comunicación alto-bajo, ascendente-descendente, entre la tierra y el cielo que en forma simbólica está representado en el techo. Y es a través del rito de nuestros estudios y trabajos, de nuestras ceremonias y gestos invariables que esta comunicación se reactiva y se hace en nosotros, los que nos ponemos entonces en condición de poder recibir los efluvios de lo alto, las inspiraciones emanadas del Gran Arquitecto del Universo, las que constituyen todo Conocimiento y Sabiduría. Es pues el Ara el punto más importante del templo, a partir del cual, se organiza toda la Logia y los trabajos que en ella se realizan. Es el símbolo de lo invisible por excelencia, que él expresa formal y sensiblemente, y a él mira simultáneamente toda la Logia, tanto el Oriente como los otros puntos cardinales. La escuadra y el compás se hallan sobre él simbolizando la unión entre la tierra (la escuadra, el cuadrángulo) y el cielo (el compás, el círculo) ya que él manifiesta el “axis” en el que se conjugan las polaridades. Ya sabemos que nuestra Logia, al simbolizar el cosmos, simboliza tanto el macro como el microcosmos puesto que éste es una miniatura de aquél, por lo que el taller es también una imagen de nuestro templo interno y el ara, por ser su punto central, corresponde en el ser humano a su corazón, lugar donde se recibe la palabra y la sabiduría divina -testificadas por el Libro Sagrado que reposa en nuestro altar- lugar de transformaciones y de realización. Hacia esta transmutación están orientados nuestros esfuerzos; lo que es lo mismo que pulir la piedra en bruto, o ir ascendiendo escalonadamente los estadios sucesivos del Conocimiento, que se corresponde con los grados de nuestra Orden. Esta posibilidad de ascenso y superación está siempre presente en el pecho de cada aprendiz, compañero o maestro, que en virtud de haber recibido la iniciación se halla especialmente cualificado para efectivizar estos símbolos, para hacerlos una realidad interna que vaya actuando en nosotros al ser evocados por la meditación, el estudio y la reiteración ritual.

Queremos recordar también para finalizar, que el Ara es el lugar en el que efectuamos nuestros juramentos, como manifestación visible de una energía invisible y trascendente. Sobre ella, como imagen del centro espiritual, y en lo hondo de nuestro corazón, es que hemos aceptado nuestros compromisos internos y hemos prometido cumplirlos, llevarlos a cabo. Esto podría parecer ridículo a aquél que ignorase todo sobre el simbolismo o no hubiera podido salir verdaderamente del mundo profano. Pero no lo es para los masones, los que al comprender el símbolo y el rito en el interior de su corazón, los efectivizan, al vivenciarlos. Por ese motivo es que son tan importantes los gestos rituales, ya que por medio de ellos se renuevan las posibilidades que contienen, pues expresan con exactitud una cosmogonía en movimiento, un cosmodrama, aunque se ignore esta circunstancia. Sin embargo, es obvio comprender que cada vez que pasamos junto al Ara y lo saludamos, no sólo estamos dando una muestra de respeto al símbolo en cuestión y a todo aquello que llevamos dicho acerca de lo que él representa, sino que además renovamos ritualmente nuestros compromisos y promesas masónicas, volviendo a religarnos con ellas precisamente en el lugar de la recepción de las emanaciones del Gran Arquitecto del Universo, lo cual constituye un perenne recordatorio de nuestra auténtica calidad masónica.

Y nos preguntamos, ya para finalizar, ¿acaso no es a esa identificación a la que conduce el caminar “por las vías que nos han sido trazadas” a las que alude el ritual de apertura? ¿Y no son en el fondo esas “vías trazadas” la propia herencia tradicional cuyo origen está en aquel gesto primigenio, y a la que tenemos que actualizar transmitiéndola en el ciclo histórico que nos toca vivir?

DOS TEMAS MASÓNICOS“Con alegría”
Queridos hermanos, deseamos recalcar las palabras que se repiten al final de nuestras tenidas para tratar de evitar cualquier riesgo de equivocación sobre alguna de las características de los verdaderos masones, en lo que toca a nuestra Orden. Por lo que creo debemos comenzar recordando que la Logia es una imagen del cosmos, y los ritos y gestos que allí se efectúan son una recreación perfectamente ordenada de la cosmogonía, tal cual se presenta al ser humano inteligente. Sin embargo, todo masón operativo sabe que a su vez, el orden cosmogónico es una imagen de lo metafísico -y de allí lo del secreto masónico-, a lo que se ha de aspirar en cuerpo, alma y espíritu; por eso, la necesidad y el sentido de distintos grados de realización y conocimiento entre los Hijos de la Viuda. Se debe comprender entonces que esta aspiración hacia lo más alto -aéreo e inaprensible- es opuesta a la pretensión hacia lo bajo- terrícola y fosilizado, y por lo tanto constituye algo más parecido a una disolución que a una coagulación.

En verdad todo este mundo que nos ha tocado vivir existe para dejarlo, porque es una imagen ilusoria de la realidad, lo que se advierte en el ascenso por los grados, o mundos, que estos simbolizan, donde las cosas son cada vez más ciertas cuanto más extrañas se nos presentan. Pero para llegar a ello hay que arribar primero a ser Maestro u Hombre Verdadero, y recomenzar posteriormente la ascensión por los grados simbólicos, íntimamente relacionados con lo supracósmico, tomando como punto de partida el cosmos, o logos, del cual deriva el nombre de nuestro taller. Lo que es perfectamente lógico en cuanto se piensa que los símbolos, los ritos y los mitos existen como mensajeros de otras realidades, y nunca para aferramos, con tanta obstinación como mediocridad, a ellos.

Algunos hermanos aún no pueden comprender estos conceptos -y otros, acaso, no los comprendan nunca-, pero deben enterarse de asuntos siempre presentes desde la época operativa en la Masonería, donde los ritos simbólicos e iniciáticos no podrían jamás resolverse en el simple hecho de construir edificios, aunque estos fueran bellísimos templos.

Es lamentable, pero hay personas que ven en la solemnidad un valor en sí mismo, o algo que deben repetir como si fuera el auténtico rito, y en ese sentido son los análogos -inversos- de los que no advierten que todo acto es solemne per se y entonces se dedican a correrías y pillaje. Entre el tonto solemne y el pícaro sinvergüenza no hay una gran distancia desde un punto de vista un poco más elevado; y ambos conforman la ignorancia del medio con la que no pueden sino autoidentificarse. Es más, el tonto solemne y el pícaro sinvergüenza pueden ser una misma persona. Pero no nos interesa en este momento ningún pillo, que son pocos en las logias y que casi inmediatamente son desenmascarados por sus hermanos, y sí nos preocupa que el ritual, que es uno solo con la Logia, pueda ser transpuesto por nosotros fuera con una impostación cuasi religiosa y literal, totalmente enemiga del auténtico Conocimiento, del Símbolo, que es verdaderamente el trabajo al que ha de dedicarse cualquier masón. Lo cual, por su literalidad, pueda también dañar a la propia Orden en el mundo profano con autotítulo de vocero “oficial”. La dignidad es propia de todo masón en cuanto es propia de cualquier Iniciado u Hombre Verdadero; no se necesita por lo tanto impostar la voz, ni tratar de “superar” ningún gesto, ya de por sí solemne. Tampoco se ha de caer en el ridículo de pretender sobrepasar a sus hermanos en sabiduría, o de ser tan infantil como para creer que se ha “progresado” en detrimento de otros, lo que indicaría una absoluta falta de seriedad. Con el maestrazgo se acabó la juventud aunque se esté en los 20 años, porque recién allí se comenzará a emprender el camino hacia lo supracósmico. Quedarse por lo tanto en conceptos literales y actitudes solemnes es a veces un daño irreparable para cada quien por sí mismo, como para todos aquellos que comparten nuestros trabajos y que han ido a la Orden buscando lo que ella es, y no a grandes “sabios” tan engolados como superficiales. Cuando en la masonería operativa los obreros terminaban sus trabajos y los gestos necesarios a su labor, colgaban en el taller su mandil y desde luego no repetían esos gestos en su casa ni con sus amigos en la sala húmeda; donde todos eran hombres libres; tampoco los domingos, o en las innumerables fiestas calendáricas, o en la calle, donde no corresponden esas ropas y actitudes, puesto que el rito de la cotidianidad es perfectamente suficiente y andan sobrando posturas de este tipo.

Por eso al terminar nuestros trabajos repetimos en respuesta a una pregunta la frase “con alegría”, la que nunca debería olvidar un auténtico masón.

Así, pues, deberíamos prevenirnos y ponernos a cubierto de lo formal -que, sin embargo, es lo que nos ha dado nada menos que la forma- confundiéndolo, o peor aún imaginándolo superior a lo a-formal que es el fin de la aspiración y la esperanza. ¡Con alegría!

Cadena de unión
Como todos conocéis, al final de nuestras tenidas finalizamos el rito con la llamada Cadena de Unión. Esta cadena que nos une a todos, desde el Venerable a los nuevos aprendices tiene, entre otros, dos significados que desearíamos destacar en este momento. En primer lugar, es una imagen en el plano de la cadena vertical que entronca con los orígenes de nuestra Orden y asegura una transmisión regular, a través de los iniciados de todos los tiempos, con el Gran Arquitecto Universal. Esto se produce por medio de nuestros símbolos, ritos y mitos que no son sino manifestaciones prototípicas de arquetipos permanentes que, hoy como ayer, están presentes en el plan y la estructura cósmica.

En segundo término, y como su nombre lo indica, significa la unión efectiva y real de los integrantes de la Logia en una nueva entidad que rechaza las individualidades para integrarlas en un organismo unitario de energía y alcance mayor por sus propias características transpersonales, conformando así un colectivo cuya fuerza es más grande que la suma de los elementos individuales, como bien lo sabéis por propia experiencia, pues ya habéis participado en su composición. Haciendo la salvedad que esta cadena fraterna no sólo se refiere a nuestra Logia, o a nuestras obligaciones con toda la hermandad masónica, sino a la humanidad en general, y en particular a la totalidad de los iniciados que hubieran conocido el camino del conocimiento por otras vías diferentes a la nuestra.

Debemos recordar sin embargo que cuando comienza a formarse, esta cadena está incompleta y hay un vacío en ella, un eslabón que aún no ha sido cerrado, por lo que el Venerable Maestro pregunta: “queridos hermanos, Maestro de Ceremonias ¿Por qué está rota la cadena?”

Y el Maestro de Ceremonias responde:

“Por nuestras imperfecciones Venerable Maestro”.

Entonces el Venerable Maestro vuelve a preguntar: “¿Cómo podemos cerrarla?”
Y el Maestro de Ceremonias contesta:

“Con las palabras sagradas de Sabiduría, Fuerza y Belleza. Uno para todos y todos para uno, repetidas tres veces”.

“Cerradla, querido hermano”, ordena el Venerable, y mientras el Maestro de Ceremonias lo realiza los integrantes de la Logia pronuncian tres veces las palabras sagradas, sus brazos derechos sobre los izquierdos y engarzando los dedos con los de los lados, constituyendo un círculo mágico perfecto de concentración de vibraciones, un dínamo generador, no únicamente capaz de transmitir su fuerza a cada uno de los integrantes, sino la de emanar a otros espacios visibles e invisibles; una forma activa de la invocación y también un encantamiento de protección para todos aquellos que tienen la gracia de participar en los misterios del Arte Sagrado, los llamados guardianes del Templo de la sabiduría salomónica, imagen de todos los templos, los que como parte de sus funciones deben saber estrechar sus filas y trabajar de modo armónico, tendiente a la perfección



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