viernes, 24 de abril de 2015

LOS RITUALES DE LOS GRADOS FILOSÓFICOS Y SU OBJETIVO


LOS RITUALES DE LOS GRADOS FILOSÓFICOS Y SU OBJETIVO

Los rituales no son más que el medio de estar en casa y entre los de casa. El ritual de cada grado es un conjunto de ceremonias, acciones, signos, marchas y palabras sagradas que se deben hacer o pronunciar en lugares o circunstancias determinados. De suerte que el ritual explica cómo se abren, celebran y clausuran los trabajos del grado, y da la instrucción del mismo en forma de preguntas o respuestas.
Además de las palabras de los grados, la potencia suprema y regular que rige a la Orden Masónica en los Estados, como por ejemplo, el Gran Oriente de Francia, da una nueva palabra para cada revolución solar, conocida con el nombre de palabra anual, y fija en cada San Juan o fiesta solsticial, una palabra semestral. Los trabajos de los misterios antiguos se abrían y celebraban a la puesta del sol y en las épocas de luna llena, costumbre que aún se practica en el grado de Noaquita o de caballero prusiano, el cual recuerda en esto a los misterios antiguos.

Los de los tres grados simbólicos se celebran, también, por la noche, aunque se abren supuestamente a mediodía y se cierran a medianoche. Esta ingeniosa idea nos proporciona a los adeptos modernos una ocasión para examinar la influencia extraordinaria de la luz y de las tinieblas —es decir, por la filosofía y por la superstición—, en la felicidad y la desgracia de los pueblos.
La noticia relativa a las reuniones y el acto de redactarlas cambian de nombre según la jerarquía de los grados.
El hecho de escribir una carta o de notificar algo recibe el nombre de trazar una plancha, la cual se comienza por las palabras: A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.
Ya he dicho que es lo que entienden los masones instruidos por Gran Arquitecto; teniendo en cuenta mis palabras, se puede concebir por que las planchas comienzan de ese modo y se terminan saludando con los números sagrados por él conocidos, es decir, con los números que simbolizan los tres reinos, la Naturaleza, el gran todo, o el Gran Arquitecto; de suerte que, en realidad, se termina del mismo modo que se comienza.

El masón del heterogéneo rito de Misraim escribe lo siguiente: A la gloria del Todopoderoso, honor sobre las tres puntas del triángulo.
En los grados capitulares, ya no se trazan planchas, sino que se burilan o graban columnas. Los rosacruces de Heredón titulan las suyas del siguiente modo: En nombre de la Santísima e indivisible Trinidad. Estos caballeros se saludan en sus cartas en la unidad apacible de los nombres sagrados. Como se ve, la unidad es perfecta; tres no son más que uno; se trata, pues, de la misma cosa, que toma nombres diferentes.

El caballero Kadosch abandona el lápiz y el buril para levantar balaustradas que fecha cerca de la zarza ardiente (B. A.), imagen del fuego, símbolo de la verdad que indica de modo suficiente la ocupación de los hermanos en este grado, o, mejor dicho, que revela el espíritu filosófico del grado.
Acabamos de señalar que la significación de los títulos de las notificaciones es idéntica e indica un sistema bien concebido. El fin debería responder a este sistema y ofrecer un complemento perfecto. Ahora bien, ¿qué es lo que se encuentra en los altos grados filosóficos? Estas palabras:
“Lux ex tenebris.” “Ordo ab chao.”
Basta poner unas pequeñas nociones simbólicas para percatarse de que estas dos leyendas están fuera de lugar en grados que se denominan el nec plus ultra de la Masonería. Sólo podría convenir al grado de aprendiz, símbolo de la primavera e imagen de la juventud del hombre y del año, pues únicamente en esta época es cuando se puede decir simbólicamente que la luz sale de las tinieblas y, en metáfora, que la creación o el orden surge del caos en cada primavera.
Y he dicho “en metáfora” porque el caos no es ni puede ser más que un nombre vano; supongamos que una columna se viene abajo: los materiales esparcidos en su base se hallarán en una especie de desorden o de caos en relación con el orden en que estaban colocados antes, orden a que debía la columna su existencia; pero no se puede negar que la posición que ellos hayan tomado al caer no sea en sí un orden.

De suerte, que no hay caos propiamente dicho en este caso. El año masónico comienza el primero de marzo. Los masones cuentan numéricamente los meses del mismo modo que los egipcios y les aplican nombres hebreos. Por ejemplo, según esta manera de contar decimos que hoy estamos en el primer día del cuarto mes llamado Tammuz del año de la V.•. L.•. (verdadera luz) 5838 (1° de junio de 1838).
Se agregan cuatro mil años a la era vulgar a consecuencia del velo hebraico con que se ha modificado el grado de maestro moderno. Los verdaderos masones no son tan insensatos que asignen una fecha a la luz; y saben que no existe más falsa luz que la reconocida por la ignorancia y el fanatismo.
Es imposible que la Masonería anterior al cristianismo adoptara la era cristiana, y, como los masones eran demasiado prudentes para precisar la época original del universo y no querían contrariar a los intolerantes y nuevos sectarios, tomaron como fecha de partida la de la creación mencionada en los libros mosaicos, y adoptaron la de los nuevos religionarios cristianos, en vez de hacer uso de la egipcia, o de continuar su era u otra cualquiera que dé al mundo una época más antigua que la judía. De ahí viene, sin duda, el que algunos escritores hayan pretendido que el secreto de los masones consistía en la fecha de su origen y en su opinión relativa a la existencia del mundo.
Fácilmente se ve que los rituales tienen por objeto proporcionar a los miembros de la gran familia medios infalibles para que puedan reconocerse y, al propio tiempo, el que estos medios sirvan de poderoso obstáculo a las astucias de los impostores y a las tentativas de los curiosos.
Algunos hermanos, entre los que se destacan muchos de los que ostentan insignias pertenecientes a las dignidades más elevadas, creen que los únicos secretos de la Francmasonería son los signos, las palabras y los toques; pero nosotros hemos demostrado que había otros.
La existencia de un grado superior al que no puedan llegar los masones de categoría inferior hasta haber dado pruebas de capacidad y de abnegación, es necesaria en extremo; pero, además, es preciso que este último santuario de la sabiduría se abra exclusivamente para los masones elegidos. Sería menester que, después de los tres grados simbólicos, se estableciera otro que fuera el último, en el que se diera por terminada la instrucción.
Los altos grados se han ido creando sucesivamente con objeto de que los masones pudieran poseer un tras-santuario en que reunirse y oírse; pero se iniciaban con tal facilidad y ligereza que había más cizaña que buen grano; por lo cual era preciso crear nuevos grados incesantemente para encontrar un refugio contra la irrupción.
Ilustres hermanos que leéis, si sois jefes de Logias, de capítulos o de consejos, no admitáis a los candidatos que no os hayan dado pruebas satisfactorias de su talento y de las virtudes que se exigen a los buenos masones. Si queréis que subsista la igualdad masónica, no busquéis más que a los individuos que han nacido para pensar.
El francmasón es un hombre libre, igualmente amigo del pobre que del rico, si éstos son virtuosos. Sea cual fuere la condición del hombre lo reconoce siempre como hermano, y esta es una razón para no iniciar a hombres de todos los estados y condiciones en los altos grados.
“Quienes conocen bien la esencia de los reglamentos de la Orden son los únicos que pueden apreciar el mérito de los candidatos para alcanzar los altos grados. El que es digno de participar en la administración de una Logia, también es capaz de juzgar los méritos de los candidatos; y, por la misma razón, el que sabe apreciar el mérito de un aspirante, es digno de tomar parte en la administración de una Logia.”
Haciendo una buena elección es como conservamos esta bondad y esta indulgencia masónicas, patrimonio glorioso de los hombres inteligentes. Es menester que animemos a los poseedores de la verdadera ciencia masónica, para que la den a conocer a los nuevos iniciados. Esparzamos las semillas que han de producir buenos frutos más pronto o más tarde; recordemos los métodos que empleaban los antiguos para formar a sus adeptos, y escuchemos y sigamos sus preceptos, de los cuales los de este grado no son más que una pálida imitación.