viernes, 2 de octubre de 2015

PLATÓN Y LA MASONERÍA

Foto de Gran Logia Simbólica Argentina.
PLATÓN Y LA MASONERÍA

Gran Logia Simbólica Argentina
POR RAFAEL BALLÉN

Como todos sabéis, en relación con la Historia de la Masonería hay dos épocas: Antes del 24 de junio 1717 y desde esa fecha hasta nuestros días.

En la primera época, los más lejanos vestigios de la Masonería son los denominados Misterios de la India, que se supone datan de cincuenta siglos antes de la era vulgar. En su orden de antigüedad le siguen, quienes ponen los orígenes en los tiempos antediluvianos de Lamech, Zoroastro (660-583 a. C.), Confucio (571 a. C) y el más moderno y creíble, el gran Pitágoras (fechas probables: n. entre 592-569 a. C. y m. 510-470 a. C.).
Si así fuese, si los más antiguos principios masónicos nacieron en esos tiempos, no habría que pensar nada más: el filósofo ateniense fundamentó su obra en las más antiguas enseñanzas masónicas.
Al contrario, si aceptamos que los ideales masónicos nacen el 24 de junio 1717, tendríamos que pensar que fundamentado en los principios, morales, éticos y humanísticos de las civilizaciones que precedieron a la Grecia clásica, Platón escribió su obra, y que los primeros redactores de los principios masónicos se inspiraron en buena parte de la doctrina platónica.

De los numerosos temas que constituye el bagaje intelectual de Platón y que se reproducen en el ideario masónico, sin mucho esfuerzo se pueden encontrar los siguientes: El mismo ingreso a la Academia era un procedimiento iniciático; el trabajo dentro de la Academia tenía como propósito la búsqueda del conocimiento y de la verdad; toda la obra de Platón tiene ese objetivo general, sin embargo, de manera específica, al conocimiento le dedica dos diálogos, Teeteto y Sofista; según Platón, sólo el trabajo descubre la luz y encuentra la verdad: “Después de una larga convivencia con el problema y después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece ya espontáneamente”(PLATÓN. Carta VII, 341c.) ; las figuras, los símbolos en el uso del lenguaje y los mitos son los instrumentos con que enseña Platón.
De todos esos temas, en esta oportunidad, solamente esbozaré el mito de la caverna.

El mito de la caverna: Los académicos e intelectuales que cultivan el pensamiento de Platón saben que el filósofo ateniense recurre constantemente a parábolas, mitos, fábulas y ejemplos para transmitir sus enseñanzas a la humanidad. ¿Qué es un mito? Se denomina “mito” al relato de un hecho fabuloso que se supone acontecido en un pasado remoto, sin que se pueda precisar su ubicación exacta en el tiempo. Un mito puede referirse a grandes hechos que con frecuencia se consideran el fundamento y el origen histórico de una comunidad o de toda la especie humana.
El contexto mítico-religioso en el que actuó Platón se encontraba supremamente acentuado. Los griegos se lo atribuían todo a los dioses, tanto mayores como menores. La inteligencia misma, la imaginación, la fuerza en la guerra, la agilidad en el juego, el vuelo creativo, la inspiración: nada de esto era mérito propio del hombre, sino que todo era la obra de algún dios.

Por esa marcada influencia mítico-religiosa que recibió Platón, en todos sus diálogos está presente alguna divinidad. Y sus diálogos más extensos e importantes, que son a la vez los dedicados a la organización política de la sociedad, comienzan con la presencia de divinidades.
La República empieza una vez que ha concluido la fiesta de la diosa Bendis en el Pireo. Las Leyes se inician invocando a Zeus y Apolo, y la conversación entre los tres ancianos de ese diálogo sucede en la gruta que va de Cnosos al templo de Zeus. Y el principio “Conócete a ti mismo”, que hicieron suyo Sócrates y Platón, no estaba inscrito en lugar distinto al templo de Delfos, dedicado a Apolo.

En el libro VII la República, Platón trae a colación uno de los mitos más famosos de la filosofía: el mito de la caverna. Lo presenta por intermedio de Sócrates. Este mito por desgracia, identifica el momento que vive el mundo en general.
En síntesis, la alegoría cuenta que en el fondo de una caverna se encuentran desde niños unos hombres –“que son como nosotros”, dice Platón–, atados del cuello y de los pies, de tal manera que no pueden voltear a mirar. Tan sólo pueden ver el fondo de la gruta y las sombras y apariencias que se forman por la luz que penetra por la boca de la misma.
A uno de los prisioneros se le quitan las cadenas, se lo saca a la luz, y luego desciende de nuevo a la caverna, con lo cual sufre dos choques en serie: uno, por el paso de la oscuridad a la luz y el otro por la irracional incomprensión de sus antiguos compañeros de tinieblas.

La primera turbación se produce por el contacto con la luz, que de momento deja ciego al prisionero recién liberado. Pero luego éste va observando la realidad, reconoce que antes se hallaba engañado por simples apariencias y poco a poco adquiere la capacidad de verlo todo, hasta los propios rayos del sol.
Se alegra de conocer la belleza de las cosas y se apiada de quienes aún siguen encadenados y engañados en el antro.
El segundo impacto se produce al descender a la caverna y contarles la realidad a sus antiguos compañeros de prisión, pues, al explicarles que viven en un mundo de sombras, éstos, en vez de agradecerle sus esfuerzos para liberarlos, se enfurecen y tratan de matarlo: lo que hicieron otros oscurantistas a Sócrates. Platón concluye que: “ Solo la educación puede dar a conocer la realidad del mundo”.

El mito de la caverna es supremamente rico en figuras, imágenes y símbolos masónicos. Quizá nadie haya encontrado aún todas las respuestas. Releyendo el libro VII de la República, se pueden sacar un sinfín de conclusiones.

En primer lugar, todos somos prisioneros de la ignorancia y de la oscuridad, y cuanto escuchamos proviene de las sombras.
A esa misma conclusión llegó Saramago, en su novela La caverna: “Esas personas somos nosotros, yo, tú, Marcial, el Centro, todo, probablemente el mundo”(SARAMAGO, José. La caverna. Bogotá, Alfaguara, 2001, p. 436.).

En segundo lugar, hay varios grados o etapas en la obtención de la luz. Un primer momento, es aquel en el que el liberado puede mover la cabeza y los primeros rayos de luz le golpean sus ojos. Pero luego, “a la fuerza es arrastrado por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de llegar a hasta la luz del sol”. Cuando ya está en la superficie, fuera de la caverna, por hallarse encandilado sólo ve las sombras de los hombres y “después las figuras de los hombres y de los objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos […]. Finalmente, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que le son extraños, sino contemplarlo como es en sí y por sí, en su propio ámbito”.

En tercer lugar, no es tarea fácil para quien haya visto la luz y desee descender a las tinieblas para enseñar sus experiencias a quienes se hallan atados a la ignorancia de la caverna.
Porque, por una parte, “tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol”. Y por la otra, al “interesarse en desatar a quienes están encadenados y conducirlos hacia la luz, intentarán matarlo, si pudieran tenerlo en sus manos”.

En cuarto lugar, una vez se ha alcanzado la luz, esta será “la causa de todas las cosas rectas y bellas”. Sin embargo, “los ojos pueden ver confusamente por dos tipos de perturbaciones: uno al trasladarse de la luz a la tiniebla, y otro de la tiniebla a la luz”. Pero “cada uno a su turno”, quien haya adquirido la luz, “debe descender hacia la morada común de los demás y habituarse a contemplar las tinieblas”.

Finalmente –para no seguir exprimiendo la sabiduría del pensador ateniense–, hago la última cita: los contendientes que luchan por alcanzar el poder, “compiten entre sí como entre sombras y disputan las instancias del gobierno, como si éstas fueran algo de gran valor”.
He ahí el porque de tanta simulación, de tanta maniobra, de tanto crimen de Estado –que nuestro imaginario colectivo denomina “falsos positivos”–, de tanta sangre, de tanta injusticia, de tanta iniquidad por conquistar el poder o por afianzarse en él. A esa iniquidad, a esa injusticia, a esas matanzas se opone la orden universal de libertad, igualdad y fraternidad, como un grito de dolor y de esperanza. Así concibo la Masonería Universal.