viernes, 3 de febrero de 2017

Cataros y el Santo GrialCataros y el Santo Grial

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Cataros y el Santo Grial
Publicado por Templarcrux

Montségur. Mito y realidad alrededor de tres leyendas cátaras: el tesoro secreto, el templo solar y el santo grial.
Es muy probable que cualquiera que paseara por las estribaciones pirenaicas del Ariège, el 16 de marzo de 1244, pudiera divisar a kilómetros de distancia gruesas columnas de humo conquistando los cielos. La humareda tenía un origen muy concreto. Se nutría de las numerosas hogueras situadas al pie del castillo de Montségur, diminuta villa fortificada y asentada sobre una suerte de cono montañoso de 1208 m de alto, con precipicios de 500 a 800 m de profundidad.

Entre las llamas crepitaban los cuerpos vivos de doscientos cátaros, aquellos que no quisieron abjurar de sus creencias y que junto a otros cientos habían defendido la plaza durante nueve meses. Su esfuerzo no había encontrado recompensa. El tenaz asedio de las tropas regias y pontificias consiguió rendirla para poner a sus ocupantes en manos de la Inquisición papal. No sabemos con seguridad cuántas personas mantuvieron aquella guarnición. Se conoce el nombre exacto de unos trescientos, aunque si les añadimos familiares y sirvientes anónimos, la cifra podría elevarse hasta el medio millar. Una sobrepoblación enorme para un lugar tan reducido y al que los cruzados del rey de Francia y del Papa de Roma calificaban como la sinagoga del Diablo.

En aquel pequeño burgo sobre un nido de águila se había refugiado el grueso de la Iglesia cátara, un movimiento religioso que hacía una lectura alternativa del mensaje cristiano, absolutamente rechazada por la jerarquía eclesiástica más ortodoxa. Sus seguidores postulaban que el mundo físico era una creación maligna y dominada por el diablo. Por consiguiente, Cristo sólo podía tener una naturaleza fantasmal, nunca componerse de carne y hueso, porque esto último equivaldría a hacerlo partícipe del Demonio. Semejantes postulados cambiaban también el sentido de la venida a la Tierra de Jesús. No aceptaban que hubiera nacido para terminar con el pecado original, sino para explicar cuál debía ser el camino de la liberación. La senda a recorrer por la cual el Hombre habría de trascender su cobertura material y dejar aflorar aquella verdadera dimensión angélica que vivía atrapada dentro de los muros carnales de su ser.

Vista de Montségur

Como podemos ver, a juicio de los cátaros, la materia estaba asociada a todo lo tenebroso y ralentizaba el proceso de salvación humana. El sexo, el matrimonio, el bautismo católico, la eucaristía, el culto a la cruz, los alimentos de origen animal como los huevos, la carne o la leche… eran, cada uno de ellos, elementos que encadenaban aún más a este mundo demoniaco. Por si fuera poco, la muerte en sí misma no proporcionaba la libertad. Los seres humanos continuarían reencarnándose después de morir a menos que optaran por romper la nefasta rueda en la que estaban inmersos. La única salida posible venía de la mano del denominado consolament, una suerte de bautismo espiritual que hacía ingresar al receptor del mismo en la categoría de los perfectos. Dentro de tal condición, sus miembros estaban obligados a llevar una vida austera, generosa, sencilla, de pobreza absoluta, ausencia de bienes y moral impecable. En ese camino de recogimiento y ascesis individual, la Iglesia de Roma, con sus cargos eclesiásticos, rito, liturgias sofisticadas, valiosos tesoros, diezmos, magníficos templos, monasterios y demás ataduras terrenales, no tenía cabida.

El éxito de estos y otros planteamientos similares fue inmediato, especialmente al sur de la Francia actual. El movimiento consiguió granjearse el favor de personas pertenecientes a cualquier condición y género. En unos cuantos años, casi en silencio, la Iglesia de Roma fue progresivamente sustituida por la cátara y la mayoría de los fieles -nobles o campesinos, hombres o mujeres- ingresaron en aquel cristianismo alternativo dentro de la categoría de creyentes, que implicaba una norma de vida menos exigente que la seguida por los perfectos.

En este punto, los católicos reaccionaron con significativa vehemencia: durante varias décadas combatieron las doctrinas cátaras. A sus seguidores los terminaron considerándolos reos de herejía y la persecución adoptó la forma de cruzada. Desenvainaron las espadas, pero, el papado no buscó sólo vencer, sino también convencer y eliminar el mal de raíz. Así que la palabra encontró también su sitio en esta dilatada contienda. Había que perseguir los individuos contaminados y también las ideas contaminantes. Un cuerpo especializado y muy erudito de religiosos, los dominicos de la mano del castellano Domingo de Guzmán, se labraron un enorme prestigio en su labor de predicación ambulante por aquellas tierras repletas de herejía. Otro cuerpo institucionalizado conformado por cistercienses y luego monopolizado por los propios dominicos, hizo una labor represora mucho más refinada. Eran los inquisidores que bajo pena de penitencia en diferente grado, cárcel o inmolación para los más pertinaces, se dedicaron a detectar y acabar con cualquier delito de fe. Incluso, el año 1229, fue levantada en Tolosa una Universidad para iluminar con enseñanzas verdaderas todas aquellas regiones de los alrededores cubiertas por las tinieblas del error.

Mediante la espada y la palabra, sin que ni la una ni la otra les ahorrara importantes reveses, los perseguidores, poco a poco, fueron ganando terreno a la Iglesia cátara hasta lograr reducirla a su más mínima expresión. Numerosos castillos, ciudades y señoríos de la Occitania cayeron, uno tras otro, al paso firme de las huestes regias, nobiliarias y de los inquisidores pontificios: Béziers y Carcasona en 1209, Minerva, Termes y Puivert en 1210, Peyrepertuse en 1240… La presión victoriosa de las tropas cruzadas, consiguió además que muchos señores de la zona, antiguos simpatizantes de la causa cátara, cambiaran de postura y acabaran sumándose a la coalición católica. Otros, mantuvieron sus creencias y, por ello, perdieron sus patrimonios, sus villas y sus castillos. Serán los faidits, los caballeros desposeídos, obligados, por tanto, a buscar la protección y el amparo de otros señores, todavía cátaros, que quisieran acogerlos.


Muchos de estos faidits, como Pierre Roger de Mirepoix, se refugiaron también en Montségur y allí pudieron contemplar cómo a los pies del mismo, un ejército de 1500 hombres comandado por el senescal de Carcasona, Hugo de Arcis, rodeaba el castillo durante el verano de 1243. Los inquilinos del castillo, seguramente, debieron advertir que estaban ante el asedio definitivo. El concilio de Beziérs, poco tiempo atrás, había decidió cortar la cabeza del Dragón cátaro y la decapitación del mismo pasaba por tomar aquella fortaleza. Además, de Montségur habían partido, en la primavera anterior, una treintena de hombres con una misión secreta: matar a los dos inquisidores principales del papa que, itinerantes, iban realizando su trabajo con vehemencia por toda la comarca. Informados de que se encontraban descansando en Avignonet, un comando de quince caballeros actuaron en complicidad con otros treinta habitantes de la villa, quienes les abrieron las puertas de la torre donde aquellos se alojaban. Los confabulados, aprovechando la oscuridad de la noche, pasaron a cuchillo a los dos religiosos y a todo su cortejo. Cuentan algunas crónicas que la población, al enterarse de lo sucedido, vitoreó jubilosa a los asesinos en su camino de regreso, pero enervó hasta el infinito el ánimo de los cruzados. Ante tales acontecimientos, Montségur debía caer y cayó.


El 16 de marzo de 1244, bien pudieron tremolar las hogueras. Algo más de doscientos perfectos se negaron a abjurar de sus creencias y fueron pasto de las llamas. La tradición sitúa el lugar del holocausto en el Prat dels Cremats, al pie de Montségur, donde un monolito de piedra hoy día recuerda los hechos. Sin embargo, no resulta fácil dar por buena esta identificación. Ni siquiera se sabe con certeza si ese mismo día fueron quemados todos los renegados. Fuera esa jornada u otra venidera, resulta incontestable por las diferentes fuentes que el fuego acabó con el grueso de la Iglesia cátara tras la caída de Montségur. Después, algún otro enclave permaneció en el tiempo, como Queribús, tomado por los cruzados en 1255. Pero el movimiento cátaro en la práctica había tocado ya a su fin en 1244. Las cenizas de los perfectos consumidos por las llamas pasaron a surcar el viento de la historia y, sobre todo, sirvieron para abonar el suelo de múltiples leyendas. De tres de estas leyendas – el tesoro cátaro, el templo solar de Montségur y la presencia del Grial- trataremos a continuación.



¿Hubo un tesoro cátaro?

Seguramente uno de los autores contemporáneos que más ha contribuido a difundir la mitología en torno a Montségur sea Gérard de Sède. Este autor con una biografía bastante peculiar y gran éxito editorial, sobre todo a raíz de su obra El tesoro cátaro, nos dice en la misma: Pero mientras se elevaban las llamas, cuatro sombras salían del castillo y se descolgaban, con ayuda de cuerdas, a lo largo de la vertiginosa pared Oeste del pico. Eran los Perfectos Amiel Aicard, Hugo, Pictavin y otro cuyo nombre es incierto. Llevaban consigo una manta anudada en forma de hatillo. La fuga la había organizado Pierre-Roger de Miraepoix; su pariente Arnaud-Roger de Mirepoix, testigo de los hechos, los contó más tarde a la Inquisición, explicando: “Se hizo así para que la Iglesia de los herejes no perdiese su tesoro.”
Desde el Campo de los Quemados, los cátaros que se retorcían en las llamas vieron encenderse una gran hoguera en la cumbre del Bidorta: los cuatro evadidos les hacían saber que habían cumplido su misión.
¿Qué tesoro contenía la flaciata, el petate de los cuatro Perfectos? Seguramente que no era un tesoro monetario, puesto que las reservas de oro y piedras preciosas de Montségur habían sido ya evacuadas cuatro meses antes. Tratábase sin duda de archivos, de libros sagrados o de unas reliquias; en todo caso, una cosa tan preciosa o tan secreta que en modo alguno debía caer en manos de los perseguidores.

En buena parte del resto de esta obra, Gérard de Sède coqueteará con la idea del Grial, asociando su origen al país occitano donde dominara antaño la religiosidad cátara. De este modo más o menos explícito, el autor francés parece sugerir que ese tesoro secreto bien pudiera ser la copa de la Última Cena. No bebe Gérard de Sède de fuentes propias, sino ajenas. Otros autores antes que él difundieron la noticia del tesoro cátaro en términos más o menos similares a los que él emplea, como Napoleon Peyrat en 1870 o el erudito nazi Otto Rahn durante la década de los treinta del siglo pasado.

¿Cuánto hay de verdad y de ficción en los hechos narrados por dichos autores? Lo mejor es acudir directamente a las fuentes documentadas al respecto que apenas son un puñado de noticias extraídas de las actas inquisitoriales. Tras la caída de Montségur, los dominicos realizaron diversos interrogatorios a aquellos cátaros que no persistieron en sus creencias. En el testimonio de estas sesiones se consignan varias alusiones al tesoro, no así en las crónicas de la cruzada que no dedican ni una sola línea a la cuestión. Los extractos inquisitoriales son los siguientes, por orden cronológico de su declaración (Realizo una traducción personal directamente del latín conforme a la edición de los textos ofrecida por Michel Roquebert en el apéndice 2 de su L’Epopee cathare. 4 Mourir à Montségur 1230-1244, Villeneuve, 2007, pero tomo la adaptación al francés de los nombres de lugares y personajes citados según la traducción realizada por Jean Duvernoy en su Le Dossier de Montségur. Interrogatoires d’Inquisition 1242-1247, Toulouse, 1998).

El heréje Mathieu me dijo que él mismo y Pierre Bonnet, diácono de los herejes de Tolosa, salieron del castillo de Montségur y de allí sacaron el oro y la plata e infinidad de monedas, la hicieron pasar por el lugar donde los hombres de Camon montaban la guardia; los cuales les indicaron a los herejes el sitio y los caminos por donde podían entrar y salir libremente; los mencionados herejes fueron entonces hasta una gruta fortificada de Sabartès que poseía Pons Arnaud de Châteauverdun. En el tiempo de este año, cerca de la última fiesta de Navidad [Navidad de 1243] (Testimonio de Imbert de Salles tomado el 14 de marzo de 1244).

Oyó decir a Raimond Monic que Amiel Aicard, Peytavi y otros dos herejes fueron ocultados bajo tierra durante la rendición de los otros herejes y sacados del castillo de Montségur. Él no sabe ni oyó decir quiénes les sacaron del castillo ni el modo en que fueron sacados. Añade que él mismo escuchó decir que los susodichos cuatro herejes que fueron sacados del castillo de Montségur llegaron a la villa de Caussou y de allí a la de Prades y al castillo de Usson con el hereje Mathieu, al cual encontraron. Añade que en el castillo de Usson vivía Raimond de Caussou y Guilliaume Caramelaire y los otros herejes susodichos. (Testimonio de Berenguer de Lavelanet, tomado el 21 de abril de 1244)

Cuando los herejes salieron del castillo de Montségur, el cual debían entregar a la Iglesia y al rey, Pierre Roger de Mirepoix retuvo en el dicho castillo a Amiel Aicart y a su compañero Hugo, y la noche después de que los otros herejes fueron quemados en grupo, el citado P. Roger cogió a los mencionados herejes y escaparon. Esto fue hecho con la intención de que la Iglesia de los herejes no perdiera su tesoro, que estaba guardado en los bosques y aquellos dos lo sabían. Esto y eso oyó decir de testimonio de Alzieu de Massabrac que les había visto y de Gillaume Dejean de Lordat que les vio después de que escaparan del castillo. Ocurrió en la semana antes de Ramos [21 al 27 de Marzo] (Testimonio de Arnaud Roger de Mirepoix, tomado el 22 de abril de 1244)

Oyó decir a los herejes Bernard Guilhem y Bernard de Auvezines en la liza donde él montaba guardia con aquellos herejes, que los herejes Amiel Aicard y Huc habían sido sacados del castillo de Montsegur con una cuerda por el precipicio bajo el castillo de Pierre Roger, durante la noche del día que el castillo fue entregado a las manos del rey y de la Iglesia. Interrogado sobre quién sacó a aquellos herejes, respondió que no lo sabía. (Testimonio de Guillaume de Bouan de Lavelanet tomado el 2 de mayo de 1244)

Oyó decir por los herejes que, cuando salieron del dicho castillo de Montsegur y fueron entregados a los Galos, en la noche anterior salieron herejes de dicho castillo. En el tiempo de este año y después de la cuaresma [Hacia el 13 de marzo] (Testimonio de Bernard Cairole, llamado de Joucou, tomado el 3 de mayo de 1244)





Reconstrucción ideal de Montségur durante el dominio cátaro


¿Qué veracidad podemos darle a estos testimonios obtenidos bajo interrogatorio inquisitorial? En principio, no parece que fueran tomados bajo tortura, porque ésta se generalizó en las prácticas de la Inquisición después de 1260. De todas formas, es bien sabido que hay otras maneras igualmente artificiales y muy eficaces de inducir una confesión. Aún así, la reiteración de los comentarios y el contenido de los mismos, permite aceptar sin mayores problemas la existencia de un tesoro en Montségur y la puesta en fuga de varios cátaros para trasladarlo a otro lugar. Esta operación se habría llevado a cabo en dos momentos:

El primero estuvo destinado a esconder aquellos bienes preciados fuera del castillo. En opinión del historiador Michel Roquebert, los cruzados católicos, hacia la Navidad de 1243, iniciaron una aproximación definitiva a las inmediaciones de Montségur. Entonces los asaltantes llevaban unos siete u ocho meses de asedio y consiguieron avanzar hasta el pie mismo de la montaña. La proximidad del enemigo pudo hacer que los cercados optarán por trasladar fuera de la plaza aquellos enseres más valiosos ante la amenaza de una conquista inminente. Dos cátaros, entre ellos un diácono de la iglesia de Tolosa, habrían sido los autores de la operación. Por otro lado, el superar a los centinelas enemigos debió resultarles una tarea bastante fácil, puesto que el testimonio de Imbert de Salles detalla que los vigilantes eran oriundos de Camon. Esta localidad estaba a unos 20 kilómetros de Montségur y, seguramente, las huestes católicas habrían reclutado allí algunos de sus hombres. La ventaja para los fugados fue que Pierre Roger de Mirepoix, co-señor de la guarnición de Montségur, tenía lazos familiares directos con aquella villa: el ama de cría de su hijo era oriunda de aquella población y a la vez esposa de uno de sus hombres de mayor confianza. Por lo que bien pudieron mover los hilos de ese parentesco para ganarse la complicidad de los soldados de Camon y facilitar la escapada.

Por último, el custodio del tesoro y dueño de la gruta fortificada donde, según Imbert, quedó aquel alojado, era miembro de la familia Châteauverdun, la cual había demostrado repetidas veces su apego a la causa cátara. Ahora bien, ¿de qué cueva se trataba? No puede determinarse con certeza. Sabemos que este tipo de grutas fortificadas o expulgas resultaban habituales en la región como la que en la actualidad pueden contemplarse en Bouan. Un documento de febrero de 1213 nombra seis de estas cuevas en manos del conde de Foix: Souloumbrié, Subitan, Ornolac, Verdun, Alliat y Niaux. Por su parte, Napoleón Peyrat a finales del siglo XIX creyó identificar la cueva del tesoro cátaro en Lombrive, tras seguir ciertas tradiciones populares que hoy en día se han demostrado falsas.





Gruta fortificada o expulga de Bouan

El segundo momento, de la operación habría tenido lugar la víspera de la entrega del castillo. Dos hombres habrían sido ocultados bajo tierra en algún punto de Montségur, para abandonar el mismo una vez hubiera sido desocupado por los cátaros. Su cometido seguramente sería localizar el tesoro y llevar las pertinentes instrucciones acerca de qué había que hacer con el mismo.

Finalmente, algunos detalles que se han sumado a la leyenda como el petate portado por los fugados o las señales de humo realizadas desde el monte Bidorta, indicando el éxito de la escapada, no tienen ninguna base documental. Es más, las hogueras en la cumbre de dicho monte quizás atiendan a un episodio anterior que, efectivamente, se produjo de esa manera. Así, en mayo de 1243, uno de los sargentos de Montségur, Escot de Belcaire acordó con el coseñor del castillo Pierre Roger de Mirepoix que haría unas hogueras informando de que había alcanzado la cima del Bidorta. La imaginación de los escritores posteriores debió tomar este dato y combinarlo con la evasión realizada un año después.


En relación al posible contenido del tesoro se ha especulado mucho. Uno de los testimonios inquisitoriales hablaba explícitamente de oro, plata e infinidad de monedas. A ciertos autores les resulta extraña una descripción de tales características dentro de un movimiento religioso que predicaba la vida austera y desapropiada. Lo cierto es que este régimen de existencia era así de sobrio, pero exclusivamente para los perfectos de la comunidad. El resto podía tener bienes e incluso se buscaba incentivar la economía burguesa –comercial y artesanal- para que la riqueza generada llegara, tras su reparto, a todo el mundo. Además, durante el asedio de Montségur, el capital acumulado en el castillo sirvió para adquirir víveres en los pueblos de los alrededores, comprar voluntades enemigas y pagar la protección de mercenarios, entre otras acciones habituales durante un conflicto armado. Así, que en principio, no hay indicios para sospechar o concebir la existencia de un contenido extraordinario dentro del tesoro cátaro. Los inquisidores ni siquiera parecieron preocuparse demasiado por su destino o por sus características. Las alusiones en las actas son bastante sucintas y más dedicadas obtener los nombres de los implicados que procurar información sobre los enseres evadidos. Por su parte, los asediados, tal vez, depositaron en la salvaguarda de aquel tesoro la esperanza de poder seguir financiando la lucha armada desde otro lugar, aunque se rindiera Montségur.



¿Fue Montségur un templo solar cátaro?

A esa pregunta se encargó de responder positivamente Fernand Niel en varios trabajos publicados desde 1950 hasta finales de los años setenta. Montségur, la montagne inspirée, Paris, 1950; Montségur, le site, son histoire, Grenoble, 1961 o Les Cathares de Montségur, 1976 serían sus títulos más destacables. Este Ingeniero e historiador galo llenó sus escritos con detalladas y meticulosas mediciones, cálculos, ejes, trazas, etc. realizadas sobre los lienzos y muros del castillo actualmente conversados y presuntamente atribuidos a los cátaros. La conclusión de sus cavilaciones fue que tanto el trazado como el alzado de aquel inmueble no se hicieron de forma caprichosa. Todo lo contrario. Estuvo perfectamente planteado conforme a unas directrices muy precisas a través de las cuales la fortaleza quedaba configurada como un templo solar y zodiacal al servicio de la Iglesia cátara. En síntesis, Fernand Niel llegó a aseverar que el edificio debía de poder pasar por una fortaleza; las disposiciones del plano de construcción tenían que dar de manera “disimulada”, por medio de alineaciones apropiadas, las principales direcciones del sol naciente.

El procedimiento técnico operado por Niel resulta relativamente sencillo (Ver Fig. 1). A partir del plano actual del castillo, numeramos todas las esquinas y ángulos del perímetro exterior de la fortaleza (Letras mayúsculas de la A a la H). Luego, sobre estos puntos base se trazan una serie de líneas paralelas que los unan entre sí. Además, se determina la existencia de otros puntos secundarios significativos siempre que se guarden ciertas proporciones con respecto a los puntos principales. Así, h se obtiene al ser la mitad exacta del muro H-A, c es el medio de D-C, mientras que a surge al cumplirse que aA=B A/3, de idéntico modo b’ y a’ (b’C=CB/3 y a’B=BA/3). A partir de los puntos principales y secundarios se pueden obtener las siguientes líneas absolutamente paralelas: E-h, FA, ca, b’a’. Finalmente, se busca la correlación de dichas directrices, puntos principales y puntos secundarios con posiciones solares y astrológicas. El resultado sería el siguiente:

- Desde la mitad b hasta H: Equinoccios 21 marzo y 23 septiembre
- a’H: Solsticio de verano
- fA (f como medio de CF): 21 enero (Acuario) y 22 noviembre (Sagitario)
- CH 19: febrero (Piscis) y 23 (Escorpión)
- Bh: 20 abril (Tauro) y 23 agosto (Virgo)
- a’’H (a’’=BA’/2): 21 mayo (Géminis) y 22 julio (Leo)




Fig. 1: Ejes astronómicos establecidos por F. Niel en Montsegur



En definitiva, concluye Fernand Niel que existe en Montségur un sistema que permite identificar las salidas del sol en fechas destacadas del año, solsticios y equinoccios, correspondientes al comienzo y final de las estaciones. Ahora bien, ¿qué significado práctico o doctrinal tendrían para los cátaros estas alineaciones astronómicas? A su juicio, podría relacionarse con la celebración de la fiesta del equinoccio de primavera, correspondiente a la Pascua cristiana. Y, además, esa vinculación tendría un origen maniqueo, sustrato religioso que habría podido servir de inspiración a las doctrinas cátaras.

Sin embargo, esta cuidada hipótesis encuentra su punto más flaco, precisamente, en aquello que parecía más evidente: el actual castillo de Montségur, los pocos muros que de él se conservan en el presente y que sirvieron a Niel como imprescindible fundamento para todos sus cálculos, no fueron levantados por los cátaros. La fortaleza, una vez tomada en 1244, debió de ser destruida y levantada después con otro diseño por los nuevos señores de la plaza, la familia Lévis. De tal forma que, en todo caso, la prodigiosa orientación solar del edificio, de ser cierta, cabría atribuirla a estos nobles católicos y no a los herejes. Ante un dictamen así, se desmorona gran parte del atractivo y valor singular de los análisis de Fernand Niel.

Los indicios al respecto son rotundos y podemos agruparlos por su naturaleza en históricos, arqueológicos, artísticos y doctrinales.

Por un lado, resultaba habitual que la Iglesia católica y el poder real mandaran arrasar los lugares donde habían habitado cátaros una vez dichas poblaciones eran conquistadas. Para el caso que aquí nos ocupa, ya en 1241 el monarca francés ordenó al conde de Tolosa, Raimundo VII, destruir Montségur, en cuanto pudiera tomar posesión de ella y añadió que luego sería comprobada tal demolición. No existe evidencia documentada de que ese derribo fuera llevado finalmente a cabo. Sin embargo, desde la arqueología pueden confirmarse algunos extremos. Por ejemplo, en las terrazas de la cara norte del pico, bajo la torre del homenaje, se ha detectado la presencia de parte del primitivo poblado cátaro. Apenas los cimientos de unas pocas viviendas. Las fuentes medievales aluden a la existencia de, al menos, una veintena de casas en la cumbre. Todas las cuales habrían sido arrasadas tras la ocupación. También las excavaciones han sacado a la luz restos de muros de defensa, barbacanas y torres en otros puntos de la cima. Elementos que junto con la barriada antedicha, igualmente, debieron de ser eliminados por los nuevos señores del lugar. ¿Corrió la misma suerte el castillo? Parece ser que sí. Hay aspectos formales del mismo, como el aparejo de los sillares, cuyo tamaño resulta demasiado grande, bien tallado y ajustado para tratarse de una obra de principios del siglo XIII. De idéntico modo, el uso del arco apuntado en la torre del homenaje resultaría demasiado inesperado en el tiempo de ocupación cátara.

Valorados todos estos elementos, la conclusión del Groupe de Recherches Archeologiques de Montsegur et Environs (GRAME), no puede ser más elocuente: No se conserva ninguna traza en las ruinas actuales ni del primer castillo que fuera abandonado en los comienzos del siglo XII (denominado Montségur I), ni de aquel que construyera Raimon de Pereilles hacia 1210 (Montségur II) que se corresponde al período de dominio cátaro (GRAME, Montsegur: 13 ans de rechreche archeologique, Lavelanet, 1981, pág. 76).

Un último argumento al respecto lo encontraríamos en las doctrinas cátaras. Estos creyentes no sentían ninguna admiración por los astros celestiales, puesto que eran obras bajo dominio del Demonio. Rendirles culto o regir su vida cotidiana por ellas habría sido todo un despropósito.

Cabe preguntarse, entonces, si Niel erró en sus apreciaciones astronómicas. Es una posibilidad cierta. Pero si damos sus cálculos por correctos, ¿fue la orientación de Montségur sólo producto del azar o, en efecto, los arquitectos del nuevo edificio siguieron alguna idea zodiacal preconcebida? Desde luego, dicho patrón de diseño no pudo ser cátaro por lo argumentos antes enumerados, pero tal vez pudiera salvarse parte del planteamiento de Niel si aceptamos que los nuevos señores de Montségur, la católica familia Levi, quisieron que la luz del Sol de la Iglesia purificara aquel lugar ocupado y contaminado por la funesta herejía cátara. Así, desde la ortodoxia romana resultaría más aceptable la presunta orientación estelar de la fortaleza que desde la heterodoxa. De todas formas, incluso para fundamentar esta hipótesis sería necesario contar con evidencias documentales más explícitas de las que disponemos en la actualidad.


¿Custodiaron los cátaros el mítico Grial en Montségur?

El autor que con más ahínco ha postulado la posibilidad de que el Santo Grial estuviera alguna vez alojado en Montségur fue Otto Rahn. Buena parte de su formación académica en Historia, Filosofía y Derecho la consagró al estudio de la literatura artúrica, entendiendo esta no como un relato completamente legendario, sino poseedor de un fondo de verdad. Fruto de todo este empeño personal fueron sus dos principales monografías: La Cruzada contra el Grial, publicada en Friburgo el año 1933 y La Corte de Lucifer editada cuatro años después. Gracias a ellas adquirió una notable reputación intelectual dentro del partido nazi.

El principal fundamento de sus pesquisas lo tomó durante un largo viaje por el pirineo occitano. En el mismo pudo recabar diferentes leyendas y tradiciones populares, entre ellas, ésta que le transmitió un pastor de la comarca en 1931: Cuándo todavía se mantenían en pie las murallas de Montségur, los Puros guardaron en ella el Santo Grial. El castillo estaba en peligro. Las huestes de Lucifer se encontraban ante sus murallas. Ansiaban poseer el Grial para ponerlo en la diadema de su príncipe. A partir de esta clase testimonios y otros recabados en los alrededores, combinados con el análisis de los textos artúricos, Rahn concluyó que el legendario Montsalvat, castillo custodio del Grial mencionado en Parsifal, perfectamente pudiera haber sido en la realidad Montségur. Posteriormente, otros muchos autores han tirado de este hilo hasta hacer una madeja enorme de gran eco mediático a través de publicaciones, documentales y películas de todo tipo.

¿Tiene fundamento esta hipótesis? En verdad ninguno. Ya quedó dicho que los cátaros negaban la naturaleza carnal de Jesús. La aceptaban como puramente ilusoria puesto que defendían su condición exclusivamente fantasmática o angelical. Por lo tanto, sentían un absoluto desprecio y negación de todo aquello que pudiera hacer creer en la existencia de una carne y una sangre procedente de Cristo. En el mismo sentido, el movimiento cátaro rechazaba la eucaristía, mientras que la sagrada copa les recordaba directamente dicho sacramento. Y, finalmente, no contemplaban en ningún caso la veneración de un objeto material, porque su propia esencia les supondría apegarse a un plano de la realidad que, igualmente, les repugnaba por concebirlo en manos del demonio.
BIBLIOGRAFÍA:


M. Roquebert, L’Epopée cathare. 4. Mourir à Montségur 1230-1244, Villeneuve d’Ascq, 2009.
S. Nelli, Montségur. Mythe et Histoire, Monaco, 1996.
P. Labal, Los cátaros: herejía y crisis social, Barcelona, 1995.
J. Duvernoy, Le dossier de Montségur. Interrogatoires d’Inquisition 1242-1247, Toulouse, 1998.