jueves, 5 de marzo de 2015

SIMBOLISMO Y COMUNICACIÓN



Por el MRH:.LEÒN ZELDIS MANDEL, P.M.
Resp:. Log:. Simb:.LA FRATERNIDAD N° 62

Tel Aviv – Israel

A primera vista, podría parecer extraña la conjunción de ideas: SIMBOLISMO Y COMUNICACIÓN, pero como veremos en el curso de este articulo, los dos conceptos tienen un común denominador. Para ponernos en el marco adecuado, y sin ánimo de asustar a nadie, debo prevenirles que escribiré de algo llamado Semiología o Semiótica, es decir, la teoría filosófica de los signos y símbolos, que trata especialmente de su función en idiomas naturales o artificiales. La semántica, de la que todos seguramente hemos escuchado, forma parte de la semiología y trata de la relación que existe entre los símbolos o signos y lo que ellos representan, incluyendo teorías respecto al significado, extensión del significado, y la verdad. Comenzaremos a ver una posible relación con la Masonería, que utiliza símbolos en su búsqueda filosófica de la verdad.

Cuando hablamos de símbolo, generalmente pensamos en algo como los jeroglíficos egipcios, o los signos del zodiaco. Una breve reflexión, sin embargo, nos revela que el concepto es mucho más amplio, desde las luces de transito hasta los gestos que uno le hace al otro conductor cuando se le cruza por delante.

Otros ejemplos, tomados al azar en mi mente un poco ofuscada por el sueño al momento de escribir estas líneas, serian los signos matemáticos, químicos, o, en general, todas las abreviaturas empleadas en las ciencias. También podría agregar el llanto como signo de tristeza o alegría; la risa, como signo de alegría o histeria; la interjección como signo de ira, impaciencia o asombro, etc., etc.

El ejemplo más obvio y generalizado de símbolo, sin embargo, es simplemente el idioma, el lenguaje, ya sea hablado o escrito.

Evidentemente la palabra calor no quema, ni la palabra huevo se quiebra en la página de un libro, aunque lo arrojemos al suelo. Cada palabra, entonces, denota otra cosa, y eso es precisamente el símbolo.

Así llegamos al problema de la comunicación. Mientras el símbolo es personal, es decir, si para mí el calor está representado por la palabra “jar”, puedo hilar mis ideas y pensamientos sin problema alguno, hasta el momento en que los quiera comunicar al vecino. En ese momento, si el vecino habla solo español, no entenderá en absoluto lo que quiero decir con “jar”. Si habla inglés, entenderá -erradamente- que me refiero a un frasco, mientras que si habla ruso, entonces sí, me comprenderá perfectamente.

Les contaré una anécdota personal. Cuando estábamos en el ULPAN (Escuela de Estudios Hebreos para Inmigrantes), teníamos por vecinos una familia cubana. Una tarde, cuando debíamos salir por unos momentos a Natanya, Puppy le pidió a la vecina que le mire la guagua. En Chile, eso significa el bebe. Nuestro hijo menor tenía en ese momento unos pocos meses. La vecina salió sorprendida a la calle y comenzó a buscar la guagua, que en Cuba significa el autobús.

El simbolismo, entonces, está basado en la premisa que para poder ser empleado en la comunicación entre personas, tanto quien comunica el símbolo como quien lo recibe tienen que estar de acuerdo sobre su significado.

Si cada palabra tuviera referencia a una sola cosa, y cada cosa estuviera simbolizada por una sola palabra, no habría problema alguno de comunicación. Este sería el idioma ideal, buscado ansiosamente por los filósofos del Renacimiento. Entre paréntesis, quizás no es bien sabido que muchos pensadores cristianos eran de la opinión que el idioma ideal ya existía, y era… el hebreo.

El idioma ideal, o universalmente comprensible , sin embargo, no existe. Lamentablemente, no solo por la “maldición de Babel” – es decir, la proliferación de idiomas, sino porque el “ámbito semántico” representado por una palabra varia no solo entre un idioma y otro, sino dentro del mismo idioma, según las circunstancias, el contexto, y la educación de quien usa la palabra.

Esta es una de las causas de la dificultad intrinca de la traducción entre un idioma y otro, y el problema en la preparación de un programa computarizado de traducción.

Resumiendo este concepto, entonces, creo que todos estaremos de acuerdo en que la comunicación entre personas depende del uso de un sistema de símbolos (sea un idioma natural u otro sistema semántico cualquiera) sobre cuyo significado ambas partes están de acuerdo.

Aha! Dimos una vuelta, y nos encontramos con el mismo problema por la cola, porque Como podemos estar seguros que ambas partes entienden el símbolo de la misma manera?

Si yo digo “azul”, como puedo saber si el color en que estoy pensando es igual al color que en este momento se les figura en la mente a cada uno de ustedes?

No se trata de traducir a “blue” o lo que sea. El problema es que no podemos jamás alcanzar una certeza absoluta que coincidimos en nuestros pensamientos, y tenemos que contentarnos con estar de acuerdo en definiciones descriptivas, que “azul” es el cielo, y “azul” es el mar, y cuando digo azul cada uno que piense lo que quiera, haciendo referencia a sus propios datos mentales.

Mientras los dos interlocutores tengan un marco de referencia más o menos común, el problema es subsanable, o mejor dicho, intangible, pero pensemos en lo que significaría tratar de hacerle entender a un ciego la diferencia entre azul y verde, o bien explicarle a un nativo de la selva de Nueva Guinea las ventajosa tributarias de una sociedad “off-shore”, comparadas con la incorporación en su país de origen.

Más allá del significado de las palabras mismas, hay otros problemas de “denominación” o “identidad”, y al respecto voy a contar otra anécdota. Una vez llego a una cabaña en los bosques del estado de Illinois, un periodista, que pidió hablar con el dueño del campo. “He sabido,” le dijo “que usted tiene en su poder un hacha que fue usada por Abraham Lincoln en su juventud”.

“Es cierto,” le contesto el ranchero. “Mi tatarabuelo le daba trabajo a Lincoln partiendo leña, y así se costeaba sus estudios. Hemos conservado el hacha hasta ahora”.

Lleno de emoción, el periodista pidió ver el hacha de Lincoln, el dueño de casa la trajo inmediatamente. “Extraordinario!”, exclamo el periodista. “Se ve como nueva. Ustedes siguen usando esta hacha?”. “Si, por supuesto,” contesto el otro. “Es una buena hacha, y estamos acostumbrados a usarla. Por supuesto, se va gastando. Ya cambiamos el mango tres veces, y una vez la cabeza.”

Ahora, yo les pregunto, era esa el hacha de Lincoln, si o no? Y si la respuesta es no, que alguien me explique por qué los ríos se siguen llamando de la misma manera, aunque el agua que corre por ellos jamás es la misma, de un momento a otro, y también hay ríos que cambian periódicamente de cauce.

A un turista le mostraron una vez una calavera en una iglesia, y le dijeron que era la calavera de San Francisco. “Pero cómo es posible?” exclamo el hombre. “En Asís tienen otra calavera más grande que esta, y también dicen que es la de San Francisco.” “Ah, es que esta es la calavera de San Francisco de niño” , le respondieron.

La respuesta, aunque absurda, da pie para examinar otro aspecto de nuestro tema.

Sabemos que todo tejido vivo se mantiene mediante la absorción de materia y expulsión de materia – a nivel de las células, estos procesos se llamananabolismo y catabolismo. El material, las moléculas y átomos que constituyen nuestro organismo, entonces, se está renovando constantemente. Nuestro cuerpo no esa compuesto por los mismos átomos que teníamos al nacer. A decir la verdad, según leí alguna vez, el cuerpo se renueva totalmente cada siete años. Si es así, porque seguimos usando el mismo nombre? No es el mismo caso del hacha de Lincoln?

Pasemos ahora a otro punto. Hasta ahora, hemos estado tratando del significado literal de las palabras. “Una rosa es una rosa es una rosa“ decía Gertrude Stein. Pero más allá del significado literal de las palabras, está el significado alegórico, metafórico, simbólico. Solo que ahora el símbolo tiene otro significado, hemos ascendido otra vuelta en la espiral y la palabra no solo denota otra cosa, sino que esa otra cosa denota a su vez una tercera.

Es el caso de la Bandera, que representa la Patria. De la espada que representa la fuerza, o el gallo que representa al dios Mercurio.

Aquí ya entramos de lleno al uso de los símbolos en Masonería. La escuadra – que representa rectitud y equidad o justicia, por un lado, o la materia y el mundo físico por el otro; el compás, que representa el circulo – es decir, la perfección , el espíritu, y también los limites que debemos poner a nuestros deseos. Y así sucesivamente, podría seguir describiendo los cientos de símbolos que ha tomado nuestra Orden de la filosofía antigua y moderna, de las religiones y de los mitos.

Quienes estudian literatura han dado nombres a las distintas formas de uso alegórico de las palabras, figuras retóricas con nombres como metáfora, sinécdoque, metonimia, tropo y otras muchas. Lo que tienen de común es que en la figura, la palabra debe entenderse no en su sentido corriente, sino teniendo otro significado.

Si vemos una tarjeta con un corazón traspasado por una flecha, por ejemplo, no pensamos en un estudio anatómico ni en un accidente de caza, sino en el amor.

En términos masónicos, el Mandil no es un simple delantal, sino que representa la pureza en el trabajo del Masón, su dignidad de trabajador en pro del bien y la virtud, y también su escalafón dentro de la Orden.

Podría multiplicar los ejemplos, pero no es ese el propósito de este articulo, es decir no me interesa en este momento describir o analizar los muchos símbolos masónicos, sino que pensemos juntos sobre la naturaleza del simbolismo, y sus repercusiones sobre nuestro discurso interior, por una parte, y en el dialogo con los demás por la otra.

Una rosa es una rosa es una rosa. Un momento, Gertrude Stein quiso decir que una rosa, no importa que nombre le demos, sigue siendo la misma rosa, pero también es posible que haya querido decir que una rosa significa una cosa y también puede significar otra, y otra más, y a nosotros no contamos sino con una sola palabra para transmitir todos esos significados: rosa.

Existe todavía otra vuelta de la espiral, otro simbolismo aun mas abstruso que los que ya hemos visto hasta ahora. Se trata del simbolismo de lo que podríamos llamar lo inefable.

No estamos hablando ahora de tropos literarios, sino de un simbolismo obligado por las circunstancias, porque simplemente el idioma no es capaz de comunicar directamente nuestro significado.

Volvamos un instante al ejemplo que di antes, de cómo podríamos explicar a un ciego la diferencia entre los colores. Hay otro aspecto de este problema. Como expresar lo inefable, lo que no es posible expresar en palabras.

En muchos casos, ni siquiera nos damos cuenta de que el problema existe, porque el ser humano tiene esa enorme ventaja de ignorar momentáneamente todo lo que no le es preciso para su discurrir actual.

Conocemos el significado de miles de palabras, pero cuando hablamos no se agolpan todas en la lengua tratando de salir, sino que obedecen el orden impuesto por nuestra voluntad consciente. Si hablo de elefante no pienso en el color rosado, salvo que estemos hablando de Dumbo de Walt Disney.

Así, también, cuando hablo de odio, por dar un ejemplo cualquiera, uso una palabra que no solo es un símbolo y una metáfora (“odio ir a la escuela” no significa lo mismo que “odio a los nazis”). A falta de cosa mejor, usamos la palabra para expresar algo – un sentimiento – que por su naturaleza es imposible de poner en palabras.

Otro ejemplo, quizás más claro, es el placer estético. El placer que nos da contemplar un paisaje maravilloso en Noruega, por ejemplo – o Jerusalén, o un cuadro que nos gusta, o el placer de escuchar una obra musical. Como podríamos describirlo en palabras? Ni los mejores escritores del mundo han logrado hacerlo, sino mediante alusiones y alegorías que en el mejor de los casos explican los efectos pero no pueden describir la emoción misma.

Finalmente, y terminaremos con esta vuelta de la espiral nuestro análisis, tenemos la experiencia mística, el éxtasis del místico que llega a la unión con el primer principio, y el conocimiento de la divinidad. Por supuesto, no solo se puede describir en palabras, sino que todo intento de descripción ya falsea de partida lo que pretende describir. Como dice la Biblia, cuando Moisés le pregunta a la voz proveniente de la zarza ardiente cual es su nombre, responde: Soy lo que Soy. Ninguna definición es posible, porque definir, como lo indica la etimología de la palabra, es poner “fines”, limites o confines. Al definir limitamos, decimos esto es A y el resto es no-A. Pero cuando se trata de la experiencia mística, no existe ni tiempo ni espacio, ni cualidades ni diferenciaciones, y por lo tanto perderemos todas las categorías conceptuales que sustentan nuestro idioma.

Volvamos ahora un momento a la comunicación. Ya dejamos establecido que la comunicación depende de un acuerdo, o una capacidad mutua de las dos partes que están en comunicación, para darle el mismo significado a las palabras o signos usados. Es lo que permite la conversación entre interlocutores, o la relación entre escritor y lector.

Existe un problema, sin embargo, relacionado con algo que ya mencionamos, el “ámbito semántico” de las palabras según han establecido los semiólogos, las palabras en uso corriente no tienen un significado singular, único e inequívoco.

Las palabras tienen más bien un área de significado, con bordes borrosos, “fuzzy” dicen en ingleses, como para distinguir entre el corte neto y claro de una tela como satín , y el borde pelusiento o peludo de una tela como el terciopelo.

Los sinónimos, en un idioma, nunca coinciden exactamente en toda su extensión. Es decir, en términos matemáticos, no son congruentes, sino que se superponen en cierta parte de su significado, pero cada uno tiene además otra extensión que le es particular. Pienso, por ejemplo, en la diferencia entre“sabio” y “sensato”, entre “quieto” y “tranquilo”, entre “rojo” y “carmesí”.

Cuando usamos una palabra, entonces, siempre corremos el riesgo que nuestro interlocutor la entienda desde un punto de vista distinto, que le de mayor peso a una parte de su campo semántico distinta de la que nosotros teníamos en mente.

Esta es la razón para la mayoría de los desentendimientos en la vida diaria. Pepa le dice a Julia que la espera “alrededor de las 11”, y Julia entiende que se puede atrasar, mientras que Pepa entiende que la debe esperar 10 minutos antes de la hora.

El buen diplomático, según corre un dicho, dice que no cuando quiere decir quizás, y dice quizás cuando quiere decir no. Muy pocos, en realidad, podemos hablar como Humpty Dumpty, que “cuando usa una palabra significa exactamente lo que quiere decir”.

Las palabras, además de todo lo que ya hemos expresado, raramente coinciden con un patrón objetivo que nos permita juzgar si las entendemos bien o no. Por ejemplo, donde está la línea divisoria entre claro y oscuro, entre ida y noche, entre dulce y desabrido?

La mujer, dicen, tiene la edad que aparenta. En qué punto se pasa de joven a maduro, de maduro a viejo? La fuerza mecánica o magnética la podemos medir en el laboratorio, pero como medir la fuerza del amor?

Finalmente, vale la pena prestar atención al hecho que en la vida diaria, el lenguaje que usamos en nuestra comunicación oral, especialmente, pero también en la escrita, está lleno de simbolismo, perífrasis y “huecos” donde las ideas quedan tácitas, suponiendo que ambos interlocutores pueden pensar en forma sincrónica.

Cuando decimos: “lo podría comer”, el significado puede ser positivo (la abuela hablando de su nieto), negativo (la secretaria hablando del patrón), o neutro – simplemente la respuesta en un restaurante.

“Saque 5 copias” significa “haga 5 copias”. “Mete acelerador” no significa que tenga que meter el acelerador en ninguna parte.

Podría seguir dando ejemplos hasta el fastidio, pero creo que la idea está clara. Hablamos en forma alegórica, pensamos en forma alegórica, y todo nuestro discurso mental es simbólico.

No quiero aburrirles ahondando en este tema. Mi intención, por supuesto, no era dictar una clase de Semiótica, para lo que evidentemente no estoy calificado, sino solamente estimular algunos pensamientos, plantear muchas interrogantes, y posiblemente abrir un debate que – con los aportes de hermanas y cuñadas con sus diversos puntos de vista, amplíen nuestra visión del mundo y -feliz expectativa – nos ayude a conciliar mejor nuestros actos con nuestras palabras.