lunes, 14 de diciembre de 2015

El arte de callar


El arte de callar

Muchas veces basta una mirada.
Una mirada sostenida.
Los ojos sobre los ojos del otro.

Adivinar el significado de los brillos.
Leer el futuro inmediato más allá de la pupila.
Quieres decir muchas cosas,
pero aguántate las ganas.

Aprieta los labios.
Permite que las ideas circulen
pero que se queden adentro.
Alarga el espacio entre las preguntas y las respuestas.
Deja que los músculos se dibujen en el rostro.
Espera una señal de alerta.

Forzar la respiración.
Pensar que el otro piensa.
Analiza.
Espera.

La economía de las palabras:
una virtud que no es exclusiva de las monjas de clausura.
Un juego que practican los que saben hacerse los locos.
Los que entienden que nó todos los interrogantes
merecen una frase.
Que la solución no siempre llega al abrir la boca.

¿Por qué decirlo todo?

¿Por qué no mantener en conserva una dosis
de lo que se piensa?

¿Por qué no convertir en secreto
algunas de las ideas que hacen su aparición sin previo aviso,
al menos con la ilusión de que el tiempo las madure
y las transforme en ideas más duraderas?

¿Por qué no entender, de una vez,
que la boca jamás logrará ser tan rápida como el cerebro?
Y que no todo lo que cruza por la mente
puede convertirse en palabras, ni lo merece?
Que también se puede hablar con el gesto?
Que el silencio a veces grita?

Se guarda silencio en los hospitales,
en las salas de velatorios,
en las sesiones solemnes
y en el consultorio odontológico.
Se guarda silencio por pudor,
por respeto, por dolor…
por el dolor que es incapaz de convertirse en llanto.
Ó cuando el llanto se agota, y agota al que llora..

Habría que aprender a callar
sin otro motivo que la propia voluntad.

Callar para escuchar.
Callar para mirar.
Callar para aprender.
Callar para callar.

Callar, para convertir el silencio en un cómplice.
Para saber si el eco existe.

Callar, porque no todo lo que nos conviene
escuchar nos lo dicen al oído,
con la intimidad de una confesión,
con el volumen de un grito,
con el acento de las grandes revelaciones.

Callar, para comprender que el silencio es el antifaz
de los sonidos más hermosos…

Desconozco el autor