martes, 17 de febrero de 2015

RITO DE DESCALZARSE

Foto de Juan Avila.
.
El rito de descalzarse o desnudar los pies al aproximarse a un lugar sagrado, se deriva de la palabra latina discalceare, quitarse el calzado. Esta costumbre tiene en favor suyo el prestigio de su antigüedad y su universalidad.
Según el párrafo del Éxodo, en que el Ángel del Señor dice al patriarca desde la zarza ardiente: “No te llegues acá: quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que estás tierra santa es” (Éxodo III-5), no sólo se ve que este rito estaba muy extendido, en tiempos de Moisés, sino que también se comprendía bien su significación simbólica. Clarke opina en sus Commentaries que las naciones orientales derivaron de este mandato la costumbre de realizar su culto religioso con los pies descalzos; pero lo más probable es que esta ceremonia se emplease mucho tiempo antes del episodio de la zarza, y que el legislador judío la conociese ya como signo de reverencia.
Tal es lo que opina el Obispo Patrick, quien cree que la costumbre se derivó de los antiguos patriarcas, transmitiéndola la tradición de generación en generación. Existen abundantes pruebas en los autores antiguos de la existencia de esta costumbre entre las naciones gentiles y judía. Vamos a citar unas cuantas, coleccionadas por el Dr. Mede.
Pitágoras ordenaba a sus discípulos que: “Ofrece tu sacrificio y rinde culto con los pies descalzos”. Justino Mártir dice que los sacerdotes ordenaban a quienes asistían a los templos gentiles que se quitasen los zapatos. Drusio dice en las Notas al libro de Joshuá que en las naciones de Oriente era deber piadoso el hollar el pavimento del templo con los pies desnudos. El gran expositor de la ley judía Maimónides, afirma que “no se permitía a los hombres entrar en la montaña de la casa de Dios con los zapatos puestos, ni con su cayado y vestiduras de trabajo o con los pies cubiertos de polvo”.
Rabí Salomón hace la misma observación al, comentar el mandamiento del Levítico XIX, 30: “Mi santuario tendréis en reverencia.” El Doctor Oliver dice que “el acto de ir con los pies descalzos se consideró siempre como señal de humildad y de reverencia; los sacerdotes oficiaban siempre con los pies descalzos en sus templos, aunque a menudo esto perjudicaba a su salud”.
Mede cita la siguiente frase de Zago Zaba, obispo etíope que envió como embajador el rey David de Abisinia a Juan III de Portugal: “No se nos consiente entrar en la iglesia más que con los pies descalzos”. Los mahometanos se dejan las babuchas a las puertas de las mezquitas. Los druidas practicaban la misma costumbre siempre que celebraban sus ritos, y dícese que los antiguos peruanos dejaban su calzado en el pórtico cuando entraban en el magnífico templo consagrado al culto del sol.
Adam Clarke cree que la costumbre de rendir culto a Dios con los pies descalzos estaba tan extendida en todas las naciones de la antigüedad, que puede considerarse como una de las trece pruebas de que la raza humana entera procede de un tronco común. Este rito se puede explicar con la siguiente teoría: Los zapatos, sandalias o babuchas se llevaban para proteger los pies contra la suciedad de la tierra. Continuar llevándolos en un lugar consagrado sería aceptar tácitamente que éste también estaba manchado y podía contaminar. Pero, como el carácter del lugar sagrado excluye la idea de impureza, era preciso manifestarlo descalzándose y limpiándose los pies siempre que se entraba en él.
Actualmente nos descubrimos la cabeza para expresar el sentimiento de estimación y respeto. Pues bien, antiguamente, el casco o yelmo protegía la cabeza contra los ataques de insospechados enemigos; pero no se podía temer a quien se estimaba y respetaba. Por eso el destocarse la cabeza significaba ilimitada confianza en la persona a quien se saludaba así.
El rito de descalzarse, es, por lo tanto, un símbolo de reverencia y significa, según el lenguaje del simbolismo, que el lugar a que uno se aproxima tan humilde y reverentemente está consagrado a un santo propósito. El francmasón inteligente aplicará sin duda este rito al tercer grado, que es el más importante y sublime de los de la Francmasonería. Las solemnes lecciones que enseña la sagrada escena que representa las impresionantes ceremonias que a él conducen, están calculadas de tal modo que inspiran respeto y reverencia. Sólo una vez al año se permitía al gran sacerdote entrar con los pies descalzos después de escrupulosa purificación en el Santo de los Santos del templo, cuando el arca de la alianza se había depositado en un lugar adecuado y el Shekinah se cernía sobre ella. Entonces pronunciaba, con respetuosa veneración, el tetragrámaton, o palabra omnífica.
Antes de entrar en la Logia del Maestro Masón ese Santo de los Santos, donde se inculcan las solemnes verdades de la muerte y de la inmortalidad -debe el aspirante purificar su corazón de toda mancha y recordar, con su verdadero significado, estas palabras que una vez oyera el antiguo patriarca con verdadero pasmo: “Quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que tú estás tierra santa es.”

Foto de Juan Avila.
M