jueves, 12 de marzo de 2015

Relatos de la Mesa Redonda (Rey Arturo)

Relatos de la Mesa Redonda (Rey Arturo)

Relatos de la Mesa Redonda
El rey Arturo, héroe de muchos poemas y relatos que datan de los siglos XII y XIII, es un rey legendario del país de Gales, cuya existencia tiende a admitirse en la actualidad y que habría defendido a su pueblo contra los sajones en el siglo VI. Narra la leyenda que recibió de las hadas una espada mágica, merced a la cual dominó a toda Europa y logró traer de Palestina la cruz de Jesucristo. Instituyó la orden de los Caballeros de la Mesa Redonda, llamados así porque sus miembros deliberaban en torno de una mesa circular. El rey Arturo ha sido considerado como la flor de la caballería céltica, y los relatos escritos sobre él y los caballeros de su corte en la Edad Media se conocen como “relatos del ciclo bretón”.

LA HISTORIA DEL REY ARTURO
Rey Arturo
Rey Arturo

Las torres del castillo del rey Uther brillaban apenas con los primeros rayos del sol naciente cuando Merlín, el viejo mago esperaba con visible impaciencia, junto a la poterna. Poco después, la puerta se abrió, y salieron dos caballeros y dos damas, una de las cuales llevaba un niño envuelto en un paño de brocado de oro.

Ese día, Merlín estaba disfrazado de harapiento mendigo. Tomó el niño de manos de la dama que lo llevaba y se fue con él, apretándolo contra su pecho. Se lo llevó a sir Héctor, un digno caba­llero, quien, con su noble esposa, lo recibió gustosamente, sabiendo muy bien quién era aquella criatura. Luego, sir Héctor llamó a un religioso, que bautizó al niño con el nombre de Arturo.

Y así fue como Arturo se crió con sir Héctor y su noble esposa y llamó hermano al hijo de ambos, kay. Sólo sir Héctor y su esposa sabían que aquel niño era de sangre real; porque Merlín había aconsejado al rey Uther que ocultara a su hijo, para que sus enemigos no le hicieran daño. Y Arturo creció llamando padre y madre a sir Héctor y su esposa, sin saber que era hijo de un rey.

Mientras tanto, las guerras seguían librándose furiosamente en la infortunada Britania, ya que muchos enemigos querían arrebatar su reino a Uther. Cuando, por fin, el rey empezó a padecer una horrenda enfermedad, sus enemigos se envalentonaron más que nunca, para avasallar a su país y matar a su pueblo.

Entonces, Merlín dijo al rey:

—Mi señor, los reyes del norte se unen y marchan sobre Londres, y el pueblo tiembla y huye ante ellos. ¿Sigues siendo rey de este país o ya no lo eres? La litera está ante la puerta. ¡Levántate, y que el pueblo vea que aún tiene rey!

De manera que el rey Uther fue trasladado al campo de batalla en una litera llevada por caballos, y en una tremenda lucha que se efectuó en Saint Albans, su ejército resultó victorioso, y muchos reyes nórdicos murieron. Entonces, Uther quedó satisfecho y volvió a Londres con triunfal alegría.

Pero su enfermedad se acentuaba. Y cuando, por fin, pasó postrado tres días sin hablar, sus afligidos barones llamaron con urgencia a Merlín, el sabio mago, para que les aconsejara. Cuando Merlín entró a la cámara de la muerte, vio que no había tiempo que perder y gritó al rey moribundo:

—Sire… ¿Será rey vuestro hijo Arturo, después de vos?

El rey reaccionó y dijo, en presencia de todos los barones:

—Le doy la bendición de Dios y la mía y le pido que ore por mi alma y reclame mi corona.

Después de lo cual, murió.

Entonces hubo gran agitación y dificultades en el país y grandes reuniones de hombres de armas, porque muchos querían reinar después de Uther. Pero Merlín y el arzobispo de Canterbury consultaron el asunto entre sí y convocaron a una reunión de los señores y caballeros, un día de Navidad, pidiéndoles que purificaran su vida y su corazón antes de acudir a la misma.

Cuando se reunieron en la iglesia más grande de Londres, vieron en el patio un yunque y, atravesándolo, una espada. En la espada se hallaban cinceladas con letras de oro estas palabras:

Rey Arturo

“Quienquiera saque esta espada de este yunque, es legítimamente rey de toda Inglaterra.”

Por lo tanto, cuando se dijo la misa mayor, cada uno de los presentes intentó sacar la espada. Pero nadie pudo hacerlo. Cuando todos hubieron fracasado, el arzobispo insinuó que se anunciara un gran torneo para el día de Año Nuevo: entonces, todos los caballeros del reino podrían tratar de sacar la espada, y quizá Dios revelara quién era el rey legítimo.

El día de Año Nuevo, sir Héctor llegó a caballo a Londres, con su hijo Kay y su hijo adoptivo Arturo, para ver el torneo.

Kay se proponía probar suerte con los otros jóvenes: por eso, al notar que había dejado su espada en los aposentos de su padre, rogó a Arturo, que sólo tenía quince años, que fuera a buscarla. Pero cuando Arturo llegó allí, la casa estaba cerrada con llave: todos se habían marchado a ver el torneo.

Arturo frunció el ceño, preguntándose qué podía hacer por Kay, su hermano.

“Iré al cementerio de la iglesia y sacaré la espada metida en el yunque”, pensó. “Porque es una lástima que mi hermano no tenga una espada.”

Cuando llegó al cementerio, sacó la espada fácilmente y se la trajo con toda inocencia a Kay, sin saber qué había hecho. Pero Kay miró la espada y la reconoció.

—¡Señor! —gritó a su padre—. ¡Tengo la espada del yunque! ¡Ahora seré el rey del país!

Pero sir Héctor le hizo confesar a su hijo, bajo juramento, cómo había obtenido la espada y, llamando a Arturo, se lo preguntó también a él.

—Ahora comprendo que eres tú quien debe ser rey —dijo sir Héctor, cuando lo hubo oído.

—Pero… ¿por qué? —preguntó Artruro, asombrado.

—Señor —respondió sir Héctor, con nyevo y extraño respeto— ¡Dios lo quiere así! Pero volvamos al cementerio y veamos si puedes volver a poner la espada en él yunque y sacarla nuevamente.

Y los tres volvieron al cementerio, y Arturo puso la espada en su sitio. Luego. Kay, a pesar de sus esfuerzos, no logró retirarla. Pero Arturo tornó a sacarla con la mayor facilidad.

Al ver lo hecho por Arturo, sir Héctor se hincó de rodillas y ordenó a su hijo que hiciera lo mismo.

—Mi querido padre, mi querido hermano… ¿por qué habéis de arrodillaros ante mí? —exclamó Arturo, afligido.

—Mi señor Arturo —respondió entonces sir Héctor—. Nunca fui vuestro padre y Kay vuestro hermano. La sangre que fluye por vuestras venas es mucho más noble que la mía.

Guinevere

Luego contó al joven que era hijo del rey Uther. Pero Arturo estaba acongojado, porque amaba a sus padres adoptivos como si fueran los suyos propios.

—No os apenéis —dijo el buen sir Héctor—. Sed, solamente, mi noble y gentil señor, cuando seáis rey.

— Por cierto que eres el hombre a quien más debo en el mundo y lo mismo a mi buena señora y madre, tu esposa! —grito Arturo—. Si es la voluntad de Dios que yo sea rey algún día, pídeme lo que quieras y no permita Dios que yo deje de hacerlo.

—Lo único que habré de pedir, es que se nombre a Kay senescal de tu reino —dijo sir Héctor.

Y así fue como coronaron rey a Arturo, cuando hubo probado a todos que podía sacar la’ espada del yunque. Muchos se alegraron y le fueron leales; pe­ro otros muchos se irritaron, clamando que Arturo no era hijo de Uther. Y algunos contaron que el niño había sido arrojado sobre una ola de oro a la playa, por la magia de Merlín, y que sólo era un hijo de las hadas.

Y ocurrió que, cuando el rey Arturo anunció una gran fiesta en Pentecostés, muchos reyes y nobles caballeros se reunieron como para honrarlo. Pero cuando les envió corteses saludos y regalos, le devolvieron sus palabras y sus presentes con desdén, diciendo que no acep­tarían dones de un niño imberbe, de hu­milde cuna. Preferían darle “dones de duras espadas, entre el cuello y los hombros”.

El rey fue a hablar con los indómitos, con doble malla bajo la capa; y lo acom­pañaron el arzobispo, sir Kay y otros leales amigos. Como la antigua crónica dice: “cuando se reunieron, no hubo mansedumbre, sino palabras fuertes por ambas partes; pero el rey Arturo respondía siempre a ellas y dijo que él les haría inclinarse, si vivía”.

En esa forma, tanto Arturo como sus ingobernables barones se prepararon para la guerra. Y hubo un período, largo e infortunado, en que los caballeros que debían haber combatido hombro con hombro, se quebraban mutuamente los escudos. Pero, por fin, después de prodigiosas batallas, el rey Arturo venció.

Junto al rey se hallaba siempre Merlín, viejo y sabio, para guiarlo y aconsejarlo. Merlín advirtió a Arturo que no debía casarse con la hermosa princesa Guinevere, ya que el mejor caballero y más caro amigo del rey, sir Lancelot, estaba enamorado de ella. Pero el imprudente monarca hizo caso omiso de la advertencia. Merlín le avisó, también, que aparecería un hombre, nacido en determinado día de mayo, que le traería una catástrofe, tanto al rey como a toda la corte. Y Arturo escuchó esta advertencia y ordenó que todos los niños nacidos en ese día de mayo fuesen enviados a su corte. Pero el barco naufragó durante la travesía, y todos se ahogaron. . ., salvo uno, que las olas arrojaron a la playa y al que encontró un buen hombre, que lo educó como si fuera su propio hijo. Ese niño era Modred, de quien habrá mucho que decir más adelante.

Pero, a pesar de la guerra que ardía en sus estados y de sus problemas privados, el joven rey estaba forjando un noble reino. Congregó a su alrededor a los mejores caballeros de la cristiandad, audaces por sus hechos y de corazón recto. Cuando pasaron las guerras, sus caballeros partieron en busca de valerosas hazañas o de misiones caballerescas o piadosas, para ayudar a los caballeros o a las bellas damas en apuros. “El rey dio una situación acomodada a todos sus caballeros; y a los que no poseían tie­rras, se las dio y les dijo que nunca co­metieran agravios ni crímenes y que re­huyeran siempre la traición”, dice To­más Mallory. “Además, los exhortó a no ser crueles, sino a dar misericordia al que la pidiera y a proporcionar siempre ayuda a las damas, doncellas y mujeres nobles en general, que estuvieran en apuros. Estableció, igualmente, que ningún hombre debía combatir por querellas irrazonables, por nada del mundo. Todo esto lo juraron los caballeros de la Mesa Redonda, tanto los jóvenes como los viejos. Y cada año repetían el juramento, en la gran fiesta de Pentecostés.”

Y hasta la época de la caída final de su reino, la historia habla más de esos caballeros de la Mesa Redonda que de su rey. Pero fue la gloria de su noble corte y su alta reputación en materia caballeresca lo que llevó a los héroes a Camelot, que el gran rey hizo su capital. En todo el mundo, no hubo honor tan codiciado por un valiente y caballeresco joven, como el de formar parte de la piadosa hermandad que compartía con el rey Arturo la gran Mesa Redonda, reservada a los caballeros más selectos y devotos.

Pero siempre había en la Mesa Redonda dos lugares vacíos: a uno de ellos lo llamaban el Asiento Peligroso, porque ningún hombre podía sentarse en él, salvo que fuera totalmente puro y bueno. En cierta ocasión, un hombre indigno se arriesgó a sentarse allí, y la tierra se abrió y se lo tragó vivo.

LA MUERTE DEL REY ARTURO
Excalibur
Excalibur

Merlín, el sabio mago, había muerto desde hacía mucho tiempo, pero el rey Arturo no había olvidado sus dos advertencias: aquella a la cual no había prestado atención, la de que no tomara por esposa a Guinevere, ya que sir Lancelot la amaba; y la del peligro que el rey creía, arrogantemente, haber evitado: la de que un hombre nacido un primero de mayo llevaría la ruina al reino. Pero cuando los días de gloria de la Mesa Redonda eran ya recuerdos lejanos, y la vida del rey se consumía lentamente, ambas advertencias surgieron para aco­sarlo.

Porque cuando los vientos destrozaron el barco que llevaba a la corte a todas las criaturas nacidas el primero de mayo, una fue perdonada por las aguas. Y desde hacía tiempo, había llegado ya a la edad viril. Era medio hermano de los tres nobles caballeros sir Gawain, sir Gaheris y sir Gareth, y sobrino del rey. Pero, a pesar de su noble estirpe, sir Modred era un traidor.

Y fue mediante la otra advertencia de Merlín, de la cual el rey no había hecho caso, como urdió su traición. Porque sir Modred codiciaba la corona de su tío y pensaba en lo mucho que luciría sobre su propia cabeza. Entonces, tomó en cuenta la amistad existente entre sir Lancelot y el rey, y comprendió que, mientras se conservara intacta, tenía pocas probabilidades de que triunfara cualquier plan para llegar a ocupar el trono. Por fin, se enteró de las habladurías de la corte concernientes a Lancelot y la reina y pensó en provocar una riña entre el rey y su más noble caballero, levan­tando en el corazón de Arturo una tor­menta de celos.

Astutamente, sir Modred planteó su plan ante sus hermanos. Pero tanto sir Gawain como sir Gáheris y sir Gareth rechazaron sus torpes propósitos. Sólo Agravaine consintió, cobardemente, en colaborar con el traidor.

Una noche, cuando la reina había pedido a sir Lancelot que acudiera a su presencia para consultarle, sir Bors suplicó a su amigo que no fuese. Se murmuraba entre los caballeros, le dijo, que alguien maquinaba un atentado contra la vida de sir Lancelot. Pero éste le contestó que no podía desobedecer a su reina, aunque se llevó la espada bajo la capa, como medida de precaución.

Acababa de llegar a los aposentos de la reina cuando Agravaine se lanzó sobre él, con otros doce caballeros. Después de una terrible lucha, sir Lancelot los mató a todos.

La enconada querella se acentuó, y algunos caballeros de la corte tomaron partido por Modred y otros por Lancelot.

En cuanto al rey, a pesar de toda su sabiduría y de sus regias virtudes, era apasionado y celoso. Cuando Modred se le acercó para exponerle sus malignas sospechas, habría podido rechazarlas, al ver de quién provenían; o pudo llamar a su amigo Lancelot, pidiéndole que le dijera la verdad; o recordar la flaqueza de todos los seres humanos y perdonar. Pero optó por escuchar las malvadas palabras de Modred y dejó que su corazón se llenara de ira contra Lancelot y la reina.

Por fin, le pareció vergonzoso dejar vivir a una reina tan culpable. Llamó entonces a sir Gawain y, terrible en su ira, le ordenó que la hiciera comparecer a juicio, para hacerla condenar, por traición, a morir en la hoguera. Pero Gawain no quiso obedecer la dura orden, ni aun pidiéndoselo el rey.

—¡De ningún modo, mi muy noble señor! —dijo—. ¡Yo no haré eso! Nunca estaré en el sitio donde una reina tan noble como mi señora Guinevere deba sufrir tan humillante muerte.

Entonces, el severo monarca llamó a los hermanos de Gawain, sir Gaheris y sir Gareth. También a ellos las palabras de Arturo les parecieron harto severas y crueles; pero consideraron menos ver­gonzoso hacer aquello que desobedecer a su rey. Sin embargo, cuando fueron a cumplir su triste recado, no quisieron ponerse la armadura, resueltos a no intervenir en lucha alguna que pudiera sobrevenir.

Y así fue cómo la majestuosa reina Guinevere fue conducida, entre los lamentos del pueblo, a sufrir la muerte en la hoguera. Pero en el propio instante en que se erguía, pálida y aterrorizada, entre las primeras humaredas del fuego, apareció impetuosamente sir Lancelot, que se abrió paso repartiendo mandobles a diestro y siniestro entre la guardia, y se llevó a la reina consigo, a su sólido castillo de Joyous Gard.

¡Fue una desgracia que sir Gaheris y sir Gareth creyeran vergonzoso, en aquel triste sitio, usar armadura! ¡Y otra desgracia, mayor aún, que sir Lancelot descargara sus mandobles tan a ciegas! Porque con dos golpes de su espada, sin saberlo, había matado a dos de sus más queridos amigos.

Y con ese hecho, convirtió a otro de ellos, el valiente sir Gawain, en su enemigo mortal. Gawain lloró amargamente la muerte de sus hermanos y culpó con encono a sir Lancelot, que los había muerto desarmados, aunque sólo por una infausta fatalidad. Y en su ciego rencor Gawain incitó al rey a sitiar el castillo de Joyous Gard.

Pero el castillo era una sólida fortaleza, de modo que se prolongó el asedio y, por tanto, la matanza de guerreros de uno y otro bando, todos subditos del rey Arturo. La sangre fluía por el cuerpo de los caballos de guerra, y las heridas y la muerte ensombrecían los días. El dolor hostigaba también el corazón de aquellos caballeros, antaño hermanos de la Mesa Redonda, que volvían ahora la espada los unos contra los otros. Sir Lancelot estaba más dolorido que nadie por ello, y se abstenía de usar todo su poder contra su rey.

Finalmente, el papa, en la lejana Roma, se sintió movido a piedad y a ira por toda aquella estúpida matanza. Y ordenó a Arturo que volviera a recibir a Guinevere e hiciera las paces con Lancelot. De lo contrario, decretaría un interdicto sobre toda Inglaterra; y no se podrían decir misas ni ofrecer sacramentos ni dar cristiana sepultura. ¿Qué podía hacer el rey, sino obedecer?

Cuando el buen obispo de Rochester fue a ver a sir Lancelot con el documento ya firmado por el rey, sir Lancelot profirió una exclamación de alegría.

—¡Doy gracias a Dios porque el papa haya podido hacer la paz para la reina! —dijo—. ¡Dios sabe que me alegrará mil veces más devolverla al lado del rey de lo que me alegró antaño arrebatársela para salvar su vida de la injusta cólera del monarca!

La reina y sir Lancelot se vistieron con paño blanco y oro y llevaron consigo a un centenar de caballeros ataviados de terciopelo verde. Cada uno de éstos llevaba en la mano el símbolo de la paz, una rama de olivo, y las veinte damas de honor de la reina portaban también sendas ramas de olivo, al cabalgar junto a ella. De este modo, toda la cabal­gata pasó de Joyous Gard a la corte del rey.

Cuando llegaron al salón del rey, desmontaron, y sir Lancelot y la reina en­traron allí y se hincaron ante el rey y ante sir Gawain y todos los presentes. Allí, pidieron perdón por cualquier mal que hubiesen podido cometer. Y la historia dice que “había muchos valientes caballeros con el rey Arturo, que lloraron tiernamente”.

Entonces, sir Lancelot se puso de pie para alegar en favor de su causa. Ofreció combatir contra cualquier caballero que se atreviera a poner en duda la honestidad de la reina. Iría descalzo y en camisa, dijo, desde Camelot a Sandwich; y cada diez leguas levantaría una casa de religiosos y pagaría por el mantenimiento de todas ellas; y allí se rezaría y cantaría día y noche por las almas de sir Gareth y sir Gaheris.

Cuando oyeron este alegato y su penitencia, “todos los caballeros y damas que estaban allí lloraron como si estuviesen locos, y las lágrimas resbalaron por las mejillas del rey Arturo”.

Sólo sir Gawain, recordando cómo se había matado a sus hermanos sin arma­dura, no se dejó conmover. Y puesto que gozaba aún de la confianza del rey, no hubo paz entre Arturo y Lancelot.

Por lo tanto, apenado, sir Lancelot cruzó el mar, para ir a sus posesiones de Bretaña. El rey y Gawain lo siguieron allí, con todos sus hombres, y empezó de nuevo una terrible guerra entre el rey y sir Lancelot, en la que muchos miles de hombres murieron.

Mientras tanto, sir Modred esperaba su oportunidad, observando cómo se acrecentaba el desastre que había provocado. Cuando el rey partió hacia Francia, pensó que ésa era la ocasión propicia. Y divulgó la falsa noticia de que el monarca había muerto en las guerras contra sir Lancelot. Entonces, se apo­deró del trono y exigió que la reina Guinevere se casara con él.

Sólo había un hombre en el mundo entero con quien habría querido casarse la reina Guinevere si muriera el rey. Pero en su terror a sir Modred, le pareció que lo mejor era hacer creer que asentía, pidiendo solamente que la dejaran ir a Londres a comprar cosas para la boda. Ya en Londres, se encerró en la Torre y allí se mantuvo firmemente contra sir Modred, aunque éste asedió la fortaleza con sus máquinas de guerra.

Camelot

Mientras tanto, la noticia de la traición de sir Modred había llegado a oídos del rey. Abandonando la guerra que libraba tan de mala gana contra sir Lancelot, partió para afrontar aquel peligro, más grave. Ambos ejércitos chocaron, y el de sir Modred fue puesto en fuga.

Pero cuando concluyó la batalla, sir Gawain se moría. Era un caballero harto valiente para temer a la muerte; pero sintió ahora gran dolor por haberse portado tan injustamente con sir Lancelot, antaño su amigo tan querido, y porque su terquedad había causado al reino toda aquella desolación y muerte.

—Tío rey —dijo—. Ha llegado el día de mi muerte y ella se debe a mi propia precipitación y terquedad. Si sir Lanza-rote hubiese estado a tu lado aconsejándote, como antes, esta desdichada guerra no habría empezado. ¡Y yo soy la causa de todo ello!

Entonces, escribió a Lancelot una afectuosa carta de confesión y despedida. Y después de recibir los santos sacramentos, murió.

El rey Arturo, ocultando su pena, fue a presentar batalla al traidor sir Modred. Hubo un gran encuentro en Salisbury Down, en el cual lucharon cien mil hombres de cada lado.

Finalmente, se convino en que el rey Arturo y sir Modred se encontrarían entre los dos ejércitos, cada cual con catorce caballeros a su lado, para parlamentar. Pero cada uno de ellos advirtió a los suyos que, si veían levantarse una espada, debían lanzarse sin vacilar a la refriega.

Parlamentaron bastante razonablemente. Sir Modred consintió en conformarse, en vida de Arturo, con los condados de Kent y de Cornwall, con tal de sucederlo en el trono a su muerte. Pero cuando se vislumbraba el fin de la traición y del derramamiento de sangre, se deslizó una víbora y picó en el pie a uno de los ca­balleros que parlamentaban. Sin detenerse a pensarlo, éste alzó la espada para matarla.

La espada levantada fue interpretada por ambos bandos como señal de com­bate, y “nunca se vio una batalla más triste en los campos de la cristiandad”.

Cuando anocheció, apenas si quedaban hombres de aquella poderosa multitud. Sir Modred vivía aún, pero ya no le quedaba un solo partidario vivo. Y Arturo no había caído, pero de todos sus caballeros sólo restaban dos, los hermanos sir Lucan y sir Bedivere. Mientras los tres conversaban tristemente, los ojos del rey se posaron sobre sir Modred, apoyado sobre su espada entre una legión de muertos.

—¡Dadme mi lanza! —gritó Arturo.

—¡Señor, déjalo! —le suplicó sir Lucan—. Por amor de Dios, abandonemos todo esto. Si lo dejas ahora, esta aciaga hora de tu destino habrá pasado.

Pero el corazón del rey estaba enar­decido contra el traidor. Se lanzó feroz­mente sobre sir Modred y lo mató de un lanzazo. Mas, al caer, sir Modred asestó al rey un golpe mortal.

Sir Lucan, que se tambaleaba a causa de sus propias heridas, se inclinó sobre el rey caído, para levantarlo. Pero el esfuerzo fue excesivo y se desplomó muerto sobre él. Entonces Arturo, sabiendo que ya se acercaba su fin, llamó a su lado al único caballero que quedaba con vida.

—Sir Bedivere —murmuró—. ¿Ves mi espada Excalibur? Me la dio la Dama del Lago y lo escrito sobre su empuñadura da a entender que algún día habrá que tirarla. Mis días han terminado. Toma la espada y arrójala al mar.

Sir Bedivere la tomó y la llevó a la orilla. Pero al mirar la refulgente y enjoyada empuñadura, pensó que era una lástima que los hombres perdieran una espada tan bella. De modo que la ocultó y, al volver al lado de Arturo, le dijo una mentira; mas el rey adivinó la verdad y le encargó que volviera e hiciera lo ordenado.

Sir Bedivere volvió, pues, a la playa, proponiéndose tirar la espada. Pero cuando la tomó, la enjoyada empuñadura centelleaba a la luz de la luna, y volvió a ocultarla entre las cañas. Y, por segunda vez, el rey adivinó la verdad y se lo reprochó amargamente.

Entonces, sir Bedivere fue de nuevo hacia el agua. Esta vez no se atrevió a mirar la empuñadura y, con los ojos cerrados, la asió y la arrojó con violencia hacia el mar. Luego, abrió los ojos y vio que una mano surgía de las profundidades y atrapaba a Excalibur, la agitaba tres veces y desaparecía con ella debajo del agua. Entonces, volvió y contó al moribundo rey lo que había visto.

Al oírlo, Arturo comprendió que su hora había llegado. A ruego suyo, sir Bedivere lo incorporó penosamente y lo llevó hasta el borde del agua. Allí aguardaba una barca cubierta de paños negros, en la que estaban sentadas, plañideras, tres majestuosas reinas.

El rey fue depositado suavemente en la barcaza, y ésta se alejó, llevándolo a través del mar. Algunos dicen que su cadáver fue hallado en la celda de un ermitaño y yace sepultado en Glastonbury. Otros afirman que no murió en realidad, sino que vive aún en la mística isla de Avalón, esperando la hora de su regreso.

En cuanto a la reina Guinevere, cuando se enteró de que el rey había muerto, entró a un convento y allí vivió, llena de pena por todo el dolor ocurrido por cau­sa suya, orando y ayunando hasta su muerte.

Sir Lancelot, por su parte, al volver a Inglaterra, entró, con otros siete caballeros, en un monasterio. Pero al enterarse de que la reina estaba en Almsbury, él y sus siete camaradas fueron humildemente a pie, para poder ver el rostro de la reina, antes de que muriera. Pero cuando llegaron al convento, la reina había muerto ya.

Desde entonces, sir Lancelot se agotó rezando y ayunando y haciendo penitencia, y fue inútil que sir Bors tratara de hacerle comer lo suficiente para man­tener la vida en el cuerpo.

Y ocurrió que, cierto día, los frailes llegaron hasta el lecho de sir Lancelot y lo encontraron muerto; y allí tendido, parecía sonreír.