miércoles, 8 de abril de 2015

EL TRABAJO DEL MASON.


EL TRABAJO DEL MASON.

La Masonería proviene de una iniciación de oficio derivada de las corporaciones de constructores medievales, las que le han transmitido su estructura, grados iniciáticos y su simbólica relacionada con el Arte de Construir. En toda Civilización tradicional cualquier actividad humana es considerada como derivada de los principios vigentes. Este vínculo provoca una “transformación” en la actividad humana que pasa a integrarse en la tradición, constituyendo así, para aquel que la realiza, un medio de participación efectiva en ella, lo que significa que reviste un carácter estrictamente “sagrado” y “ritual” .

La Masonería trabaja, simbólica y ritualmente en la edificación del templo universal a la Gloria del Gran Arquitecto, principio espiritual que dirige sus trabajos y cuya “influencia” es transmitida en la iniciación al neófito.

Esta construcción es simultáneamente interior y exterior; interior en cuanto el masón es él mismo un templo en el que se manifiesta el espíritu, exterior en cuanto que es una piedra del templo que levanta junto a sus hermanos de todos los tiempos “extendidos sobre toda la superficie de la tierra”.

Participar de esta Obra, ser obrero activo en esta construcción requiere un aprendizaje del oficio, lo que incluye el manejo de las herramientas y el conocimiento de las reglas correspondientes que rigen la edificación; este aprendizaje constituye la base del trabajo interior y supone una verdadera ascesis tendente a la obtención del Conocimiento.

El trabajdo del Aprendiz consiste en:

“…desbastar la Piedra Bruta, a fin de despojarla de sus asperezas y acercarla a una forma en consonancia con su destino…”

Esa Piedra Bruta es el símbolo del Aprendiz, la piedra que habiendo sido extraída de la cantera del mundo profano es trasladada al Atrio del Templo, lugar donde trabajan los aprendices.

Desbastar la Piedra quiere decir despojarse de los prejuicios, creencias, opiniones y valores que han sido aprendidos y asumidos como propios a través de la educación, costumbres y ambiente profanos, mundo al que en su proceso iniciático el Aprendiz debe morir para renacer como Hombre Nuevo.

Para acometer semejante tarea, el Oficio proporciona al iniciado tres herramientas esenciales; el Mazo, el Cincel y la Regla de 24 pulgadas.

El Mazo simboliza la fuerza de la voluntad, es el impulso de querer despojar a la Piedra de sus imperfecciones, lo que implica que el Aprendiz debe reconocer y abandonar los múltiples egos que dan forma a su individualidad, tan irreales e impermanentes los unos como la otra.

Manejar el Mazo requiere destreza, hay que aprender a graduar la fuerza y la intensidad del golpe. Golpear con excesivo ardor puede hacer que la Piedra se rompa haciéndola inadecuada para su colocación en el Templo, por el contrario golpear sin la suficiente fuerza puede hacer imposible su desbastado. De la misma manera, golpear con mucha rapidez puede llegar a fatigar al Aprendiz y hacerle errar la precisión necesaria del golpe, realizarlo con lentitud puede hacerlo indolente y no digno de pertenecer al oficio.

La segunda herramienta, complementaria del Mazo, es el Cincel, símbolo de la inteligencia y el discernimiento; dirige con precisión la fuerza del Mazo; relacionado con el rayo es la Luz que golpe a golpe va penetrando en el corazón, disipando las tinieblas de la ignorancia y ordenando el caos interior.

Para que el Cincel sea plenamente efectivo es necesario que se mantenga perfectamente afilado mediante la meditación y el estudio de los códigos simbólicos correspondientes.

El trabajo masónico requiere paciencia y perseverancia, es un Arte que se practica las 24 horas del día, no en vano se afirma que el masón lleva consigo su propia logia.

La Regla de 24 pulgadas, tercera de las herramientas, es el símbolo de la Ley y la rectitud, es la norma que permite al aprendiz realizar su trabajo “rectamente”…!