domingo, 9 de diciembre de 2012

EL MAESTRE HIRAM Y BALKIS LA VIUDA

De: KADYR



Soplando del Oriente, unos vientos violentos llevaron a Jerusalén la nauseabunda humareda del holocausto Incienso y carnes abrasadas compusieron un hedor abominable Un repentino fresco había caído sobre Jerusalén y muchos sacerdotes, obligados a caminar con los pies desnudos sobre las losas blancas y negras del templo, enfermaron Resfriados y disenterías les apartaron del culto, cuya organización comenzó a ser deficiente Salomón permanecía encerrado en su palacio Desde hacía más de una semana, no concedía audiencias Cuando la reina de Saba le anunció su irrevocable negativa a casarse con él, se había encerrado en el silencio, negándose incluso a recibir a Sadoq y Ehhap Los últimos aposentos de los sacerdotes estaban ya terminados Hiram había dado la orden de quitar los andamios y revocar las fachadas. El área sagrada de Jerusalén, sobre la roca domesticada por el arquitecto, brillaba ahora con un concluso esplendor ¿Cómo podía alegrar a Salomón si estaba sufriendo el primer fracaso de su existencia, la más dolorosa de sus derrotas?
De Eziongeber a orillas del Jordán, Hiram iba de obra en obra Concluidos los trabajos de Jerusalén, atribuía nuevas funciones a los gremios que dependían de su autoridad Había sustituido la anarquía por la organización de su cofradía. A la cabeza de cada profesión artesanal había colocado un responsable que daba cuentas de sus actividades ante el consejo de los maestros. En unos pocos años, Israel sería el nuevo Egipto Carpinteros y talladores de piedras reconstruirían las aldeas, erigirían nuevos templos, harían espléndidas ciudades Anup acompañaba al maestro de obras por todas partes, mientras Caleb se ocupaba cuidadosamente de la gruta donde Hiram seguía residiendo, rechazando cualquier otra vivienda Allí se permitía unas horas de descanso entre dos viajes El cojo había abierto un camino hasta el manantial vecino, oculto en una espesura en la que se mezclaban matorrales, jazmines y jóvenes palmeras El propio Salomón, al inicio de su reinado, había encontrado aquella fuente gracias al bastón de zahori heredado de su padre El arquitecto se lavaba allí cada mañana No esperaba encontrar a la reina de Saba, desnuda, rociándose graciosamente con un agua que brillaba al sol -No huyáis, maestre Hiram ¿Os asusta acaso la visión de una mujer?


¿Las mujeres desnudas no tocan en Egipto música durante los banquetes?
El arquitecto volvió sobre sus pasos y se apoyó en el tronco de una palmera
-Éste no es vuestro lugar
-¿No puede conversar una reina con el hombre más poderoso de este país
-¿Quién se atreve ?
-El pueblo, maestre Hiram Su voz es una enseñanza
-Sólo conozco la de mis obreros Gobernar no es mi oficio
-¿Estáis celoso de Salomón?
-No os caséis con él, Majestad
La reina salió del agua, se secó con un lienzo blanco y se cubrió, sin prisas, con una túnica ligera
Hiram no había dejado de mirarla Ni un sólo instante intento Balkis ocultarse


-No me casaré con Salomón -reveló- Pero eso no me impide amarle
-Vos no le amáis Os intriga Os fascina como el león de las montañas
Os asfixiará
-Somos de la misma naturaleza Nada tengo que temer del rey de Israel
-Debo marcharme, Majestad
-¿Por qué huir de nuevo? ¿Por qué refugiaros en un trabajo que no satisface ya vuestras aspiraciones?
Balkis tomó agua con su mano derecha
-¿La oís correr entre mis dedos? ¿Pensáis en vuestro destino, que esta agotándose en este país y se reavivaría en Saba?*
-Demasiadas preguntas, Majestad
Balkis le vio alejarse Se le escapaba por segunda vez
Cuando el azul del cielo se oscureció y se cubrió de estrellas, Nagsara acudió al pie de la roca Con la cabeza cubierta por un velo, con los pies desnudos, se parecía a las criadas encargadas del transporte del agua
La angustia se había apoderado de ella ¿Respondería maestre Hiram a su invitación? ¿Le habría dado el cojo su mensaje? Sobre su cabeza, el área sagrada la aplastaba con su imponente masa ¡Cómo había cambiado la capital de Israel! La ciudad de David se había convertido en el dominio de Salomón Nadie pensaba ya en discutir el prestigio del rey, que igualaba el del faraón Dios había dado a su pueblo un guía excepcional, cuyo recuerdo sería más glorioso aún que el de Moisés Nagsara habría podido ser feliz si le hubiera concedido un poco de amor, como una fiera regresando al cubil tras largas jornadas de caza Ella habría aceptado siempre, de buena gana, ser sólo una presa, vivir sólo por el fulgor, demasiado escaso, de una fugitiva mirada Al olvidarla, Salomón estaba aniquilándola Aquella maldita Balkis había desplegado los artificios de una magia que la hija del faraón no lograba contrarrestar Descubrió a Hiram que subía por un abrupto sendero También el había ocultado su rostro, pero a duras penas lograba disimular su imponente aspecto y su porte de jefe Era, con Salomón, el único hombre que había impresionado a Nagsara hasta hacerla vacilar. No poseía la solar belleza del rey, pero su severidad y su poder le hacían igualmente hechizador.


-Aquí estoy, reina de Israel
-Os necesito, maestre Hiram
El arquitecto percibió la emoción de la reina
Su voz temblaba. Cuando un rayo de luna iluminó sus rasgos, comprobó que se había adelgazado mucho.
-Ayudadme a salvar a Salomón Debemos arrancarle a los maleficios de la sabea Sois egipcio, estoy segura. Pertenecemos a la misma raza El Nilo es nuestro padre y nuestra madre En esta tierra extranjera donde el destino me condena a vivir, sois mi único apoyo Por eso llevo vuestro nombre grabado en el pecho Con irreflexivo impulso, Nagsara se acurrucó contra el pecho del maestro de obras.
-Abrazadme .. Tengo frío y estoy cansada, tan cansada Sólo quisiera ser amada ¿Por qué no lo comprende Salomón
-El rey no se casará con Balkis -reveló Hiram
La joven egipcia comenzaba ya a calentarse. ¡Qué bien se sentía tan protegida! ¿Cómo hubiera deseado que aquel torso, aquellos brazos, aquel rostro fueran los del hombre al que adoraba'


-Es preciso echar a esa mujer -se obstinó-. Nos trae la desolación.
El oráculo de la llama me ha puesto en guardia. Sed el instrumento de mi venganza
-¿Qué exigís de mí?
-Que convenzáis a Salomón para que la devuelva a Saba
-¿No es una niñería?
-Sois el dueño secreto del país. Si vuestros obreros comienzan una huelga, el rey se verá obligado a obedeceros..
-Mis obreros solo dejan el trabajo cuando ya no están en condiciones de hacerlo correctamente La huelga es como una guerra No debe servir para chantaje alguno
-¡Matad entonces a Balkis!
Nagsara se deshizo del abrazo de Hiram En su grito había brotado el odio acumulado durante noches de insomnio
-Mis manos están destinadas a construir, no a dar muerte Lo que pedís es una locura
-Vos también me detestáis
Nagsara se derrumbo en la roca ¿Que ayuda podía prestarle Hiram en la oscuridad en la que se sumía?
Por orden de Salomón, tras un intercambio de correspondencia diplomática, Ehhap había aprovechado el invierno para ponerse en camino hacia Egipto y resolver el problema planteado por la estancia del traidor Jeroboam en la corte del faraón Si la alianza entre Israel y Egipto no podía ser cuestionada, a causa de la presencia de Nagsara en Jerusalén, la costumbre habría exigido que un enemigo de Salomón fuera extraditado por Siamon y viceversa Ehhap descubrió que la paz instaurada por el hijo de David no era un engaño Viajando con una escolta muy reducida, atravesó ciudades y aldeas felices, en las que los artesanos de la cofradía de Hiram restauraban antiguas mansiones y construían otras nuevas El secretario de Salomón descubrió, hasta llegar a la frontera, un país tranquilo y próspero Se encargó de él un destacamento del ejército egipcio que le condujo hasta la fastuosa ciudad de Tanis, atravesada por canales rodeados de jardines y parques donde se ocultaban las villas de los nobles


A Ehhap le impresionó el silencio que reinaba en las calles Los egipcios tenían fama de ser gente alegre y risueña En los mercados se discutía mucho Por las arterias de la ciudad circulaban, por lo general, numerosos carros Pero Tanis parecía inerte, como abandonada por sus habitantes Los corredores de palacio estaban desiertos Ni un solo grupo de cortesanos conversando Un intendente introdujo a Ehhap en el vasto despacho del visir, cuyas ventanas de claraboya daban a un estanque de nenúfares El Primer Ministro de Egipto era un hombre alto y autoritario Un pequeño bigote negro no atenuaba el rigor de su rostro
-Perdonad el mediocre recibimiento, pero las circunstancias son muy sombrías El faraón está gravemente enfermo
-¿Teméis un fatal desenlace?
Los mejores médicos están a la cabecera de Siamon No pierden la esperanza
-Sin duda, mi visita os parece inoportuna
-En absoluto Pero comprenderéis que muchos asuntos, por urgentes que sean, deban esperar Sin embargo, nada nos impide abordarlos -El caso de Jeroboam, por ejemplo
-Actualmente reside en una ciudad del Delta Nuestros dos países son aliados Los ciudadanos hebreos que respeten nuestras leyes pueden circular libremente por Egipto
El secretario de Salomón advirtió que la suerte le sonreía La sucesión de Siamon se anunciaba difícil Muchos susurraban el nombre de un libio que, si subía al trono, sólo pensaría en romper la paz y favorecer a los adversarios de Salomón Jeroboam, el exiliado, tal vez fuera uno de los grandes de la futura corte de Egipto Ehhap debía tocar varios registros Su éxito le parecía seguro, siempre que eliminara a un adversario peligroso que nunca lograría integrar en su estrategia -Por mi boca, el rey de Israel y su pueblo desean un rápido restablecimiento de nuestro hermano el faraón Por lo que a Jeroboam se refiere, sabremos mostrarnos pacientes y aguardar la decisión de Siamon
Aquella actitud alegró al visir El alma de Siamon pronto llegaría al umbral del más allá Ningún médico le salvaría En la sombra, el libio se preparaba Sus partidarios eran numerosos y decididos Jeroboam, que sentía odio por Salomón, había hablado ya con él Al no verse obligado a expulsarlo, el visir ganaba el tiempo necesario para estudiar mejor la nueva situación que se instauraría en los próximos meses -La prudencia de Salomón es digna de elogio -reconoció- Egipto sabrá agradecerle su tolerancia -Nos entristece una preocupación mayor -reveló Ehhap


-¿Cuál?
-La excesiva influencia del maestro de obras que ha construido el templo, Hiram de Tiro Los miembros de su cofradía están, en Israel, por todas partes Sólo le obedecen a él Salomón se siente untado, pero ¿cómo actuar contra el constructor del templo de Yahvé? Me gustaría conocer la posición de vuestro gobierno con respecto a maestre Hiram El visir, que debía de ser los ojos y los oídos de Faraón, sabía que Hiram no era sino el arquitecto Horemheb, salido de la Casa de la Vida Hacía mucho tiempo que se estaba preguntando por qué permanecía en
Israel, tras haber concluido los trabajos en la roca de Jerusalén
Sólo Siamon conocía aquel secreto
-No tenemos por qué pronunciarnos sobre la suerte de un arquitecto extranjero -dijo el visir
-Pues él se pronuncia vehementemente contra Egipto -indicó Ehhap, indignado- No deja de proclamar su odio al faraón, hasta el punto de que Salomón se ha visto obligado a imponer silencio De modo, se dijo el visir, que el ex Horemheb se había convertido realmente en Hiram Conquistado por las ventajas de su posición, había olvidado su nacimiento y traicionado sus orígenes. Como todos los renegados, se mostraba el feroz adversario de la tierra que le había acunado.
-Salomón es un rey indulgente -aseguró Elihap-. Sus grandes dignatarios deberán defenderle de una excesiva bondad, en especial para con maestre Hiram. ¿Se ofendería Egipto?
-Os repito que no tenemos por qué preocuparnos de un arquitecto extranjero.
El séquito de la reina de Saba se había instalado en una florida pradera, frente a Jerusalén. Los artesanos de Hiram habían construido quioscos y pabellones de materiales ligeros, edificando un elegante palacio de madera para la soberana.
Dormitando bajo la higuera, Balkis soñaba en un amor fuerte como la muerte, en un fuego tan inmenso que las aguas más vivas no lograrían apagarlo. La reina había perdido el sueño. Al anunciar su decisión a Salomón había creído liberarse de un insoportable peso. Pero, muy al contrario, lo había aumentado. ¿Cómo renunciar a Hiram, aquel maestro de obras cuya verdadera naturaleza era la de un rey? ¿Cómo abandonar a Salomón, aquel rey que haría de ella una esclava?
Irritada contra sí misma, bajó a un jardín donde, entre granados, habían plantado una viña. Los más delicados espectáculos de una generosa naturaleza no la alegraban ya. Caminaba al azar, aguardando un signo, una promesa. De pronto, se detuvo. ¿No se oía el ruido de las ruedas de un carro en el empedrado de la carretera? ¿No oía a su amado, saltando sobre las montañas, brincando por las colinas, como un cervatillo? ¿No estaría detrás del muro, oculto por la viña?
-¡Quédate! -gritó-. ¡No te vayas!
El carro se había detenido. ¿No estaría Salomón cometiendo una falta al acudir allí, al confesar a Balkis que no podía apartarla de su sueño?
La reina de Saba era hermosa como un luminoso día de primavera. Su ligero vestido amarillo dejaba desnudos los hombros y descubría el nacimiento de los pechos. Un cinturón rojo subrayaba la figura de su talle. Salomón tuvo miedo. Miedo de quedar más hechizado aún.
-Quédate -imploro ella- Danzaré para ti Sus desnudos pies esbozaron una espiral en la que su cuerpo se acurruco, lentamente, como una hoja revoloteando alrededor de la rama de la que se desprendía Dibujó invisibles curvas, creando un ritmo silencioso que coincidía con el murmullo de las flores Salomón se lanzó hacia ella y la tomo en sus brazos -¡Cómo te amo, Balkis! Tus labios son de miel, tus ropas perfumadas Eres un jardín cerrado, una fuente sellada, una olorosa caña, el agua que fecunda los jardines Tu amor es más embriagador que el vino, el aroma de tu piel el más exquisito de los milagros


Los ojos de la reina se convirtieron en un cielo de esperanza Salomón supo que ella no estaba ya jugando con su propia pasión Al finalizar un largo beso, la obligó dulcemente a inclinarse y, luego, la tendió en la rala hierba, caldeada por el sol Con mano suave y precisa, la desnudó Ni un solo instante sus ojos dejaron de mirarse Cuando el amor inflamo su ser, una moñuda se posó en la copa del granado que les protegía de un mundo abolido
-Ya no me necesitáis -afirmó el cojo
-Te confié una misión -recordó Hiram
-La he cumplido -estimó Caleb- El templo y el palacio están terminados
Ya no tengo que vigilar a nadie en la roca Vos vais de obra en obra Yo me quedo solo en esta húmeda gruta
-Está muy seca y es bastante confortable
-Es malo para el hombre dormir solo en una casa, aunque sea tan miserable como ésta Será víctima de un demonio hembra Quiero escapar de tan triste suerte
-¿De qué modo?
Molesto, el cojo se ocupó de la marmita donde hervían unas legumbres
-Feliz el marido de una buena esposa -dijo Caleb convencido- El número de sus días se doblará Una mujer fuerte alegra a su marido y le asegura años de paz Esa mujer es la mayor de las fortunas El Señor la otorga a los verdaderos creyentes , aunque sea pobre, el marido de tal esposa será feliz La gracia de una mujer honesta sacia a su mando Conserva el vigor en sus huesos Le mantiene joven hasta la vejez
Hiram probó el caldo
-¿Significa ese hermoso discurso que piensas casarte?
El cojo frunció el ceño
-Tal vez Seguramente, quiero decir Con una sirvienta trabajadora y ahorrativa
-¿La que expulsaste cuando llegamos a Jerusalén?
Pasmado, Caleb miró a Hiram como si fuera un diablo surgido de las profundidades
-¿Cómo lo sabéis?
-Simple deducción ¿Estás seguro de ser feliz7
El arquitecto lleno una taza y la ofreció a su perro, que lamió el caldo aplicadamente
-Claro No tengo dote que ofrecerle, pero le basto yo
-¿Adonde iréis7
-A una aldea de Samaría, donde sus padres tienen una granja
-¿No temes el exceso de trabajo?
-Es preferible a la muerte lenta que estáis infligiéndome aquí
-¿Tan cruel soy?
-La atmósfera de esta ciudad no me conviene Ser vuestro servidor comienza a ser arriesgado
-¿No exageras?
-Sois un gran hombre, maestre Hiram, pero no sabéis ver el peligro
Vuestro poder acabará importunando a Salomón Y no tendrá compasión
-Tus profecías no suelen realizarse
-Si fuerais razonable, os marcharíais conmigo
-¿Me abandonas realmente, Caleb7
Volviéndole la espalda, el cojo se enjugó una lágrima
-Ella me obliga, maestre Hiram Comprendedme
-Eras mi amigo
Caleb no tenía ya hambre
-Corro a su lado Si me quedara más tiempo, no tendría valor para hacerlo El paso del cojo se hizo más pesado Hiram tuvo ganas de retenerle Pero ¿con qué derecho podía oponerse al destino de un hombre que buscaba otra felicidad7 El arquitecto lamentó no haber hablado bastante con él, no haberle iniciado en los misterios del Trazo, eran sólo vanos pensamientos El cojo estaba ya alejándose por el sendero, llevando del ronzal un asno cargado con sus magros bienes Un húmedo hocico acarició la mano de Hiram Su perro le agradecía la excelente comida En los ojos del animal había un amor tan claro como el agua de una fuente que brotara de la montaña Cuando vieron aparecer a Nagsara en la avenida central de su campamento, los servidores de la reina de Saba se apresuraron a advertirla Avisados por el rumor, sabían que la esposa de Salomón sentía un feroz odio por Balkis Precedida por dos soldados y seguida por vanos servidores, Nagsara llevaba un manto de gala sujeto por una fíbula de oro. En sus cabellos brillaba una diadema de turquesas Con sus vestiduras confería a la visita un carácter oficial Balkis almorzaba en la terraza de su palacio de madera Una sirvienta le perfumaba los cabellos. Otra vertía vino fresco en una copa. La visita de la reina de Israel pareció encantarla. Se levantó y se inclinó..
-¡Qué agradable sorpresa, Majestad! Perdonad mi aspecto... Si me hubierais avisado, os habría recibido con los fastos debidos a vuestro rango.
-Olvidemos el ceremonial, ¿no os parece?
-¿Puedo invitaros a mi mesa?
-No tengo hambre ni sed.
-Hablemos bajo la higuera. Creo que, en Israel, simboliza la paz.
Ambas reinas bajaron por una suave pendiente que llevaba al vergel.
Nagsara parecía débil, casi frágil. La sabea propuso a la egipcia que se quitara el manto y la diadema. Ella se negó secamente. Balkis se sentó al pie del árbol, Nagsara permaneció de pie.
-Volved a vuestro país -exigió-. Vuestra presencia aquí es perniciosa.
-Vuestra voz tiembla -observó Balkis-. Estáis agotada. ¿Por qué no descansáis a mi lado?
-¡Porque os detesto!
-No lo creo. Sufrís, sois desgraciada. Y sabéis que yo no soy responsable de ello.

La turbación dominó el alma de Nagsara. Se había preparado para un violento enfrentamiento, para una pelea tan viva que habría utilizado todas sus fuerzas para destruir al adversario. Se habrían agredido, Nagsara habría apretado la garganta de Balkis con sus manos, apretado y apretado más aún... Pero la reina de Saba le recibía con la bondad de una hermana, sin agresividad. Su sonrisa la desarmaba, su dulzura la hechizaba.
-No me casaré con Salomón, declaró Balkis. Me ha amado, es cierto, pero como a una de sus concubinas. ¿Qué puede importaros esa pasión pasajera, a vos, la reina de Israel, la garante de la paz entre Egipto y vuestro país? Mostraos digna de vos misma, Nagsara. Vuestro papel es inmenso.
La egipcia rompió a sollozar, cubriéndose el rostro con el manto.
Balkis se levantó y la tomó tiernamente de los hombros.
-Sentaos junto a mí.
Rota, Nagsara obedeció. Balkis le quitó la diadema, secó sus lágrimas, compartieron un higo.
-Somos mujeres y somos reinas. Ésa es la única verdad. Salomón es el hombre del Señor de las nubes. Ningún amor terrestre atará su corazón.
Conservad en el estuche de vuestra memoria los momentos de felicidad que habéis vivido con él. Lo mismo haré yo. Salomón está más allá de este tiempo y este país, Nagsara; vive en un espacio que nos es ignorado, en compañía de ángeles y demonios que le ayudan a construir su pueblo.
-No puedo soportar que no me ame.


-¿Quién podría soportarlo? Toda mujer, y vos más que ninguna, desearía mantenerle en las redes de su pasión. Pero ninguna lo logrará.
-¿Renunciaríais vos?
Los ojos de Nagsara lloraban de esperanza. La reina de Israel no era más que una niña extraviada por los caminos de su locura. Balkis comprendió que sería inútil hacerla razonar. No tenía más razón de vivir que la creencia en el recuperado amor de Salomón.
-Sí, renuncio -dijo Balkis gravemente-. No veáis ya en mí una rival.
-¿Os quedaréis mucho tiempo en Jerusalén?
-Un mes tal vez. Debo ver de nuevo al rey para poner a punto nuestros convenios diplomáticos y comerciales.
Nagsara se inquietó de nuevo.
-¿No..., no le tentaréis más?
-No temáis.
La egipcia se sentía presa de un torbellino. Veneraba a aquella a quien hubiera debido odiar. Pero Balkis le devolvía su desaparecida felicidad. La llama había vencido pues. Ofreciéndole su vida y su juventud, Nagsara había apartado a la reina de Saba. ¿Qué le importaba sentir que sus días huían como la gacela del desierto, si nadie le impediría ya reconquistar a Salomón?