viernes, 12 de abril de 2013

LOS TEMPLARIOS


VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA

Mucha tinta se ha vertido sobre los enigmas templarios, los cuales se cuidaron de fomentar el misterio en torno suyo. Todos, en un mundo medieval en el que imperaba lo maravilloso y lo mágico, asumieron la evidencia de unos orígenes que incluso parecían basarse en lo sobrenatural del secreto numerológico. Tras la primera Cruzada, nueve caballeros franceses decidieron fundar una Orden, entre cuyas intenciones, y a diferencia de lo que sucedía con los cruzados, no estaba la de combatir sistemáticamente a los musulmanes. Tampoco asistían a pobres y a enfermos, como sucediera con los Caballeros de San Juan (más tarde, Caballeros de Malta) o con los Hospitalarios, creados en 1120, ni tampoco quedaban circunscritos a un ámbito territorial de actuación –tal es el caso más tardío de los Caballeros Teutónicos, fundados hacia 1198 en los territorios del Báltico– sino la de defender a los cristianos que peregrinaban a los Santos Lugares.


Hugues de Payns, quién fuera realmente el promotor inicial y su primer Gran Maestre, Geoffroy de Saint-Omer, Geoffroy Bisol, André de Montbard, Payen de Montdidier, Archambaud de Saint-Amand, Gondemar, Rossal y Hugues de Champagne se instalaron en Jerusalén y fundaron la Orden de los Caballeros del Temple en 1118. Balduino II, que reinaba entonces en la ciudad, les permitió establecer sus cuarteles generales en una sala de su palacio, situado cerca de la mezquita de Al-Aqsa, La Única, en la explanada del que fuera antiguo Templo de Salomón y del que, por dicha razón, tomarán el nombre de templarios… Ciento noventa y seis años de vida para una organización poderosa a la par que controvertida, veintidós Grandes Maestres hasta 1314, en que desaparecen.
De una orden insólita, medio religiosa y medio guerrera, que en pocos años se convirtieron en el colectivo más rico y poderoso de la iglesia y en espejo vivo de aquella guerra santa que Roma preconizaba para terminar de convertir al mundo a la fe cristiana. La dualidad fue siempre una característica que definió al Temple, y que aparece reflejada gráficamente en el blanco y negro, lo puro y lo impuro, de su estandarte, el Beaucent (nombre que invocaban al entrar en combate) y en otro símbolos, como emblemas y escudos. La dualidad se hacía patente en su razón de ser (orden monástica y militar), su función (orar y guerrear) y su imagen (la "externa" de monjes soldados que luchan por liberar Palestina y la "interna", de recaudadores y administradores de sus riquezas). La Orden ha quedado magníficamente simbolizada en los muros de sus construcciones. A esta organización muchos historiadores le atribuyen la paternidad más o menos probable de la Francmasonería. El Temple fue una orden; es decir, un colectivo sujeto al cumplimiento de unas reglas propias y formado por un puñado de adeptos volcados a alcanzar unos fines que debían permanecer secretos más allá del estricto núcleo de sus dirigentes en Tierra Santa, donde siempre conservaron su sede central. Estos líderes, desde su fundación, establecieron el abanico de funciones y deberes de todos sus miembros, de manera que el cumplimiento estricto de la Regla condujera a alcanzar los objetivos de poder que configuran la existencia de la mayoría de estos grupos. La regla del Temple gobernada la vida de sus monjes y todas las horas de su jornada. Se configuraba una disciplina en el cumplimiento del rito donde cifraba su conciencia de grupo y se fomentaba el convencimiento de ser sólo una célula cuya vida no tenía más importancia en sí misma que la de colaborar al progreso de la unidad superior de la que formaba parte. La devoción de cada templario era la de los santos protectores de la orden; su régimen de comidas el que seguían todos sus hermanos en los conventos; sus ropas, las que correspondían al grado de autoridad concedido: comendador, caballero, sargento; sus oraciones, las de todos los demás miembros, sin un espacio para expresar devociones individuales; su fidelidad total a sus superiores que, por naturaleza, eran a la vez mentores espirituales y jerarquía militar. Y todos estos preceptos tenían que obedecerse, no sólo cumpliendo a rajatabla, sino mostrando ante todos, como una representación ofrecida al mundo exterior de que el temple era un solo cuerpo monolítico sin individualidades. Símbolos y secretos templarios Los templarios fueron grandes maestros en el arte de la criptografía, un alfabeto secreto que se supone utilizaban en sus transacciones mercantiles y documentos confidenciales. Las letras del alfabeto constaban de ángulos y puntas y podían ser leídos mediante un medallón que portaban algunos caballeros. Posteriormente, los gremios de constructores utilizaron un sistema parecido. También practicaron la alquimia y habían descubierto la piedra filosofal. En numerosos detalles arquitectónicos se encuentran símbolos que indican prácticas alquímicas. En este sentido la regla secreta de la Orden a los templarios les tenían prohibido trabajar ciertas materias por la ciencia filosofal y éstas no serían emprendidas más que en lugares ocultos y secretos. El Bahomet, que se utilizó como argumento para la condena de los templarios, pero nadie sabe a ciencia cierta lo que significó, ni su origen ni su función ritual. Se dice de una cabeza o busto que tendría la forma andrógino, y al que veneraban los hermanos de la Orden. Posiblemente el símbolo hacía referencia al hermetismo alquímico y representaría la unión del azufre y el mercurio filosofal, considerados como los elementos macho y hembra en la consecución de la gran obra. Para los templarios modernos se trataría de un objeto para favorecer a la meditación, una especie de mándala cósmico. La tradición esotérica enseña que el número está en el principio del Ser sobre el triple plan divino, natural y humano. El tres, el símbolo del misterio o la Trinidad, era el número templario, y el triángulo la figura geométrica base de sus construcciones. El tres o el nueve están presentes en sus rituales de iniciación y en sus actuaciones cotidianas. Los números simbólicos se encuentran grabados en todas las construcciones templarias. Por ejemplo en la iglesia del Templo de París, la casa central de la orden. La rotonda básica de las construcciones se generaba por dos triángulos equiláteros de sentidos opuestos que forman una estrella de seis puntas que se relaciona con el sello de Salomón y que hoy es la estrella del Estado de Israel. La tradición nos ha rescatado de la Orden del Temple grandes tesoros, conocimientos ocultos y otros misterios. Signos y símbolos tallados en la piedra de las numerosas construcciones diseminadas por nuestra geografía que nos hablan de los grandes enigmas del cristianismo. El Arca de la Alianza, el Grial, riquezas traídas de Jerusalén y numerosas reliquias supuestamente pertenecientes a Jesucristo y a cuantos le rodearon. Pero la realidad posiblemente sea otra. Tal vez fueran los mismos caballeros los que alimentaran su propia leyenda para conseguir el poder que llegaron a ostentar. Dos siglos de primacía y un cruento final, en algunos casos.