sábado, 23 de febrero de 2013

EL SECRETO Y LA MASONERÍA
DISTINCIÓN Y CONDENA
Por AGUSTIN PAULLIER



SI LE PIDEN a una persona que piense en una palabra asociada a los masones, probablemente elija "secreto", o algún sinónimo derivado de ella. La historia del Chevalier D`Eon es reveladora en este sentido. Luego de participar en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), fue nombrado por Luis XV primer secretario de la embajada francesa en Londres; pero un odio mutuo con el embajador Guerchy hizo que el Chevalier renunciara a su puesto en la embajada y se llevara importantes documentos. Estos comprometían a los tories, a quienes había pagado sobornos y revelaban planes franceses de invadir Inglaterra. En 1764 un extraño rumor sobre él se convirtió en el gran chisme de la sociedad londinense: D´Eon era una mujer que se disfrazaba de hombre.

Jasper Ridley, autor de Los masones. La sociedad más poderosa de la tierra, dice: "D´Eon cultivaba la amistad de muchos nobles y caballeros de Inglaterra, y quería hacer lo que estaba de moda: incorporarse a la francmasonería"; y fue aceptado. Años más tarde, el rumor llegó a límites insospechados: hubo apuestas que llegaron hasta 120 mil libras para acertar cuál era su sexo. Intentaron secuestrarlo tanto ingleses como franceses pero todos fracasaron.

Un jurado, aún sin haberlo sometido a un examen médico, promulgó que el Chevalier efectivamente era una mujer; en ese instante los francmasones lo expulsaron de su Logia. Durante 25 años, la ahora Chevalière D´Eon vistió de mujer, incluso se unió a una orden de monjas. Esto fue hasta el día de su muerte, cuando el médico forense comprobó que era hombre. Sus compañeros masones ya lo sabían, porque en la ceremonia de iniciación se le solicita al nuevo miembro que descubra su pecho por razones de simbolismo masónico.

Ridley, al igual que los masones, opta por mantener lo ritual y lo simbólico oculto. No explica por ejemplo por qué en la ceremonia de iniciación el nuevo miembro debe descubrir su pecho. No obstante, Ridley narra las historias de una forma casi novelada, y no por eso exenta de rigor histórico. La lectura se hace amena. El propósito del libro, sin embargo, no es develar secretos o conspiraciones masónicas desconocidas hasta el momento, sino aportar datos sobre el siempre sospechado conflicto de intereses de los francmasones con sus trabajos, sobre todo si son de índole pública.

DISTINCIÓN Y MITO. "Los masones eran distintos", comienza el primer capítulo del libro. Se diferenciaban en la Europa de la Edad Media del resto de los trabajadores al trabajar la piedra, cuando este era un elemento que pocos trabajaban hasta el siglo XIII. Entre los masones se distinguían los "rústicos" (trabajadores de la piedra dura), de aquellos que tallaban las complejas fachadas de las iglesias, interviniendo sobre una piedra más blanda, conocida como "piedra libre o franca". De ahí que se los llamara "masones de piedra franca" o "francmasones". Estos eran reclutados por gremios o corporaciones; el primero se registró en 1057, en Escocia.

Pero lo concreto, lo mítico, y lo fáctico siempre se mezclan en la historia de la masonería. Es el caso del Puente de Londres, que hasta 1176 era de madera, y luego de su destrucción fue reconstruido con piedra. La canción popular que dice "El Puente de Londres se está cayendo" hace referencia a una dama supuestamente encerrada viva en algún lugar de los cimientos: "Se trataba de una joven virgen que los masones habían encerrado y emparedado viva en una de las columnas de piedra del puente, como un sacrificio humano para aplacar la ira de Dios e inducirlo a que protegiera el puente contra tormentas o
inundaciones".

REVOLUCIONES. Se ha acusado a los masones de participar en casi todas las revoluciones de los últimos 200 años que han ocurrido en Francia, España, Italia, Norteamérica y América Latina, con excepción de Inglaterra, la cual siempre mantuvo estrechos lazos con la realeza. Tan unidos son estos lazos que desde 1721 hasta el presente el Gran Maestro de la Gran Logia inglesa ha pertenecido siempre a la nobleza o a la realeza. Los francmasones siempre han intentado desmarcarse de temas políticos y religiosos, prohibiendo que se hable de estos temas en sus reuniones.

"La creencia de que los francmasones fueron responsables por la Revolución francesa quedó confirmada por la conducta del Gran Maestro del Gran Oriente de Francia", Felipe, duque de Orleans, primo del rey Luis XVI, escribe Ridley. Cuando estalló la revolución se unió a los jacobinos, fue elegido miembro de la Asamblea Nacional y cambió su nombre a Philippe Egalité (Felipe Igualdad). En enero de 1793 el gobierno revolucionario decidió juzgar a Luis XVI por traición y entre varias propuestas se encontraba la de posponer indefinidamente la cuestión. Este proyecto fue derrotado por un solo voto, el de Philippe Egalité; unos días más tarde votó a favor de la ejecución de su primo. En febrero de ese mismo año, los jacobinos pensaron que la francmasonería era poco democrática debido a sus rangos jerárquicos y que muchos girondinos eran masones. Esto provocó que Philippe renunciara a su cargo de Gran Maestro. En octubre de 1793 se lo acusó de apoyar a los girondinos y fue guillotinado (este artefacto lleva el nombre por Joseph Guillotin, que también era masón). El hijo de Philippe Egalité luego se convertiría en el rey Luis Felipe.

En América Latina varios de los protagonistas de la independencia de sus naciones pertenecían a la Logia Lautaro: San Martín, Bolívar, Miranda, O´Higgins, Benito Juárez, entre otros. Ridley no se detiene demasiado en la influencia de la francmasonería en este continente. Su libro está centrado en la historia francesa, inglesa y estadounidense, lo cual es una carencia de enfoque. El autor ha escrito biografías sobre Lord Palmerston, Mussolini y Tito, varios libros relacionados con la realeza inglesa y uno sobre Garibaldi. Con respecto a este último, cuenta que se hizo francmasón en Montevideo, al igual que Bartolomé Mitre, cuando vinieron para luchar contra Rosas. En una batalla naval sobre el río Paraná, Garibaldi se enfrentó a un hermano masón, el Almirante Guillermo Brown, y luego se volvieron a enfrentar en el puerto de Montevideo. En 1845 el almirante Brown se retiró y gracias a un salvoconducto pasó por Montevideo y mantuvo una conversación amigable con Garibaldi, algo común entre generales enemigos, pero facilitado por sus vínculos secretos.

Ridley comienza diciendo que él no es masón. Afirma que la actitud de ocultamiento y secreteo que genera tanta sospecha entre la gente, es uno de los factores de mayor atracción para los posibles candidatos que desean ingresar a la masonería. Lo dice en un libro que debería aportar evidencia para que el lector se forme una opinión más fundada sobre esta polémica sociedad, pero que en los hechos carece de explicaciones sobre los rituales, las señas y el simbolismo masónico, tan cargado de historia, y a la vez tan expuesto a malinterpretaciones.