lunes, 1 de diciembre de 2014

¿Qué es el Arca de la Alianza? (I)

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Según el libro del Éxodo (37, 1-9), el Arca de la Alianza era una caja de madera de acacia que media 1,25 mts. de largo por 75 cms. de ancho.
En su base disponía de cuatro anillos de oro -dos a cada lado- que permitían el paso de dos barras con las que la caja se izaba sin necesidad de tocarla. Su origen es un autentico misterio, ya que en la Biblia aparece de repente, justo después de que los israelitas cruzaran el Jordan (Jos. 3).
Sin embargo, textos posteriores como el Deuteronomio, afirman que esta fue construida por Moisés, siguiendo órdenes de Yahvé. En cuanto a su contenido, los diversos libros del Antiguo Testamento difieren. Mientras que para el Éxodo (40, 20) protegía Las Tablas de la Ley, Hebreos (9, 4) asegura que también guardaba un vaso con maná, y Números (17, 10) añade el ajuar de la avra de Aaron, el hermano de Moisés.

La ruta del arca
Justo después de que las aguas del Jordan se abrieran para que las cruzara “el pueblo elegido”, comienza a hablarse del Arca. Hasta su llegada a Jerusalén y su instalación definitiva en el sanctasanctórum del Templo de Salomón, su pista parece extraordinariamente clara. Primero fue llevada cerca de Jericó, donde dio a Israel su primera victoria militar en Canaán. A continuación la instalaron en Guilgal, cerca del mar muerto, para desplazarla después a Siquem, donde se renovó el pacto con Yahvé que simbolizaba el Arca y su contenido, las Tablas de la Ley.

Tras un breve paréntesis en Betel, el Arca se quedo durante una buena temporada en Siló, donde fue cuidada por la familia del sacerdote Eli y desde donde fue llevada a la batalla de Afec, en la que los filisteos se apoderaron de ella y la exhibieron después como un trofeo de guerra. Sin embargo, la felicidad de los filisteos duro poco, pues una serie de extrañas enfermedades se abatieron sobre ellos obligándoles a devolver el Arca a sus propietarios originales, siete meses mas tarde.

Para entonces, el Arca se quedo en Bet Semes, provocando la muerte de 70 hebreos que intentaron mirar en su interior, quien sabe si para comprobar si faltaba algo de su precioso contenido. Lo cierto es que el miedo al Arca hizo que esta se “exiliara” a Quiriat Jearim, donde fue custodiada durante 20 años por un cierto Abinadab, hasta que el rey David se propuso llevársela a Jerusalén.

En el traslado murió un hombre, Uza, al tocar el cofre, y se decidió que esta “descansara” en casa de Obededom de Gat. Una vez pasado el incidente, se preparo una tienda en Jerusalén donde estuvo el Arca hasta que Salomón termino su Templo. Y fue allí, curiosamente en el lugar mas seguro de todos en los que estuvo el Arca, donde se perdió su pista para siempre…

¿Siete lugares para encontrarla?
El milagro, sin duda, corresponde a Steven Spielberg. Gracias a las aventuras de “su” Indiana Jones en el largometraje En busca del Arca perdida, la reliquia más sagrada del pueblo judío se ha convertido, de la noche a la mañana, en el objeto arqueológico más deseado de nuestros días.

Es lógico: si ese cajón de oro y madera es lo que la Biblia dice que es, se trata de algo que se fabricó según instrucciones directas del mismísimo Yahvé y con unas capacidades que rayan en lo tecnológico. Sólo ese aspecto explica por qué existen tantas y tan diversas hipótesis para tratar de dar con su paradero.

Pero, ¿qué base tienen? Vayamos por partes: la primera referencia escrita a este objeto se halla en las páginas del Éxodo. Después, el Antiguo Testamento menciona hasta doscientas veces más el Arca, lo que da una idea de la importancia que tuvo para el “pueblo elegido”. Incluso asegura que Moisés depositó las Tablas de la Ley en su interior; en una caja que medía 125 cm de largo por 75 cms de ancho y otros 75 de alto, toda ella forrada de oro, por dentro y por fuera. Ese mismo texto asegura que contenía también un recipiente con maná y la vara de Aarón, el hermano de Moisés. No es extraño, pues, que a partir de esos detalles de su estructura -que combinaba material conductor (oro) y aislante (madera)-, algunos expertos crean que el Arca fue un objelo tecnológico peligroso.

La propia Biblia recoge la tragedia vivida por un tal Uza, que murió fulminado al tocar el Arca sin tomar las debidas precauciones. En Samuel II, capítulo 6, se cuenta así: “Cuando llegaron a la era de Nación, los bueyes tropezaron y Uza alargó la mano al Arca de Dios para sujetarla. El Señor se encolerizó contra Uza por su atrevimiento, lo hirió y murió allí mismo junto al Arca”.

Pero, ¿qué mató a Uza?
En principio, aquel cajón no parecía un abierto mortal. Estaba cerrado por una tapa de oro macizo que recibía el nombre de propiciatorio, y en cada extremo lucía sendos querubines con las alas extendidas hacia arriba y los rostros enfrentados mirando hacia el centro. Aquél, sin duda, era el lugar destinado a Yahvé. Y allí descansaba una llama -la Gloria de Shekinah- que, al parecer, era una especie de “fuego espiritual”.

Para protegerse de las iras de aquel fuego, durante el Éxodo el Arca siempre viajó dentro del Tabernáculo, una tienda móvil que hacía las veces de templo. De las instrucciones que Yahvé dictó a Moisés para “amueblar” aquel templo de campaña (Éxodo, 25) se deduce que fue diseñado, casi con seguridad, siguiendo una geometría sagrada como la usada para construir la Gran Pirámide o el Templo de Karnak en Tebas. Y lo mismo puede decirse del Tabernáculo permanente que el rey Salomón mandó construir en su gran templo, en Jerusalén.
Y allí se instaló el Arca. No cabe duda de que los objetos más valiosos que se custodiaron en el Templo de Salomón fueron el Arca y las reliquias que ésta contenía, y allí permanecieron hasta… Bueno, es justo ahí donde surgen las dudas. Para muchos, el Arca no se movió hasta que el formidable ejército de Nabucodonosor arrasó Jerusalén en el 586 a.C. Otros, en cambio, creen que desapareció en tiempos del propio Salomón, cuando su hijo Menelik -fruto de la relación que mantuvo con la reina de Saba- la robó para afrentar a su padre. Y estos son sólo dos extremos de una madeja compleja que pretendemos desarrollar en las siguientes hipótesis.

¿Qué es el Arca de la Alianza? (II)

El tesoro de los templarios
La toma de Jerusalén por Godofredo de Bouillon, en 1099, abrió las puertas de la ciudad a peregrinos venidos de todos los rincones de Europa, deseosos de conocer la Ciudad Santa. Para evitar que las crecientes hordas de peregrinos fueran acosadas por unos afrentados musulmanes, en 11 15 el nuevo rey de Jerusalén, Balduino II, hizo un llamamiento a las familias nobles europeas para que mandaran caballeros a proteger los caminos. Hacia 1118 un caballero francés, Hugo de Payns, se presentó ante e monarca y solicitó su beneplácito para cumplir, junto a ocho caballeros más, el mandato real. Como recompensa a su ofrecimiento se les concedió el derecho a alojarse en los establos construidos sobre las ruinas del templo de Salomón.

¿Qué mayor gloria podían pedir?
Al cabo de diez años, algunos de estos caballeros regresaron apresuradamente a Francia.

Nunca se explicaron los porqués de esta “huida”, aunque algunos suponen que el motivo fue el hallazgo de algunas reliquias judías bajo el suelo del templo y la necesidad de trasladarlas a Francia. El escritor Louis Charpentier cree que Hugo de Payns y los ocho caballeros que lo acompañaron encontraron el Arca junto a otras piezas de gran valor, y arguye como prueba el relieve esculpido en una columna del Pórtico de los Iniciados de la Catedral de Chartres. En él se aprecia un arca sobre dos ruedas transportada por un hombre, que atraviesa un campo lleno de cadáveres. Para otro autor, Fernando Díez Celaya, se trata de la escenificación de una batalla de los templarios contra los árabes en Jerusalén, donde aquéllos, tras haberse apoderado del Arca, la habrían utilizado como arma.
Todo indica, sin embargo, que esta caja sagrada no fue el único botín capturado por el Temple. Los masones Christopher Knight y Robert Lomas refieren, en The Hiram Key, que los templarios también buscaron (¡y encontraron!) manuscritos de la Comunidad de Qumrán sobre Jesús y sus sucesores cuyo contenido no podían revelar porque cuestionaban seriamente ciertos dogmas defendidos por la Iglesia. Además, parece que esos textos incluían patrones y medidas arquitectónicas sagradas que, posteriormente, utilizarían en la construcción de catedrales, según defiende Charpentier en su clásico estudio El misterio de la catedral de Chartres. Sea cual fuere el botín, parece que fue llevado a la región francesa del Languedoc, el último bastión de los cataros antes de su aniquilación por las tropas del rey Luis IX en 1243.

Más tarde le llegó el turno a los templarios. Knight y Lomas creen que durante la persecución a que fue sometido el Temple a partir de 1307 por Felipe IV de Francia, con el beneplácito del papa Clemente V, algunos de sus miembros consiguieron escapar instalándose en tierras escocesas. Y allá los fugitivos se llevaron parte de los tesoros y manuscritos que habían encontrado bajo los establos del Templo de Salomón. Una vez en Escocia, se trasladaron a la localidad de Rosslyn, donde les esperaba otro templario, William Sinclair, nieto de Henry Sinclair, un cruzado que había visitado Tierra Santa mucho antes de que se descubrieran estas reliquias. Al parecer, William quería construir un templo cuyos cimientos fueran una copia exacta de los de Salomón, con la intención de ocultar en ellos las reliquias y manuscritos en un lugar equivalente al de procedencia.

De esta manera -sostienen Knight y Lomas-, otros templarios encontrarían en el momento adecuado el tesoro, dado que el secreto se trasmitiría de generación en generación dentro de la orden. El templo de William Sinclair, construido en 1447, es la Capilla de Rosslyn y, según Marcus Allen, escritor y distribuidor en Inglaterra de la revista australiana Nexus, una parte de la capilla está cerrada actualmente al público bajo el pretexto de estar realizándose “reparaciones” en el sótano. Allen cree que están buscando el escondite del Arca de la Alianza.

La expedición del capitán Montague Parker
El escritor norteamericano David H. Childress -que hoy se gana la vida con sus libros de aventuras y arqueología “fantástica”- desempolvaba una cita del sabio árabe Maimónides (1135-1204): ” … cuando Salomón mandó levantar el Templo pronosticó su destrucción e hizo construir una cueva secreta, muy profunda, donde Josiah dio instrucciones de esconder el Arca de la Alianza” Esta información, que Maimónides atribuye a un judío llamado Arabaita, pudo haber inspirado una expedición que en 1908 buscó el Arca bajo el antiguo Templo de Salomón. La Expedición Parker comenzó su tarea en el palacio-museo del Topkapi, en Estambul, donde el biblista sueco Walter H. Juvelius encontró un código sagrado en un manuscrito del Libro de Ezequiel. Afirmaba que ese código describía que el emplazamiento exacto de los tesoros perdidos estaba bajo el templo, en un lugar al que se accedía por un complicado sistema de túneles. Pero, ¿cómo podría llegar hasta allá? Muy fácil: Juvelius se asoció al capitán Montague Parker bajo el mecenazgo de la duquesa de Marlborough, para sacar el Arca de su presunto escondite.

Conseguir los permisos pertinentes para excavar bajo Jerusalén sólo fue posible gracias a una larga colección de sobornos. Y gracias a ellos, entre 1909 y 1911 el grupo descubrió varios pasadizos secretos. Pero su búsqueda se detuvo bruscamente el 17 de abril de 1911 cuando Parker y sus hombres intentaron entrar en una gruta natural, justo debajo de la Roca Sagrada sobre la que estuvo colocada el Arca en la época del llamado Primer Templo. El atrevido británico y su equipo descendieron con ayuda de cuerdas a la gruta y empezaron a retirar las piedras que bloqueaban la entrada a una galería antiquísima.

Desafortunadamente, uno de los celadores que estaba pasando la noche en el templo, oyó los ruidos de los trabajos de la expedición. Rastreó el desplazamiento del grupo hasta la Roca Sagrada, y horrorizado al descubrir extranjeros bajo el sanctasanctórum, corrió a la ciudad para avisar a la gente sobre la profanación que se estaba cometiendo. En menos de una hora, una multitud enfurecida por el rumor de que unos extranjeros estaban robando el Arca de la Alianza y la espada de Mahoma se concentró frente a los muros del templo. El gentío estaba La expedición del capitán dispuesto a hacer pagar con la vida semejante delito aunque, por suerte, Parker y el resto de la expedición consiguieron escapar a Jerusalén y de allí al puerto de Jaifa, donde embarcaron precipitadamente.

Parker no se trajo consigo ni una sola prueba que avalara la existencia de los tesoros de Salomón, pero sí demostró la existencia de túneles secretos bajo el templo. Una evidencia que podría confirmar que siglos atrás hubieran sido visitados por los templarios, quizás con más fortuna a la hora de arrebatar las codiciadas riquezas.

El Arca bajo el Monte Calvario
En el verano de 1978 el arqueólogo norteamericano Ron Wyatt conoció al propietario de un terreno situado cerca del casco antiguo de Jerusalén, que le invitó a visitar su finca. Una vez allí, y sin saber por qué, algo le forzó a señalar en determinada dirección: “Esa es la gruta de Jeremías y el Arca de la Alianza está allí”.

El dueño, sorprendido, se ofreció rápidamente a patrocinar una excavación y pocos meses después, en enero de 1979, Wyatt regresó a Jerusalén en compañía de sus dos hijos, Danny y Ronny, para iniciar la búsqueda. En esos momentos, el lugar señalado por Wyatt era un vertedero situado a lo largo de la escarpada ladera del monte Moriah, que algunos denominan la “pared del Calvario” y cuyo relieve dibuja una especie de calavera alusiva al Gólgota donde Jesús fue crucificado. Después de investigar los alrededores, el arqueólogo decidió excavar perpendicularmente a la roca. De hecho, cuando llevaban unos metros excavados, descubrió tres cavidades simétricas en la pared. Decidió, por tanto, excavar en los alrededores en busca de una cueva o túnel bajo a pared, cerca del primer lugar de perforación. Después de casi dos años de trabajo, el equipo encontró un agujero cuadrado, agrietado en su base, en una plataforma a unos 4,5 metros por debajo de las tres cavidades, delante de dos agujeros más pequeños.

Wyatt interpretó que los orificios del suelo podían haber sido apoyos para las cruces de las que hablan los evangelistas. ¿Aventurado? Sin duda. Sin embargo, en este punto de la búsqueda, el arqueólogo taladró en la roca que él había señalado al principio, descubriendo una cueva de unos 5 x 5 m. Al introducirse en ella, comprobaron que estaban bajo el monte Moriah, y el 6 de enero de 1982, después de una intensa búsqueda en todos los pasadizos y cavidades encontrados, Wyatt halló lo que buscaba. Bajo la tenue luz de su linterna se adivinaba una caja de piedra con la tapa partida en dos y justamente encima, en el techo de la cueva, distinguió una grieta ennegrecida por algún sedimento.

Alcanzó la caja y comprobó que la hendidura de la tapa estaba impregnada de la misma sustancia del techo. Sin embargo, dada la escasez de espacio para moverse volvió días después con unos instrumentos ópticos especiales de cuya lectura dedujo que el contenido de la caja no era otro que el Arca de la Alianza. Posteriormente, el propio Wyatt pudo comprobar que la grieta del techo era la prolongación natural de otra que había visto en el agujero que él había interpretado como base de apoyo para la cruz de Jesús. Aquello fue suficiente para su calenturienta imaginación. Wyatt dedujo que la sustancia negra podría ser sangre que se hubiera colado por la grieta, manando directamente sobre la caja de piedra y, claro, sobre su contenido. Por la posición de las salpicaduras en la tapa, aquella sangre, supuestamente de Cristo, habría caído directamente sobre el Propiciatorio del Arca… de estar allí dentro.

Wyatt informó a las autoridades israelíes sobre su descubrimiento, pero éstas -bien por no creerlo, o por temer las reacciones tras una noticia de este calibre-, le “recomendaron” mantener el secreto. Lo cierto es que, tras su gestión, Wyatt selló la entrada al túnel y aún hoy el Arca podría seguir allá abajo.