martes, 18 de noviembre de 2014

LA DOCTRINA SOCIAL DE LA MASONERÍA
EN EL MUNDO ACTUAL
Por Edgar Perramón Q.
Gr° 33 de la Masonería Chilena, Residente en Venezuela


1.- Introducción.

La Masonería nació para perfeccionar al hombre y construir una nueva sociedad, más humanitaria, partiendo de las relaciones interpersonales en que la libertad y la justicia, la tolerancia y la fraternidad sean sus columnas fundamentales. Alguna vez tocamos parcialmente el tema .

A través de un sistema de enseñanza multidimensional, la Masonería llama a todos los hombres de buena voluntad para que trabajen por una sociedad solidaria, en que se abran paso la justicia social sobre la miseria y el progreso sobre el atraso.

La Masonería no es experta en política ni en economía, pero es experta en moral, en esa suprema moral que hace incompatible el desarrollo del hombre con la injusticia social, con el desempleo, la intolerancia y la emigración.

Lennhoff sostiene que en el haber de la Masonería figuran "tremendas batallas ganadas en favor de la libertad de pensamiento y el quebranto de pesadísimas cadenas espirituales, con el resultado de que desde las angustias de la Edad Media, tan opresora de las almas, se pudieron abrir anchos y hermosos caminos de emancipación, y los inviolables derechos del hombre se consignaron en las Constituciones Políticas de los Estados" (Eugenio Lennhoff, "Los masones ante la historia").

La doctrina social de la Masonería no es ciencia ni teoría social, sino una reflexión sobre la realidad económica, social y política, capaz de inspirar la acción de los masones en la construcción de una nueva sociedad.

La Masonería no tiene un programa económico o político, pero orienta a los suyos de acuerdo con las exigencias de la ciencia y los desafíos morales de nuestro tiempo a través de sus principios y su larga tradición.

Como la desigualdad no ha sido ni podría ser la meta de la Orden, la Masonería trabaja y llama a trabajar por suprimir los problemas hostiles que generan sistemas económicos insanos e injustos. El principio de la doctrina social de la Masonería, que evita la desigualdad y la violencia, conlleva una relación de justicia entre los hombres, y entre el hombre, la sociedad y el Estado para que su dignidad sea atendida y respetada.

Como moderna institución ética y docente, a la Masonería concurren hombres libres de prejuicios a recibir la enseñanza humanista que ella imparte a través de un sistema tradicional y simbólico, destinado, por medio del saber, a orientar su vida y perfeccionar la sociedad con valores e ideales humanitarios que sustenta y propaga con modernidad.

La Masonería procura aunar todas las voluntades para encontrar el camino sensato de la justicia y la tolerancia, para que la sociedad no sea ajena al hombre y a su ilusión. La Masonería busca la felicidad con esperanza e indica el camino de la espiritualidad.

La Masonería no es una institución inmóvil. Registra y palpita cada instante de la complejidad de la sociedad moderna que la rodea y como cámara permanente de reflexión imprime a su labor orientadora todo aquello que el hombre necesita para su acción benéfica, para que su fe no vacile y para que su espíritu nunca se debilite.

La Masonería vive en este mundo y no fuera de él, por lo que ningún acontecimiento de la sociedad puede dejarla indiferente, sobre todo cuando se afectan los derechos tradicionales del hombre.


2.- Democracia y justicia.

A la luz de los principios masónicos, los progresos alcanzados por la democracia on insuficientes.

Los esfuerzos que se realizan en favor de la defensa de los derechos humanos, de la educación, del ambiente y de la paz deben fortalecerse porque son la vía capaz de movilizar a la sociedad hacia nuevas metas de idealismo y solidaridad. En la democracia más populosa del planeta, en la India, más de 300 millones viven en la pobreza.

Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia y con una política dialogante, ajena a la perpetuación en el poder, que represente verdaderamente la soberanía popular.

El desencanto y la desilusión tienen que dar paso a una visión más amplia para que el pensamiento crezca libre, sin las turbulencias e incertidumbres que ahora lo cubren. En los desequilibrios económicos y sociales se ha gestado gran parte de los conflictos violentos que sacuden la vida internacional en que la seguridad prevalece sobre la paz. La realidad tiene que ser visible para los políticos.

Mientras algunos sectores avanzados de la sociedad perdían sus años en prolongados y enceguecidos debates sobre la revolución y el reformismo, sobre los factores geográficos o climatológicos, o sobre las prédicas católicas, protestantes o calvinistas en la prosperidad de sus naciones, y mientras los movimientos populistas y nacionalistas se desgastaban en abstracciones teóricas interminables, los sectores más conservadores aprovecharon esta distracción interminable para imponer fórmulas y cambios de gobierno capaces de responder a sus intereses más benéficos y perturbadores. Así ocurrió con las dos vertientes arrolladoras del capitalismo, la de los países del Atlántico, Estados Unidos, Reino Unido, Países Bajos y otros, y los que surgieron, con un modelo de capitalismo social, en Europa Occidental y Escandinavia, después de la II Guerra Mundial, encabezados por Alemania y Francia.

La sociedad tiene que ser capaz de darse, dentro de la democracia, un camino intermedio de reconciliación, entre el letargo del socialismo y el desenfreno del capitalismo, y tiene que ejercer la vigilancia necesaria para mejorar la vida de millones de postergados y excluidos y evitar la inseguridad ciudadana, las represiones y desviaciones que llegan hoy al extremo de amenazas de teocracias integristas, coaliciones ultraderechistas -como la austriaca, condenada y sancionada por los 14 socios de la Unión Europea entre febrero y septiembre del 2000-, y alianzas mundiales que resuelven sus diferencias con sangre. La democracia tiene que ser no sólo una idea, sino, también, un funcionamiento real que no se escape a la orientación y control de los regímenes que hablan de ella.

Desde 1820 la población mundial se ha incrementado seis veces y la producción mundial real se ha multiplicado 50 veces, pero la distribución de esas cuantiosas ganancias ha sido cada vez más desigual. No hay democracia cuando los ingresos reales per cápita de los países más ricos -Estados Unidos, Suiza, Noruega y Singapur- y el de los más pobres, que era de tres por uno a comienzos del Siglo XIX, ya en 1900 era de diez por uno y en el 2000, de sesenta por uno.

Después de 30 años de avance en la reducción de la pobreza, hasta la década de los 70, el crecimiento económico no se ha orientado en beneficio de los pobres ni ha corregido la gran desigualdad en la distribución del ingreso, particularmente por la transferencia de funciones del gobierno al mercado, la limitación de los subsidios a los pobres y la reducción del gasto público. América Latina tiene la mayor desigualdad en el ingreso entre todas las regiones del mundo, por encima de África y de Asia del sur. El Banco Interamericano de Desarrollo declaró en Londres, a mediados de 1999, que uno de tres latinoamericanos vive por debajo de la línea de pobreza, con menos de dos dólares diarios. El mismo Banco sostuvo en la Cumbre de la Deuda Social y la Integración Latinoamericana, realizada en Caracas (10-13.7.2001), que en el 2001 se está peor que en 1980, al duplicarse la pobreza en un preocupante 60% de la población total. Sin embargo, el gasto militar en América Latina alcanzó los 60 dólares por persona el año 2000, mientras la inversión en servicios sociales apenas llegó a los 59 dólares per cápita (38 dólares asignados a la educación básica y 21 a la salud y saneamiento, lo que explica el hecho que hayan 197 millones de latinoamericanos al margen del sistema de salud). Se ha insistido, no sin fundamento, que en América Latina no hay voluntad política para solucionar la deuda social.

La deuda externa bruta total de América Latina, que en el 2001 superó los 771.000 millones de dólares y que seguramente iniciará el 2002 con 803.000 millones de dólares, tiene atrapada a la mayor parte de los países de la región, con pasivos públicos que superan el 50% de su Producto Interno Bruto que los imposibilita a integrarse a la economía mundial. Cada habitante de la región debe 1.550 dólares al nacer. Otro tanto ocurre en el África. Mozambique, por la enorme deuda que tiene, ya ni puede invertir siquiera 10 dólares por persona en atención médica o en crear escuelas, porque el pago de la deuda le impide todo tipo de actividad económica nacional.

A pesar de que el volumen del comercio mundial aumenta cada año desde el shock petrolero de 1973 (en el 2000 llegó al 12,5%), el proteccionismo de los países industrializados, entre 100% y 550% (como es el caso del maní sin cáscara en Japón), le cuesta a las regiones en desarrollo más de lo que reciben en ayuda oficial todos los años. De esta manera resulta casi imposible ampliar la producción y el comercio, sobre todo en los países más pobres del mundo.

Deuda externa y proteccionismo forman dos obstáculos formidables en contra de los países en desarrollo.

En el mundo una tercera parte de la población global de 6.056 millones de personas -y que se incrementa en 77 millones de personas por año- tiene un ingreso per cápita de menos de un dólar por día y serán muchos más millones en un par de años, porque los beneficios del crecimiento global, reiterados, incluso, por el Banco Mundial, continúan distribuyéndose aún con mayor desigualdad en las 190 naciones del mundo. Sólo se salva el ingreso familiar medio de Estados Unidos que aumentó a 40,816 dólares al año en 1999 (Financial Times, 25.9.2000).

Mientras 40 personas ingresan por minuto al mundo de la pobreza, lo que genera alarma y una oposición militante, un niño de menos de cinco años muere de hambre cada tres segundos. El Informe sobre el Desarrollo de las Naciones Unidas afirma que esta situación puede corregirse como imperativo moral con sólo cerca del 1% del ingreso mundial y no más del 2 o 3% del ingreso de todas las naciones, salvo las más pobres. El hecho que los primeros diez multimillonarios del mundo detenten el equivalente a casi dos veces el ingreso total de los países menos avanzados, revela la magnitud de la desigualdad. Sólo uno de los geniales innovadores de hoy, posee una fortuna equivalente al producto bruto de toda África Central.


3.- Economía de concentración y desprotección social.

El primer paso, en los últimos 25 años, fue sacar al Estado de su papel estratégico de garantizar el estado de derecho, regular el funcionamiento del mercado, asegurar la competitividad y transparencia y atender las necesidades sociales en salud, educación y seguridad social. Se trabajó denodadamente por cambiar el papel del Estado en responder a políticas de largo plazo, buscar el interés público colectivo y atender satisfactoriamente los requerimientos de equidad social y se le convirtió con éxito en un mecanismo para hacer fortunas y privilegiar grupos económicos. Los que hablaron de reducir el tamaño del Estado y darle eficacia fueron rápidamente descalificados. Cuando el camino estuvo despejado, se propuso un esquema económico liberalizador, aparentemente sano y atrayente, que dio origen a la desigualdad en el interior de todos los países y a esta polarización social que cada día hace más pobres, acrecienta la inestabilidad y la aventura autoritaria.

Por el mecanismo de las privatizaciones, siguió la descapitalización de los Estados por montos insospechados a escala mundial, incluso en la Unión Europea, y por la vía de las fusiones 37.000 firmas transnacionales y sus 170 mil filiales cercaron la economía mundial. Varias de esas empresas duplicaron o triplicaron en el 2000 el producto interno bruto de países como Dinamarca, Noruega, Portugal, Tailandia, Arabia Saudita o Venezuela.

Mucho tiene que ver esta situación con la violencia que se registró en septiembre de 1999 cuando se reunió la Organización Mundial de Comercio, en Seattle, Estados Unidos; la ciudad tuvo que ser preservada por las tropas federales. Igualmente la protesta de enero del 2000, provocada en Davos, Suiza -donde nació el concepto de la globalización-, cuando la elite económica mundial se reunió, como todos los años, para analizar la forma de aumentar al máximo las ganancias y ver por qué a los grandes ganadores las cosas le estaban saliendo mal. En septiembre del 2000 las calles de Praga, donde el FMI y el BM esbozaban su curso futuro, debieron ser cerradas por las protestas en demanda de una economía de justicia. En abril del 2001, en Québec se levantó una cerca de tres metros de alto que rodeaba más de cuatro kilómetros de calles empedradas para recibir a los jefes de Estado de 34 naciones que discutieron el establecimiento de una zona de libre comercio en el hemisferio. Otro tanto ocurrió en Gotemburgo, Suecia, en la cumbre entre Estados Unidos y la Unión Europea, en junio del 2001 y en la cumbre del Grupo de los 8 en Génova, un mes después, en julio, con más de 100.000 manifestantes de toda Europa y Estados Unidos y la trágica muerte de un manifestante.

Las protestas antiglobalización le han restado protagonismo a los debates en una hora en que los ciudadanos se sienten cada vez más distantes de sus líderes políticos que han creado expectativas que no han podido cumplir en los once eventos, asediados, desde Seattle a Génova, sin apegos a calendarios que visualicen de verdad los resultados. Las naciones industrializadas deben escuchar a las partes más débiles dentro del contexto de las reuniones de la Cumbre para que realmente sirvan a sus propósitos.

Con el llamado Estado todopoderoso en desbandada y la contracción generalizada en el número de afiliados a sindicatos, la economía, manejada por políticos anarco-liberales, quedó sin tiempo para lo social, sólo para la competitividad a través de políticas victoriosas de bajos salarios. Fue la forma de crecer unas sobre otras, pero no en forma conjunta. Su política quiere, sin reparo ni justicia, seguir manteniendo bajos los salarios para que suban las ganancias mientras al hombre apenas si se le ve como un objeto desbaratado.

La economía de concentración, en que todo el mundo está disciplinadamente encerrado, no está interesada, a comienzos del Siglo XXI, en la producción y la propiedad, sino principalmente en los servicios, en la compra de productos acabados, en la digitalización de la información que crea una nueva tecnología para el mercadeo, en el efecto Demming, la teoría de la calidad total, en la revolución de la Internet y la penetración en el hogar, en el control y el lenguaje numérico de los códigos, que son los que ahora dan el pasaporte a la vida.

Hay que ser consumidor para que la economía reconozca la existencia del hombre y el mercado la registre. En esta transición, el Tercer Mundo ha debido encargarse de los textiles, de la metalurgia y aún de la producción de petróleo. Se trata, en el hecho, de un sistema de control globalizado que ya ha dejado a las tres cuartas partes de la humanidad confinadas a la pobreza, a una perspectiva incierta o a una cultura de la dádiva.

En la mayoría de los países del mundo los pobres, las mujeres o habitantes rurales, no tienen acceso a los sistemas legales ni comparten los beneficios de la economía. Casi el 60% del trabajo en América Latina, dice la OIT, es informal, al margen de la ley, con baja productividad, sin garantías laborales ni beneficios sociales, ocupaciones en que ganan 50% menos, con mucho más horas de trabajo que los que trabajan en empresas modernas.

La cantidad de emigrantes, refugiados, asilados y desplazados a nivel mundial ha ascendido de manera que podría convertirse en la gran crisis humana de nuestro tiempo. El alto comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) habla de 25 millones sólo de desplazados en 40 países a fines del 2001. En Londres, de cada siete personas que uno ve en la calle, una es de origen negro, oriunda de las antiguas colonias británicas en África o en el Caribe. En París hay cerca de tres millones de extranjeros con un panorama multirracial que anuncia tiempos difíciles por los desniveles económicos. La creciente proporción de población jubilada en los países ricos profundizará la tensión intergeneracional y aumentará la dependencia de la mano obra inmigrante. Los ganadores han dejado sin aliento a los perdedores.

A pesar de los trastornos sufridos, los principales actores del actual sistema económico mundial, con la enorme influencia que tienen, se han conferido una legitimidad que nadie les ha concedido, sin que tampoco deban responder a nadie por sus actos.

La Masonería sostiene, en sus Principios Universales, que "el trabajo, en todas sus manifestaciones, es uno de los deberes y uno de los derechos esenciales del hombre y el medio más eficaz para el desenvolvimiento de la personalidad, contribuyendo con ello al progreso social". No hay virtudes entonces en un emporio global que moviliza mundialmente 149.000 millones de dólares en inversión extranjera, que crece sin empleo, que produce cesantía, con 120 millones de desempleados en el mundo y que pierde el talento humano.

La Masonería señala "que el trabajo, en todas sus manifestaciones, es uno de los deberes y uno de los derechos del hombre y el medio más eficaz para el desenvolvimiento de la personalidad". Sin embargo, en América Latina el desempleo urbano, entre 1990 y 1996, se situó sobre el 16%. En la Unión Europea uno de cada nueve ciudadanos se encuentra sin trabajo y el empleo que crece a partir de 1990 es básicamente de tiempo parcial. El 60% de los empleos que se crearon en Estados Unidos fueron de tiempo parcial en el sector de servicios en circunstancias que de ese total, el 90% de las personas colocadas buscaban un trabajo completo. En varios países europeos, uno de cada cuatro jóvenes no encuentra trabajo, porque buena parte de las industrias livianas ya se han ido a los países pobres del sur, donde la mano de obra se toma como una mercadería barata, donde se paga no más de un dólar al día y donde no siempre hay sábados ni domingos.

Con los empresas virtuales en las telecomunicaciones y la electrónica, aumenta, sin duda, la incertidumbre que ya abarca buena parte del mundo: el trabajo comienza a hacerse de computadora a computadora, sin posibilidad que nadie se conozca, menos a los empleadores, y sin una legislación nacional que ampare a los trabajadores. La capacidad de los chips se duplica aproximadamente cada 18 meses, lo que continuará durante los próximos 30 años, haciendo que el conocimiento, como poder, se haga cada vez más difuso, penetrando todos los aspectos de la vida. ¿En la adquisición electrónica de bienes y servicios fuera del país -como la tendencia de Estados Unidos- quién va a cobrar los impuestos? Cambiando la forma de hacer negocios, en el año 2003 habrá mil millones de personas que se comunicarán a través de los teléfonos celulares, comparados con los 473 millones que lo hacen actualmente en tanto que los usuarios de Internet aumentarán de 200 millones a un millardo en el año 2005. Los teléfonos han derribado todas las distancias, como la invención de la escritura lo hizo en su tiempo. (En el 2001 hay 25 millones de internautas en América Latina, de los cuales más de la mitad vive en Brasil, cifra que en el 2005 debería cuadruplicarse llegando a 77 millones, no obstante que menos del 12% de la población cuenta con teléfono). Todo ello no puede deslumbrar ni ocultar el compromiso moral frente a la realidad crónica que vive el sector rural y la periferia inestable de las grandes ciudades.

Las empresas multinacionales, que han duplicado sus ganancias todos estos años, utilizando como medida el dólar, han creado una compleja red de alianzas a nivel mundial, con protecciones defensivas y ganancias económicas y políticas mientras los países en desarrollo se debaten en un mar de contradicciones, con una pérdida creciente de sus recursos naturales, abandonados en un mercado sin respuestas ni garantías. La UNCTAD sostiene que "la liberalización del comercio es más lenta cuando concierne a productos que otorgan ventajas a los países en desarrollo". Nada más claro para comprender la situación crítica que han generado en los países pobres.

Aparte de ello está el éxodo de talento extranjero hacia las grandes empresas, lo que significa que los países subdesarrollados financian y atienden las necesidades de los países industrializados. Como hace años que el trabajo cerebral se convirtió en la base de la mayor parte de las economías occidentales, solo los Estados Unidos tiene un flujo actual de cerca de 3.000 ingenieros y científicos por mes, lo que se ha traducido en grandes oportunidades de negocios, aceleración en la innovación y un aumento de la productividad. Las universidades estadounidenses gradúan alrededor de 40.000 ingenieros eléctricos y científicos de la informática mientras que la demanda de la industria es tres veces mayor, demanda que cubren nuestros países que con inmenso esfuerzo financian gran parte de sus universidades (Fortune Americas,13.4.1998)


4.- Un camino largo y prometedor.

La política ni los gobiernos han podido todavía abrir un gran debate de participación ciudadana, que parta de las escuelas mismas, para protegerse, con responsabilidad social y comunitaria, de los embates de un sistema global envolvente, lleno de riesgos económicos y de un empobrecimiento artístico y cultural en los más vastos conglomerados humanos. Con fundada preocupación, especialistas de la Masonería han sostenido que los gobiernos tienen que generar políticas públicas capaces de atender las necesidades de la mayoría de la gente y evitar que el hombre no siga arrinconado.

Las dos crisis financieras mundiales, de México en 1994-1995, y la de los países asiáticos en el 1997-1998, afectaron a todo el sistema bancario mundial de alta tecnología, el crédito y el comercio internacionales y los países, especialmente los países pobres, recibieron rudos embates, particularmente los sectores más modestos de la población. En la primera crisis, México sumergió incluso a su socio comercial, Estados Unidos, en una incipiente recesión y, en la segunda crisis, por citar un solo caso, la totalidad de la economía de Indonesia, el cuarto país más poblado del mundo y con las reservas de gas natural más grandes del planeta, quedó reducida, sin ningún aviso de alarma, a la quinta parte de lo que valía, en dólares, el año anterior. La crisis asiática mostró la debilidad del alabado modelo asiático y del sistema global. Pero nadie sabe hasta cuánto seguirán estos desequilibrios que todavía afectan a nuestros países, que son los más vulnerables, ni nadie quiere pensar siquiera en una tercera crisis mayor que pueda afectar de nuevo a los sectores tradicionalmente agobiados de la sociedad.

No quisiéramos que estas palabras fueran desalentadoras y estén marcadas con tintas tan oscuras, pero no hay duda que sólo si se conoce la magnitud de los fenómenos actuales se pueden concertar las voluntades que los revoquen y abran nuevas esperanzas en la sociedad de hoy.

La esperanza, como decía Kafka, nunca debe aplazarse. La Masonería centra su obra en la esfera espiritual del hombre, donde se esculpe y moldea su personalidad y donde se forman recias individualidades que buscan, desde el punto de vista ético, fundamentalmente la libertad, la justicia y la solidaridad. En esta etapa en que el mundo vuelve a reconfigurarse en un mundo digital nuevo y genómico, capaz de transformar la vida en los próximos 40 años, hay que procurar que se desarrolle la gran política, la que busca, sin descrédito, objetivos comunes y tiene capacidad para resolver los problemas reales que a diario agobian a las personas.

Siguiendo el ejemplo de los mayores, de esos masones que consagraron su vida a la Institución y a sus principios, no cabe sino acentuar la responsabilidad y devoción para seguir, sin cansancio ni desaliento, la adhesión a los principios e ideales humanitarios de la Masonería, particularmente en un momento en que la genética y la robótica combinadas pueden alterar nuestro ser fisiológico y mental y provocar trastornos morales y filosóficos de proyecciones impensadas.

La libertad, la fraternidad y el espíritu de tolerancia tienen que servir de inspiración en los próximos 20 años para una nueva racionalización del mundo en los 200 años siguientes y para el camino de justicia que propone la Masonería. Los pueblos tienen que vivir y prosperar para servir al hombre y a la Humanidad. El camino es largo, pero prometedor.

Será la única manera de asegurar, sin vueltas teóricas, que los cambios y los valores de la modernidad, le sirvan al hombre y le den felicidad.