martes, 18 de noviembre de 2014

LA LAICIDAD NO IMPLICA EL FIN DE LO SAGRADO
Entrevista a Luc Ferry (Declaraciones recogidas por Anne Rapin)

* Luc Ferry es profesor de universidad y presidente del Consejo Nacional de Programas, encargado de elaborar la reformas de enseñanza básica francesa. Su obra anterior, El Nuevo Orden ecológico (editado en Francia en la edit. Grasset, Le Nouvel Ordre écologique, 1992) ya había disfrutado de gran éxito entre un público general. Sus libros están traducidos a una quincena de idiomas (alemán, inglés, coreano, español, húngaro, italiano, japonés, noruego, polaco, portugués, ruso, serbocroata, sueco, turco, etc).


Label France:
Luc Ferry es uno de esos nuevos filósofos franceses, a la vez profesor de alto nivel y ensayista, capaz de llegar al gran público, al igual que André Comte-Sponville. El éxito que ha conocido en Francia su última obra "El Hombre, Dios, o el Sentido de la vida" confirma las tesis del autor que estima que hoy más que nunca la pregunta sobre el sentido de la vida es crucial en las sociedades democráticas y laicas modernas.

¿Por qué piensa usted que el movimiento de laicización es irreversible en Occidente?

Luc Ferry: El rechazo de los dogmas, es decir, del argumento de autoridad, la reivindicación de autonomía y de libertad de conciencia, la emancipación de lo político respecto a lo religioso y la labor de zapa de las tradiciones que se ha llevado a cabo desde hace más de tres siglos en Europa, y que caracteriza la laicidad, es un trabajo tan fundamental que en muchos aspectos es irreversible. Al menos tanto como la propia democracia.


El individuo moderno, que se sabe único e irremplazable, está más desprotegido que antes frente a la muerte, la vejez o el dolor, carentes de sentido. ¿No teme usted que frente a la angustia inédita que deja el ocaso de las grandes religiones y de las utopías, cada vez más personas se refugien en ideologías intolerantes, pero portadoras de certitudes?


Ciertamente existe una carencia de sentido en las sociedades occidentales actuales que puede inducir a fenómenos sectarios o fundamentalistas, pero pienso que son relativamente marginales en el territorio europeo por estar desacreditados. Pienso en realidad que la principal amenaza que pesa sobre nuestra democracia reside en su incapacidad para justificar contundentemente su propia política. Por eso en mi libro evoco la idea de que la política no puede basarse únicamente en motivaciones de tipo técnico.


En efecto, lejos de pensar, como muchos, que el recogimiento en la esfera privada implica desertar de la esfera pública, usted ve en ello una condición para enderezar la política y relanzar los proyectos colectivos.


Exactamente. No se trata de separar la razón de la política, es decir dejar de tener en cuenta las obligaciones. Está claro, por ejemplo, que vamos que tener que entrar en un asunto que se llama la moneda única y que los ciudadanos de Europa deberían comprender lo que eso significa. Ya que ello implica obligaciones muy concretas. La razón tiene pues un papel, pero también estoy convencido de que en los próximos años no se podrá fundar una política, especialmente de sacrificio, justificándola únicamente mediante obligaciones. Habrá que encontrar otras motivaciones. Por eso, la idea de una política del sentimiento me parece la única esperanza, podría ser la ocasión de devolverle a la ley su dimensión concreta.

Porque a ese famoso repliegue en la esfera privada del que tanto se habló durante los años 80, le falta mucho para conseguir que triunfe el egoísmo. La sacralización de las relaciones afectivas privadas, que marca el desenlace de cualquier historia de la familia moderna, viene también acompañada por una preocupación inédita de justicia universal, y por un extraordinario potencial de simpatía, que podrían ser utilizados, en el buen sentido de la palabra, para fundar grandes proyectos políticos.


Y que encuentra su plena expresión en la acción humanitaria, esa exigencia nueva de solidaridad con toda la humanidad...


Sean cuales sean las críticas legítimas que recibe el cariz público de lo humanitario y la denuncia de la coartada que puede constituir para políticas ineficaces, pienso que la acción humanitaria constituye un gran avance. En Francia, detrás de algunos nombres muy conocidos se esconden cientos de miles de voluntarios anónimos que trabajan en organizaciones caritativas. La acción humanitaria laica es una invención reciente que testimonia esta divinización humana, ahora considerada sagrada como tal, hasta el punto que en ocasiones prima sobre la sacrosanta soberanía de los Estados, mediante el derecho de injerencia.

La acción humanitaria podría resumirse mediante el famoso precepto cristiano reformulado así: "No dejes hacer a los demás lo que no quieras que te hagan a ti". Este se inscribe en la línea de la filosofía contemporánea, que lleva la experiencia del prójimo al núcleo de la conciencia moral. Tal vez nunca hayamos alcanzado antes tal grado de conciencia de responsabilidad de cada uno de nosotros respecto a los demás, aquienes vemos como nuestro alter ego por encima de cualquier filiación étnica, religiosa o cultural.


La familia moderna es uno de los fundamentos de la laicidad.
Pareja en un paisaje azul (1969-1971) de Marc Chagall.



Usted ve en el nacimiento del amor moderno, con el paso a una sociedad individualista e igualitaria a partir del siglo XVIII en Europa, el origen de ese amplio movimiento de divinización de lo humano, que más que suprimir la noción de lo sagrado, la desplaza hacia el hombre...


El aspecto humanitario es inseparable del nacimiento de la familia y del amor moderno, es decir, del matrimonio por amor, que introduce el sentimiento entre los esposos y entre padres e hijos. El amor por los de la familia es esa meditación que permite acceder a lo universal. En las historias políticas, siempre se ha insistido en que la ideología de los derechos humanos, el nacimiento de la ciencia y del derecho moderno son los pilares de la laicidad, que es la emancipación del individuo respecto a las tradiciones, particularmente religiosas. No se ha caído lo suficientemente en la cuenta de que esta historia no hubiera tenido lugar sin una poderosa motivación. Si nos hemos hecho laicos, no es sólo porque nos convenció la belleza de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, sino también porque en la realidad de la vida cotidiana de las familias, los individuos se emanciparon del peso de las tradiciones en el plano sentimental. Rechazaron el matrimonio organizado desde el exterior por las comunidades parentales, comunales... Esta reivindicación individualista de elegir a la pareja con la que se quiere vivir, y, con la aparición del sistema salarial, elegir también el trabajo que se desea desempeñar, intervino en el proceso de laicización. Dos factores de emancipación de los individuos que han sido subestimados durante mucho tiempo, excepto por los historiadores de las mentalidades. No son sólo los valores formales, abstractos, los que construyen la historia, yo creo que la historia no se hace sin motivaciones reales, "sustanciales".


¿Qué lugar le deja a la religión su humanismo laico y espiritualista, que enlaza con los valores cristianos pero los funda en la experiencia íntima de lo sagrado a través del amor?


Se puede ser creyente sin ser hostil a la laicidad. De la misma manera que se puede ser agnóstico, como es mi caso, sin rechazar por ello la idea de lo sagrado -es la tesis de mi libro- ni siquiera la legitimidad de una interpretación propiamente religiosa de lo sagrado. Yo he tomado lo sagrado en un sentido muy concreto, como "aquello por lo que uno podría sacrificarse", un valor contemplado como superior a la propia vida.

Pienso que estamos en una fase en la que tal vez se concede a lo sagrado más importancia que nunca. No es que lo sagrado subsista como superviviente, sino que más bien lo descubrimos bajo formas inéditas, inauditas, especialmente a través del amor en la familia moderna.

El humanismo espiritualista tiene en común con lo religioso que reconoce el misterio del hombre, de su propia conciencia, su estatuto único y extraordinario, su vocación moral y hace del amor por el prójimo y del hombre en sí mismo, más allá de él, una experiencia capaz de dar un sentido a la vida. Por eso pienso que una interpretación crítica de este concepto de lo sagrado, especialmente de la experiencia del amor moderno, es totalmente legítima y podría incluso ayudar a los creyentes a comprender. Lo que verdaderamente ha cambiado es el lugar del individuo respecto a la religión. En las sociedades tradicionales, la religión precedía al individuo y se le imponía desde el exterior, mientras que lo sagrado con rostro humano, que describo en este libro, es un aspecto sagrado que está pensado a partir del hombre y emana de nuestras experiencias vitales. Estos valores de amor y de respeto del otro, considerado como fin y no como medio, ya no le vienen impuestos desde fuera, sino que el propio individuo siente libremente en su conciencia que son necesarios. Interiorizada de esta manera, la moral tiene un valor superior. En este sentido, pienso que el universo laico e individualista, que le deja al hombre toda la libertad, es tal vez el más apropiado para lograr que desarrolle plenamente su vocación moral.


Dios ya no es indispensable en este humanismo moderno. ¿Y el Diablo?


Creo que a partir de la experiencia de lo sagrado, como yo lo entiendo, lo divino en cualquier caso es indispensable. Pero lo divino no es la existencia de Dios, como un viejecito barbudo escondido entre las nubes. De hecho, ¿qué queremos decir concretamente cuando nos referimos a Dios? En cuanto al Diablo, piense sencillamente en esto -que en mi opinión es el fondo de la cuestión y que ya expuse en El Nuevo Orden ecológico. Y es que lo que diferencia fundamentalmente al animal del ser humano no es, contrariamente a lo que decía Descartes, la inteligencia, ni la afectividad o la sensibilidad, sino el hecho de que globalmente y hasta que se demuestre lo contrario, el animal no está "de más" en relación a la naturaleza. Es decir, que está programado por eso que antes se llamaba instinto, y que después de todo el individuo cuenta poco respecto a la especie.

En cuanto al ser humano, que en parte es también animal, es capaz de evadirse de su programa natural. Puede cometer excesos hasta morir por ellos, actos totalmente desinteresados, es decir fundamentalmente antinaturales, pero puede asesinar o torturar. Aunque el animal mata, no tortura, en los animales no existe el sadismo. Evidentemente existe una crueldad objetiva pero independiente del bien y del mal. El hombre por su parte, puede convertir el mal en objetivo y disfrutar haciéndolo. Y esta capacidad se explica en él por su libertad. Las religiones tenían una palabra para designar esta capacidad increíblemente inventiva de hacer daño, era el demonio. La cultura laica no dispone de una palabra para denunciar el lado propiamente demoníaco del mal, es decir, el hecho de planear el mal.
El discurso contemporáneo de las ciencias humanas ha intentado reducir el fenómeno del mal a los determinismos bio-socio-históricos y al contexto. No creo en esas interpretaciones porque creo en la libertad humana. Tememos tanto al mal porque sabemos que es una de las posibilidades de expresión humana. Y creo que nos convendría reconocer que el mal habita en cada uno de nosotros, para aprender a defendernos mejor de él. Aunque hayamos conseguido interiorizar la idea de Dios, todavía nos falta hacerlo con la del Diablo...