martes, 17 de noviembre de 2015

Masones en la corte de Carlomagno


Masones en la corte de Carlomagno

FUENTE: TEMAS DE MASONERÍA/ AUTOR: EDUARDO CALLAEY

Los carolingios y la expansión monástica

Uno de los temas que más a menudo se plantean en torno a De Templo Salomonis Liberes cómo llegó a influir en las primitivas logias de monjes constructores. ¿Como ésta obra escrita en el siglo VIII pudo impactar en siglos posteriores en la interpretación alegórica de la construcción del Templo de Salomón? Dedicaremos este artículo a contextualizar la obra de Beda y analizar su influencia en el mundo carolingio.

En los siglos posteriores a su muerte (especialmente los siglos IX, X y XI), los escritos de Beda el Venerable encontraron destacados referentes que, basándose en sus textos, ampliaron y difundieron una importante obra exegética, principalmente en Alemania y Francia. Su libro acerca del Templo de Salomón impactó profundamente en la simbología que acompañó a la construcción de edificios religiosos

Este texto -por caso el que más nos interesa por su vinculación con la tradición masónica- es la principal fuente de las obras de otros dos grandes maestros del movimiento monástico benedictino: Rabano Mauro, abad de Fulda y arzobispo de Maguncia, y Walafrid Strabón, abad de Reichenau, quienes basarían sus comentarios a los libros de los Reyes y de las Crónicas en el ya comentado De Templo Salomonis Liber.

Rabano Mauro, Alcuino de York y Walafried Strabón
Rabano Mauro, Alcuino de York y Walafried Strabón

Pero antes de abordar a estos dos exponentes de la renovación carolingia, debemos detenernos a analizar las particulares circunstancias que llevaron a la dinastía iniciada por Carlos Martel a impulsar una gran reforma de la Iglesia franca. Para ello se llevó a cabo la unificación de los monasterios del imperio mediante la utilización de la Regla Benedictina, y se comparó a la casa carolingia con la antigua monarquía davídica de derecho divino, colocando de esta forma, en el eje de la renovación, a la tradición hebrea.

El impulso al monacato -cuyo principal exponente lo encontramos en San Bonifacio -considerado el Apóstol de Alemania– constituye una de las principales características de la dinastía inaugurada por Carlos Martel. De hecho, es el propio rey de los francos el que apoya a Bonifacio en la evangelización de los territorios de Alemania. A la muerte de Martel, su hijo Pipino renueva el lazo con el monje, que extiende su acción hasta la frontera oriental de Alemania, donde nunca antes había llegado el cristianismo. En el año 751, Bonifacio funda la abadía de Fulda, en un lugar que él mismo le describe al Papa como “boscoso, en medio de un inmenso desierto…” en el emplazamiento de una antigua fortaleza merovingia. Este momento de la historia tiene especial interés para muchos investigadores, pues es conocida la leyenda en torno a que los reyes merovingios decían ser descendientes directos de la hija (Sara la Negra) que Jesús habría tenido con María Magdalena. Este ha sido el argumento de todo el mito surgido sobre el Priorato de Sion, el Santo Grial y demás temas explotados en obras contemporáneas como El Código Da Vinci.

En tal caso, la leyenda plantea que la sustitución de la dinastía merovingia por la de los carolingios -iniciada por Carlos Martel, Mayordomo del Palacio de Austrasia, dio por tierra la herencia merovingia. Veremos que finalmente los carolingios buscarán también un origen divino.

Lo cierto es que la fundación y expansión de los monasterios termina así constituyendo la base de la evangelización, pero también un aporte fundamental a la estructura política del Imperio. Porque, si bien la acción de los misioneros era apoyada por el papado, conviene remarcar que cuando Carlomagno llega al trono, esta vasta red de abadías ya era controlada por la dinastía franca, que no sólo era su propietaria sino que disponía absolutamente del nombramiento de cargos y dignidades. Dice Peter Brown:

“…Del mismo modo que en otro tiempo el verdadero mapa político de la Galia correspondía al mapa de sus sedes episcopales, también la Europa carolingia se hallaba atravesada por una vasta red de catedrales y monasterios. Los monasterios de Alemania, en particular, como por ejemplo los de Fulda, Reichenau o Saint Gall, han sido comparados con los campamentos de las legiones romanas, establecidas en sus nuevos límites”….”.(1)

Carlomagno, y su hijo, Ludovico Pío (814-840), llegaron a controlar 180 sedes episcopales y más de 700 grandes monasterios. La construcción de estas numerosas abadías requirió de un esfuerzo y una organización, sólo posible de concebir en términos de una gran estructura, del ingenio y la autoridad de poderosos líderes espirituales, del apoyo económico y logístico de los grandes señores y del propio emperador, que solía beneficiar a sus colaboradores inmediatos con la dignidad de abad, fuese monje o no. De este modo, en vastos territorios de la Europa franco-germánica, los monjes constructores ocuparon el lugar que antaño habían tenido los collegia fabrorum.

Existen múltiples razones para encontrar en este período de la historia de Europa la partida de nacimiento de la masonería operativa, y para pensar que tal alumbramiento ocurrió en las salas capitulares de los monasterios. Lo que analizaremos ahora es la transmisión de la tradición hebrea en torno al Templo de Salomón formulada por Beda desde Inglaterra al mundo carolingio, para luego introducirnos en el desarrollo y formación de la tradición masónica primitiva en los textos benedictinos.

Beda el Venerable
Beda el Venerable

Los reyes francos en los manuscritos masónicos

Se ha sostenido que existen leyendas francesas del siglo XIII que vinculan a Carlos Martel con los primitivos masones europeos, lo cual aún no ha sido suficientemente demostrado. Este vínculo es decripto en el denominado Manuscrito Grand Lodge Nº 1 que se encuentra en la Biblioteca de la Gran Logia Unida de Inglaterra y está datado en el año 1583. Se trata del tercer documento masónico auténtico más antiguo, luego de los ya mencionados manuscritos Regio y Cooke. Como en el caso de este último, el “Grand Lodge” contiene una parte dedicada a la historia de la Masonería y del Arte de la Construcción. Hace mención a los orígenes bíblicos de la masonería, remontándose a los tiempos anteriores al diluvio, y se refiere a los trabajos realizados en el Templo de Jerusalén. En su capítulo XIV describe la forma en que el “arte” emigra desde Palestina a Francia. Dice el texto:

“XIV…Artesanos curiosos recorrieron grandes distancias en diversos países, sea para aprender más destreza en su oficio, sea para enseñar a quienes poseían poca habilidad. Ocurrió entonces que hubo un curioso masón de nombre Naymus Grecus, que había estado en la construcción del templo de Salomón. Llegó a Francia y allí enseñó el arte de la masonería a los hombres de Francia. Hubo alguien del linaje real de Francia que tenía por nombre Charles Martel. Era un hombre que amaba mucho el oficio, se juntó con ese Naymus Grecus, aprendió de él el oficio y se encargó de los deberes y las costumbres. Después de esto, por la gracia de Dios, fue elegido para ser rey de Francia…”

“…Cuando fue investido de tal estado, reunió a los masones y les ayudó a hacer masones de los hombres que no lo eran, y les puso a trabajar, y les dio a la vez los deberes y las costumbres, así como un buen salario, tal como había aprendido de otros masones. Confirmó su carta de año en año, les permitió tener su asamblea donde quisieran, y les quiso mucho. Es así como llegó a Francia el oficio…”(2)

El “M. Cooke”, por su parte, hace también referencia a un rey de Francia -Carolus Secundus- como “organizador” de la masonería. Esta figura es fácilmente identificable con Carlos Martel, lo cual es opinión unánime de la mayoría de los eruditos en manuscritos masónicos. El fragmento referido es el siguiente:

“…Y desde allí (Israel) esta digna ciencia fue traída a Francia y a muchas otras regiones. Una vez hubo en Francia un digno rey que fue llamado Carolus Secundus, es decir, Carlos Segundo. Y este Carlos fue elegido Rey de Francia por la gracia de Dios y, también por linaje; y sin embargo algunos hombres dicen que fue elegido por fortuna, lo cual es falso y no verídico, según aparece claramente de las crónicas, porque él era de la sangre real del Rey. Y este mismo Rey Carlos fue un masón antes que fuera Rey; y después que él fue Rey, amaba bien a los masones, y los apreciaba, y les dio Mandatos y maneras de su designio, de donde algunos aún son usados hoy día en Francia. Y él ordenó que debían tener paga razonable; y también que ellos se debían reunir una vez al año, y venir y hablar juntos, y para ser gobernados por maestros y compañeros en todos los asuntos que estuvieran faltos, y los mismos para ser recibidos Maestros y Compañeros…”(3)

Paul Naudon cree que estas leyendas corporativas comunes en Francia e Inglaterra, que atribuyen un rol prominente a Carlos Martel en la formación de la francmasonería, resultan verosímiles si se tiene en cuenta el hecho de que en esa época -tal como hemos visto en el artículo dedicado a Beda– los anglosajones requerían en Francia albañiles y vidrieros que construyeran a la costumbre romana. En todo caso, la obra iniciada por Carlos Martel y consolidada por Pipino, encontraría su apogeo en Carlomagno. En ese momento la tradición hebrea se abriría paso a través de nuevas vías en su penetración hacia el continente y los exegetas benedictinos completarían su obra.

Los carolingios y el Antiguo Testamento

Durante el reinado de los reyes francos se produjo una fuerte revalorización del Antiguo Testamento, a la vez que el contacto con el mundo judío adquirió un carácter muy particular. Ya hemos hecho mención en varios libros y artículos sobre el especial interés de la dinastía carolingia por establecerse como una monarquía hereditaria de derecho divino de acuerdo con el modelo davídico del Antiguo Testamento. Ese modelo había introducido -no sólo entre los francos sino también entre anglosajones y visigodos- la costumbre del “ungimiento real” la cual procedía justamente del texto bíblico. Este acto confería al rey “la gracia divina”, tema por demás importante en el desarrollo de las ideas políticas en la Edad Media. Esta cuestión ha sido debidamente abordada por Erik Auerbach, el gran filólogo alemán y ya hemos escrito sobre el tema.

Dada la enorme influencia que el Antiguo Testamento ejercía sobre los consejeros reales francos, corresponde señalar la importancia que su práctica adquirió para los reyes francos desde que, en el año 754, Pipino fuera ungido por el papa Esteban II:

“Consideraban que en el Antiguo Testamento -señala Walter Ullmann- el profeta, en virtud de su reconocimiento de la voluntad divina, designaba al rey de los judíos derramando óleo santo sobre él. Consideraban también que la gracia divina estaba visiblemente contenida en el recipiente del aceite” Y agrega: “De acuerdo con el Antiguo Testamento, consideraban al rey como ‘ungido del Señor’ (el Christus Domini), y también por referencia al Antiguo Testamento se calificó a Carlomagno como el nuevo David, rey que, por así decirlo, había surgido del Antiguo Testamento. La pretensión del Rey de ser ‘Rey por la gracia de Dios’ se vería en adelante poderosamente reforzada por el ceremonial litúrgico del ungimiento…”(4)

El propio Carlomagno sentía una gran atracción por la tradición hebrea, “…estaba muy interesado en los estudios bíblicos y le agradaba darse antiguos nombres bíblicos de héroes y guerreros, y que lo llamaran así…”(5) Pero era también el carácter teocrático del Imperio lo que hacía a Carlomagno volver la vista a las glorias de Israel.

Una figura fundamental en la consolidación de esta tradición fue Alcuino de York (734-804), originario de Northumbria y ferviente admirador de la obra de su coterráneo maestro Beda. Había sido instruido en la Escuela de la Catedral de York bajo la tutela de dos grandes hebraístas, Egbert y Aelbert, éste último también discípulo del Venerable. En Alcuino -afirma Newman- “…la causa del hebreo encontró un campeón, tanto en Inglaterra como en la corte de Carlomagno…” (5).

Junto a Pedro de Pisa, Pablo el Diácono y otros notables eruditos cristianos, formó parte del selecto grupo que construyó la estructura intelectual y espiritual sobre la que descansaba -y brillaba- el prestigio de Aquisgrán. Allí, dirigió la Escuela Palatina y difundió -con renovado impulso- los célebres sistemas del trivium y el cuadrivium cuya influencia en la francmasonería no necesita mayores comentarios.

Cuando llegó a la corte en 782 -respondiendo a un llamado del propio rey- el reino de los francos había alcanzado una gran expansión militar y política. Alcuino le aportaría la organización cultural y las herramientas para su trasmisión. Para ello, se formaron nuevos y mejores establecimientos para el copiado y la producción de textos uniformes y correctos, con capacidad para abastecer a los cientos de monasterios y bibliotecas. Esta demanda hizo necesaria la creación de una nueva modalidad de escritura, por lo que se desarrollo un tipo de letra más sencillo y legible que sería conocido como minúscula carolina.

Alcuino fue, además, un gran impulsor de la instrucción de monjes y clérigos:

“…Mira los tesoros de tu biblioteca, la hermosura de tus iglesias… Piensa cuan feliz es el hombre que pasa de esos bellos edificios a los deleites del reino de los cielos… Recuerda el amor por el aprendizaje que tenía de niño Beda, y cuan honrado es ahora entre los hombres… Siéntate con tu maestro, abre tus libros, estudia sus textos…”(6)

En estos fragmentos puede apreciarse la veneración que Alcuino sentía por Beda. De él había heredado la pasión por los Padres de la Iglesia, el desafío que suponía la exégesis, el apego por las costumbres romanas de Northumbia y el amor por la lengua hebrea. Para Alcuino, el scriptorium era lo que el atanor al alquimista, lo que la logia al masón: el taller en donde la gran obra era posible. Como depositario de aquella tradición se sentía responsable de su trasmisión.

En 802, ya coronado emperador, Carlomagno decidió que había llegado el momento de establecer la Ley cristiana en todos los estamentos de su Imperio. Para ello convocó a un Sínodo Universal en Aquisgrán, en el que expuso a cada grupo lo que, de ahí en más, sería su norma particular. A todos los abades y monjes concurrentes, constituidos en asamblea, les hizo leer y explicar la Regla de San Benito. A partir de aquel momento, la Orden Benedictina -ya entonces extendida hasta los confines del Imperio- asumió su rol crucial en la construcción del cristianismo, lo cual adquiere particular relevancia, no sólo en la doctrina y preservación de la tradición, sino en la arquitectura monástica que encontrará en el arte románico su expresión más pura. Su influencia llegaría hasta Jerusalén bajo el estandarte de los cruzados.

Hacia fines del reinado de Carlomagno, la obra de Beda era profundamente conocida y respetada en los grandes monasterios benedictinos. Alcuino alcanzó a ver en vida que su veneración por Beda continuaría en un discípulo suyo: Rabano Mauro, probablemente uno de los más grandes exegetas del medioevo, creador de laberintos y caligramas, amigo de misteriosos maestros hebreos y maestro, a su vez, de Walafrid Strabón, también hebraísta y exegeta. Sus obras no sólo continuaron la tradición de Beda, sino que recogieron y ampliaron las bases judías de la leyenda masónica. Estos dos monjes -abades y referentes políticos en los aciagos días de la sucesión de Ludovico Pío- fundaron la abadía de Hirsau, en el valle del Nagold, un legendario centro monástico en el que otro poderoso abad incluiría -por primera vez en la historia- a los masones en una Constitución, reglamentando su oficio. Al respecto sugiero al lector el ensayo que hemos escrito sobre la Orden de Constructores fundada por Wilhelm de Hirsau considerado Padre Fundador de todas las Logias por la francmasonería alemana.

(1). Brown, p. 241.

(2). “Textes fondateurs de la Tradition maçonnique 1390-1760. Introduction à la pensée de la franc-maçonnerie primitive”, traduits et présentés par Patrick Négrier, París, Bernard Grasset, 1995. El original inglés fue publicado por W. Mc Leod, “A lost manuscript reconstructed: the ancestor of one branch of the Old Charges”, en Ars Quatuor Coronatorum, vol. 94, Londres, 1982, p. 16-21.

(3). “M. Cooke” [601].

(4). Ullmann, Ob. cit. p. 69.

(5). Newman, Ob. cit. p. 33.

(6). Ibidem p. 36.

Sobre Alcuino, “Cartas”; trad. ingl. de S. Alcott, Alcuin of York, 1974